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jueves, 30 de mayo de 2013

SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.

XXXX

Era martes. Solares había estado  la noche anterior hasta tarde en Imaginio de la Falsaria siguiendo a uno de los sospechosos que le proporcionó el sacerdote. Había en don Manuel algo que incitaba a Carlos a creer en él, a estar seguro de que el ladrón era uno de los cuatro sospechosos que aquel le había dicho. No en vano llevaba más de veinte años siendo el párroco de ese pueblo y conocía en confesión las intimidades y secretos de todos sus feligreses.
Carlos se levantó de la cama y se fue a la cocina, se preparó un café con leche, cogió un par de napolitanas de chocolate y un plátano y se fue al sofá del salón. Llevaba casi una semana siguiendo a los sospechosos del robo de la reliquia y se había hecho una idea bastante certera de sus personalidades; estaba claro que cualquiera de ellos podía ser el culpable. Dos hombres y dos mujeres, los dos primeros solteros, así como una de las señoras. Los cuatro eran tenidos en el pueblo por gente rara y vengativa, y constantemente estaban metidos en algún lío con los vecinos, por las causas más baladíes. Los cuatro eran muy similares: retraídos, huidizos y con un enorme complejo de inferioridad. Pero uno de los hombres, Eduardo Inquina, era el que tenía más papeletas para llevarse el premio, pues según don Manuel siempre había defendido que la reliquia de oro pertenecía a su familia. Por ello, y sin eliminar de entrada a los otros tres sospechosos, Carlos se había fijado en él por encima del resto. Tenía en mente un plan para cogerle, y aunque aún tenía que madurarlo más, pensaba ponerlo en práctica no más tarde del día siguiente.
Pero ahora quería ocuparse de su otro caso, el de sus Némesis, Enésimo de Gea y Rafael Fuentes. Esta mañana, en menos de una hora, se iba a celebrar una nueva subasta de deuda pública española y quería seguirla en directo. Durante esta última semana a penas se había preocupado de esos dos, y no había leído prácticamente nada a cerca de la subasta que iba a tener lugar en breve. Por eso ahora se iba a meter de lleno en ella. Apuró el café, cogió el portátil y, tras enchufarle el cargador, se lo puso encima de las rodillas, dispuesto a dar un paso más en su investigación de los negocios de aquellos dos hombres, pues era probable que “Consultora Siglo XXII” o cualquiera de las demás empresas de de Gea pujase en la subasta, como solían hacer.
El Tesoro español sacaba a subasta un capital inicial de 2500 millones de euros, en obligaciones a diez y quince años, por las que tendría que pagar un interés inferior al 4,6 que pagase en la anterior emisión de deuda de este tipo; según la mayoría de los analistas macroeconómicos, la bajada de la prima de riesgo española supondría una bajada de los intereses de su deuda, y si bien las previsiones de la mayoría de los organismos internacionales no auguraban un futuro mejor a corto ni medio plazo para la economía de España, si que era seguro que las subastas de deuda que quedaban por celebrarse en el 2013 serían positivas, ya que el mercado exportador estaba en muy buen estado y estaba elevando la confianza internacional en nuestro país. Sin embargo, como señalaban algunos periodistas económicos en varios diarios digitales, las previsiones en la anterior emisión de deuda eran también buenas y a la hora de la verdad se dieron la vuelta. Y aun recordaban la subasta de Portugal de la semana pasada; y si bien, señalaban estos periodistas, las circunstancias lusas no son similares a las españolas ni mucho menos, lo cierto es que su subasta de deuda se había torcido a pesar de contar ex ante con unas previsiones positivas.
(CONTINUARÁ)

miércoles, 29 de mayo de 2013

SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.


