XLII
Como ya le había dicho al padre Manuel, Carlos pensaba
poner en práctica su plan cuanto antes. En un principio iba a dejarlo para el día
siguiente, pero aquella mañana, al llegar al pueblo, decidió darle luz verde y
comenzar con los preparativos ese mismo día.
Cuando Solares llegó a la casa del párroco se lo
encontró leyendo “El sabueso de los Baskerville”.
-Me estaba poniendo al día con Holmes- dijo el cura
guiñando un ojo a Carlos.
La idea para conseguir desenmascarar al ladrón de la
reliquia la había tomado Carlos prestada de uno de los relatos de Doyle sobre
el insigne detective londinense. Por eso don Manuel estaba leyendo sus
historias, aunque lo cierto es que ya se las conocía prácticamente de memoria. El
plan era muy sencillo, lo que hacía de él el mejor de los planes, pues la
perfección está en la simplicidad: Don Manuel haría correr la voz por el pueblo
de que ya sabían quien era el ladrón, y que era cuestión de tiempo que le
desenmascarasen; para ello contaba con varias personas que, involuntariamente,
participarían en el proyecto sin siquiera saberlo.
-Dales a un grupo de chismosos un cotilleo bien
jugoso, pídeles por favor que no se lo cuenten a nadie, y en pocas horas todo
el pueblo estará enterado- le dijo el detective a don Manuel.
Solares contaba con que este chisme corriese como la
pólvora, de tal forma que el ladrón también se enterase. Y por mucha certeza
que tuviera de no haber sido descubierto, era seguro que se pondría nervioso,
lo que le llevaría a cometer un error. Al día siguiente don Manuel haría correr
un nuevo bulo, a saber: que aquella misma noche el detective que había contratado
pensaba ir a buscar la reliquia, porque ya sabía donde estaba escondida, pero
que su intención no era denunciar al ladrón, sino recuperar la cruz sin
descubrirle ante el resto de los ciudadanos, y llevársela a León, al Museo
Diocesano. Esto obligaría al ladrón a moverse para cambiar de sitio la cruz, y
entonces Carlos le atraparía. Es cierto que él era uno sólo y los sospechosos
eran cuatro, pero a tres de ellos los había descartado casi por completo, y
pensaba seguir a Eduardo Inquina,
ya que era el que mejor encajaba en el perfil: soltero, solitario, retraído,
rencoroso y violento, sin más familia
que unas cuantas gallinas, y en más de una ocasión había mantenido que la cruz
le pertenecía. Por lo tanto se ocuparía en exclusiva de él.
Esa misma mañana, a
la una, había misa, y el cura iba a poner en marcha la primera parte del plan.
Antes de entrar en la iglesia se paró un rato a hablar con los feligreses y
feligresas que estaban reunidos a la puerta, y les contó, como un secreto, lo
que él y Carlos habían acordado. Se daba la casualidad, o puede que no tanta
casualidad, que entre este grupo de hombres y mujeres píos se encontraban los más
chismosos del pueblo, así que la noticia comenzó a correr de boca en boca. Antes
de que comenzaran los oficios todos los asistentes a la homilía ya se habían
enterado de la noticia. Y el resto de los ciudadanos se enterarían en poco
tiempo.
Mientras las habladurías hacían su parte, Carlos
estuvo inspeccionando la casa de su principal sospechoso. Era una casa bastante
grande, de dos pisos, con un enorme corral en la parte trasera y una huerta
aledaña, rodeada por una pared de bloques culminada con cristales pegados con
cemento. La propiedad era inmensa, y aunque Carlos estaba seguro de que escondía
la cruz allí, más concretamente en la misma vivienda, lo cierto es que era tan
grande que cualquier búsqueda era impensable.
(CONTINUARÁ)
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