XXXIX

Pasaron algunos días. Carlos vivía entre Imaginio de la Falsaria y León. Aparecía más bien poco por la oficina, aunque mantenía a María informada sobre la marcha de la búsqueda de la reliquia; incluso un día se quedó a dormir en la casa del párroco.
Como ya sospechaba, encontrar la cruz de oro iba a resultar bastante complicado, pues era probable que el ladrón la guardase en su casa. No era para Solares un problema allanar una vivienda, ya que incluso si el ladrón le descubría no sería tan estúpido de denunciarle a la Guardia Civil, pues se delataría a sí mismo. El problema era de otra índole: en primer lugar eran cuatro los sospechosos, y en segundo lugar, en los pueblos es imposible dar un paso sin que todos los vecinos sepan que lo has dado; como la mayoría de la gente que vive en un pueblo no tiene nada que hacer se entretiene vigilando a sus vecinos. Solares lo sabía de primera mano, ya que él había nacido en un pueblo. Carlos le había preguntado a don Manuel a cerca de quiénes eran los chismosos del lugar, y el cura le nombró a unos cuantos; el detective pensaba aprovecharse de ellos para descubrir al ladrón y recuperar la reliquia, aunque todavía no sabía muy bien como.
El primer paso que dio Carlos fue cerciorarse de la forma en que el ladrón había conseguido robar la reliquia de la casa rectoral, ya que este dato dice mucho a cerca de la personalidad del delincuente, según las más importantes escuelas de criminología. La casa rectoral de Imaginio de la Falsaria estaba situada en el centro del pueblo, junto a la iglesia, y no contaba con alarma, aunque don Manuel tenía  una caja fuerte oculta en la que guardaba, entre otras cosas, la cruz de oro macizo. Carlos preguntó al sacerdote a ver qué personas conocían la existencia de la caja acorazada y su ubicación, a lo que le respondió que casi todo el pueblo sabía que escondía la cruz en una caja, pero tan solo un pequeño grupo de personas conocían su ubicación. Lo cierto es que el cura había escondido la caja fuerte en un sitio poco habitual, debajo de un canapé que había en una habitación de la parte de atrás que aparentemente estaba atornillado al suelo. Cuando le descubrió la caja fuerte Solares sonrió satisfecho: el canapé se levantaba por medio de dos barras de acero unidas a un mecanismo hidráulico, que se accionaba desde un interruptor integrado en un cuadro cercano que simulaba ser un perro negro.
-Vaya padre, si que se ha currado usted la caja fuerte-dijo Carlos-. Está claro que el ladrón tenía que saber donde estaba y como abrirla, pues en caso contrario es imposible que la encontrase, se lo digo por experiencia.
-Saqué la idea de una novela de misterio que leí hace años, aunque adapté un poco el mecanismo. El hombre que la instaló quedó maravillado de mi idea- el cura sonrió.
Carlos comprobó los bordes del canapé y llegó a la conclusión de que no había sido forzado: el que sustrajo la cruz lo levantó mediante el mecanismo instalado.
Don Manuel dijo a Carlos que tan solo tres personas del pueblo conocían la forma de levantar el canapé, aunque curiosamente ninguna de ellas era sospechosa de haber cogido la cruz. El sacerdote explicó a Solares que conocía bien a las personas, y que cualquiera de esas tres podía haber contado a otros el escondite de la caja, pero en ningún caso habrían robado la reliquia.
(continuará)

martes, 28 de mayo de 2013

SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.


XXXVIII

Carlos se despertó a eso de las nueve. No había puesto el despertador porque, dados los hechos del día, sabía que no iba a poder dormir en toda la noche. Y así fue: hasta bien entrada la madrugada fue incapaz de conciliar el sueño pensando en Sara. Y básicamente había decidido olvidarse de ella y seguir adelante. No le iba a resultar fácil, pero conocía la fórmula: trabajo, trabajo y más trabajo. No quería vivir amargado como cuando Irene se marchó, así que se centraría en su trabajo, y tarde o temprano se olvidaría de ella. Tendría, eso sí, que buscar otro bar; pero eso era lo de menos, pues no en vano en León hay un bar por cada 99 habitantes.
Por lo pronto tenía un caso nuevo: había aceptado buscar la reliquia desaparecida. El sacerdote de Imaginio de la Falsaria, don Manuel Casto, le había explicado las condiciones del trabajo, que básicamente se reducían a actuar con la mayor discreción posible. Carlos había tenido una buena impresión del cura, parecía un buen hombre, uno de esos sacerdotes que verdaderamente sienten su fe y su ministerio y se deben a sus fieles. Puede pensarse que esto no es tan extraño, pero Carlos sabía de primera mano que muchos sacerdotes eligen su camino religioso por razones equivocadas. Era un consuelo para un ateo, en cierto modo, encontrarse a un sacerdote que creía en lo que hacía.
Además don Manuel era un hombre enormemente culto y abierto de mente, más que muchas personas que conocía; en cierto modo le recordaba a su profesor de filosofía del instituto, un fraile que les explicó con la mayor libertad conceptos tan contradictorios con sus propias creencias como lo son los conceptos de la filosofía occidental. Don Manuel le enseño a Carlos su biblioteca, enorme y ordenada, llena de libros de temas tan distantes como teología y física experimental. Estuvieron hablando varias horas, hasta bien entrada la noche, y Carlos le explicó las razones de su falta de fe. Y al contrario que otros creyentes con los que Carlos había hablado de esto, pocos a decir verdad, pues la fe hoy en día interesa más bien nada a la gente en general, don Manuel no había tratado de convencerle de que estaba equivocado, sino que le había dado la razón en muchas cosas y le había prometido reflexionar sobre sus motivos, ya que los encontraba enormemente lógicos.
Respecto a la búsqueda de la reliquia, don Manuel había dicho a Carlos que sospechaba básicamente de cuatro personas, y que había llegado a tal conclusión al seguir las técnicas investigadoras de Sherlock Holmes, tras lo cual soltó una sonora carcajada.
-Soy un gran amante de las novelas de Holmes- dijo el sacerdote poniéndole a Carlos en las manos un par de tomos bastante envejecidos de Doyle- Estos me los regaló una tía rica que tenía yo en Madrid, y desde entonces no pasa un solo año sin que los lea. Aunque lo cierto es que yo nunca seré tan genial como Holmes, acaso si me parezco a Watson. Pero si que he llegado a la conclusión de que sólo hay un pequeño grupo de personas que han tenido motivos y oportunidad para robar la reliquia.
El cura explicó en qué consistían sus sospechas, y Carlos reconoció que no eran sospechas disparatadas en absoluto. Acordaron que Solares empezaría su investigación al día siguiente, y fijaron el precio. Don Manuel contó a Carlos que el dinero con el que le iba a pagar no procedía de la parroquia, sino de la herencia de su difunto padre. Al parecer los padres del sacerdote eran muy ricos, y él había sido hijo único. Cuando Dios le llamó renunció a seguir con los negocios de su padre, aunque él había respetado e incluso estimulado su elección. Y cuando sus progenitores murieron le dejaron una gran fortuna, que él había sabido administrar y que usaba para ayudar a quien lo necesitaba. Con ese dinero le iba a pagar a Carlos.
(Continuará)


Dos grandes redes ocultas
atraparon los sueños de los hombres,
fue mi delito el destruirlas
para así liberar sus ilusiones.

(Jose Vicente Ramos Alonso)

viernes, 24 de mayo de 2013


Cuan testarudos somos los humanos,
solo anhelamos, ante todo, ser felices,
por mas que al tropezar nos lastimemos,
nos levantamos tras lamer las cicatrices.

(Jose Vicente Ramos Alonso)

jueves, 23 de mayo de 2013

Vivimos tan deprisa nuestro tiempo
que se volvió su pasar contra nosotros,
lo que fueron antaño buenos ratos
ahora solo son recuerdos rotos.

(Jose Vicente Ramos Alonso)

Diario de León, 22 de mayo de 2013

Se ha sabido que el hombre que el pasado domingo se lanzó al Bernesga no tenía familia, aunque sí tenía trabajo. La Policía Judicial no ha encontrado ninguna carta explicativa en su piso, por lo que nunca se podrán saber los motivos que impulsaron a este joven a quitarse la vida. El Juez de Instrucción ha procedido a cerrar el caso.

Alfonso llevaba dos días pensando en la historia de Álvaro el vagabundo, y se reconocía a sí mismo en ella. Desde que su madre murió de cáncer hacía ocho meses se había quedado solo en el mundo. Su padre había muerto en un accidente de coche quince años atrás, y no tenía hermanos; lo más algunos primos que vivían lejos.
Alfonso tenía veinticinco años y no había sido capaz de conseguir casi nada de lo que se había propuesto en la vida. Para empezar, a esta edad esperaba estar trabajando en lo que le gustaba: había estudiado para ser profesor, para enseñar a los niños; sin embargo estaba trabajando en un bar muchas horas por muy poco dinero. A esta edad esperaba tener una novia formal, alguien con quien hacer planes de futuro; y sin embargo no tenía a nadie. Peor aun: Alfonso estaba enamorado de su mejor amiga, Sonia, y nadie lo sabía, ni siquiera ella. Se conocían desde pequeños, desde que vivían en el mismo edificio. Habían ido juntos al colegio, después al mismo instituto y después a la misma facultad. Él también era el mejor amigo de Sonia, pero nada más. Alfonso estaba esperando desde los dieciséis años a que Sonia le viese como a algo más que a un amigo. Había visto como salía con un chico tras otro, esperando pacientemente. Había estado con ella en los momentos felices y en los tristes, cuando rompía con ellos y acudía a él para que la consolase. Había aguantado nueve años a su lado esperando a que un día le mirase con otros ojos, pero ahora estaba seguro de que eso no iba a suceder nunca. Desde hacía un año Sonia salía con un chico nuevo, y los dos amigos se habían distanciado. Sonia decía que no, pero Alfonso notaba que siempre que la llamaba para quedar ella ponía una excusa para no verle. Durante este último año se habían visto no más de veinte veces, lo cual era una nimiedad teniendo en cuenta que antes estaban juntos todo el tiempo. Alfonso creía que su nuevo novio le había prohibido a Sonia que le viese, porque en alguna ocasión los había visto juntos y había notado que él lo miraba de una forma nada amistosa, a pesar de Sonia siempre le decía que su novio no tenía ningún problema con él. No había otra explicación; se puede tener novio y seguir viendo a los amigos. Es por ello que en el último mes Alfonso había desistido de tratar de quedar con Sonia, para no molestarla. La quería, y por eso iba a renunciar a ella, porque lo más importante para él era que Sonia fuese feliz, aunque fuera con otro; ella era lo único que le ataba a este mundo, la única persona a la que aun quería, pero estaba claro que ya no podría contar con ella.
A causa de todas estas cosas Alfonso estaba triste, cansado y desanimado. Había faltado tres o cuatro días a su trabajo, y su jefe le habían dicho que a la próxima falta le despediría. Y estaba claro que le iba a despedir, porque a las ocho de ese mismo día debería abrir el bar y no pensaba ir…
Alfonso le dio una patada a las mantas y las tiró para atrás, decidido a llevar a cabo la acción más radical que un ser humano puede hacer. No quería acabar malviviendo en la calle como Álvaro el vagabundo; se iría de este mundo con la mayor dignidad posible, pero se iría. No había otra salida, no era factible otra solución, estaba convencido de ello.
No quería hacerlo en casa, porque nadie le encontraría en muchos días. No quería lanzarse ante un coche, en primer lugar porque no era seguro que le matase, en segundo porque no quería causar daños a nadie más. No quería cortarse las venas en un parque público, para que nadie consiguiera reanimarle. Necesitaba una forma de morir segura, para que nadie interviniese. Hacía un par de días, en su paseo vespertino, había pasado por el Puente de los Leones, y pensó en que alguien que no supiese nadar se ahogaría bastante rápido en aquellas aguas turbias. Así que decidió hacerlo de aquella forma, se tiraría al Bernesga; y dado que no sabía nadar se ahogaría relativamente rápido.
Salió a las ocho y media de su casa. A esa hora a penas había gente por la calle; mejor así.
A las nueve llegó al sitio señalado, miró a derecha e izquierda, se encaramó a la barandilla de hormigón y se lanzó al agua. Su último pensamiento se lo dedicó a su madre y a Sonia.

(Jose Vicente Ramos Alonso)

martes, 21 de mayo de 2013


Diario de León, 21 de mayo de 2013

Al respecto del hombre que el domingo se lanzó al Bernesga desde el Puente de los Leones, según fuentes policiales el hombre murió por ahogamiento. Se encontraron en su organismo fuertes dosis de calmantes y de antidepresivos. Se especula con que el suicidio fuese causado por una depresión, aunque de momento se desconocen las circunstancias concretas de su vida que pudieron empujarle a saltar al vacío.

Álvaro el vagabundo había sido un hombre de éxito en otro tiempo, aunque de aquel tiempo ya ni siquiera se acordaba. Tenía un buen trabajo, una esposa fantástica que le hacía feliz y unas previsiones de futuro francamente buenas. Pero un día, de repente, todo cambió. Su esposa murió al ser arrollada por un conductor borracho en un paso de peatones, y él no fue capaz de superarlo y seguir con su vida. Comenzó a frecuentar los bares y a faltar al trabajo, hasta que sus jefes, hartos de sus continuas ausencias, le despidieron. Al no poder hacer frente a la hipoteca el banco embargó su casa, y de la noche a la mañana se quedó en la calle y sin trabajo, y sin poder olvidarse de su querida y anhelada Isabel. Sin familia cercana ni amigos que le ayudasen, Álvaro empezó a pedir limosna y a dormir al raso. Sólo quería morirse, para encontrarse con su amada. “Tiene gracia -dijo Álvaro- yo nunca he creído en Dios ni en la vida después de la muerte, pero espero que el cielo exista para poder encontrarme con Isabel y vivir juntos durante el resto de la eternidad”. Álvaro le dijo a Alfonso que había intentado suicidarse muchas veces, pero nunca era capaz de llegar hasta el final. Cuando el vagabundo terminó su historia miró a Alfonso y le sonrió amargamente; Alfonso sacó la cartera de su bolsillo y le dio todo el dinero que llevaba encima.
(continuará)
(Jose Vicente Ramos Alonso)

lunes, 20 de mayo de 2013


Diario de León, 20 de mayo de 2013.

“Muere ahogado un hombre de 25 años, que responde a las siglas de A.P.R., al arrojarse al Bernesga desde el Puente de los Leones. El hecho tuvo lugar ayer domingo, a eso de las nueve de la mañana, según relataron dos testigos que presenciaron el aparente suicidio. Según estos, el hombre llegó, se subió a la barandilla de hormigón y se lanzó al río. Uno de los observadores llamó a emergencias, y en un par de minutos llegaron un camión y un coche de bomberos, aunque el hombre ya había fallecido. No se pudo hacer otra cosa más que rescatar su cadáver unos metros río abajo, donde se quedó enganchado en unos matorrales de la orilla izquierda. El Juez procedió al levantamiento el cadáver a las diez y media, y fue trasladado al Anatómico Forense para practicársele la autopsia.
A pesar de que aparentemente es un suicidio, la Policía Judicial ha abierto diligencias para tratar de esclarecer los hechos”.


19 de mayo de 2013, en un piso cualquiera de León, a las siete de la mañana.

Alfonso había estado toda la noche en vela, pensando en su vida, en su futuro, sin encontrar un pequeño resquicio por el que colar un ápice de felicidad. Su conversación del otro día con Álvaro el vagabundo le había dejado abatido. Alfonso llevaba unos meses malos; tras la muerte de su madre había caído en una profunda depresión de la que no había conseguido curarse del todo.
Su único pasatiempo en los últimos tiempos consistía en salir a pasear por León él solo, con la cabeza gacha, pensando en su vida. Todos los días se encontraba en su cotidiana caminata con un hombre que pedía limosna en una esquina, hasta que anteayer se paró a hablar con él. El hombre se llamaba Álvaro y, a pesar de su ropa ruinosa, sucia y apestosa, demostraba unas maneras educadas y una amabilidad poco corriente en la gente común. Álvaro le contó a Alfonso su vida, las circunstancias que le habían postrado en el suelo a pedir limosna a sus semejantes, que más o menos eran las que siguen:
(continuará)
(Jose Vicente Ramos Alonso)

Tu castigo es la maza que rompe
con ahínco mis recuerdos olvidados,
golpe tras golpe tras golpe
se vuelven trizas al más leve roce
si te veo feliz en sus brazos.

(Jose Vicente Ramos Alonso)

Que oscuras las nubes que se ciernen
en el cielo que se extiende ante nosotros,
y aunque mi voz quisiera que la escuches
los truenos la ensordecen furiosos.

Mas ¡ay! si fuese el día alegre y claro
y no sombrío, gris y tenebroso,
te hablaría sin cesar, pues solo tu tienes
la llave que excarcela mi tímido arrojo.

(Jose Vicente Ramos Alonso)

viernes, 17 de mayo de 2013


Cuan silenciosos son tus ojos,
cuan charlatanes tus labios,
yo prefiero, sin dudarlo,
la voz de tus luceros callados.

(Jose Vicente Ramos Alonso)

jueves, 16 de mayo de 2013

SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.


XXXVII

Nunca antes había necesitado tanto Carlos Solares pasear y respirar el enrarecido aire de su amado León como en este momento. A costa de llenar su pecho de rabia había conseguido refrenar el llanto. Pensaba que Sara sentía algo por él, lo creía verdaderamente. ¿Acaso había sido un juego cruel? ¿Le había dado esperanzas para reírse de él? No era capaz de entenderlo.
Carlos se encaminó a la Palomera; andaba sin un rumbo fijo, sin una meta en su caminar. Tras más de quince minutos de agitada marcha llegó a la explanada de la Universidad. No quería estar solo, necesitaba gente a su alrededor, así que decidió acercarse a la Biblioteca del Campus a leer cualquier cosa. Subió a la primera planta y se puso frente a la estantería en la que descansan los abultados libros de Derecho Procesal; buscó un rato algo que le interesase y por fin cogió un libro bastante grueso titulado “Tratado de Derecho Procesal Penal”, con el que se dirigió a una de las mesas del fondo en la que solía sentarse en sus tiempos de universitario despreocupado. Se puso cómodo, todo lo cómodo que se puede poner uno en esas incómodas sillas, y abriendo el librote por la mitad empezó a leer sobre los actos de comunicación a las partes. Se pasó leyendo febrilmente las dos horas siguientes; cualquier cosa con tal de no pensar en Sara y en su corazón roto.
A las tres y media Carlos sintió hambre; se levantó de su silla, devolvió el libro a su lugar de descanso y salió a la calle. No le apetecía irse a casa a cocinar, así que decidió acercarse a la cafetería que está detrás de Filosofía y Letras y comer allí. No era un menú del otro mundo, pero para lo que costaba la verdad es que estaba bastante bien.
Carlos cogió la bandeja con los platos, un vaso de refresco de cola, un bollo de pan duro y el postre, y se sentó en una mesa casi vacía. Empezó a comer con ganas los macarrones con carne, con escasa carne para mejor decir, e inevitablemente sus pensamientos volvieron a verse ocupados por Sara. Carlos siempre había sido un chico tímido, demasiado inocente, un tontín, como le solía llamar María; es por ello que nunca sabía darse cuenta de cuándo le gustaba a una chica. Y salvo un par de veces, y en el caso de Irene, Carlos no había sido capaz de enterarse de que le gustaba a una mujer. Y sabemos de buena tinta, como narrador omnisciente que somos de esta historia, que Carlos le había gustado a muchas más chicas de las que él pensaba. Pero no se había dado cuenta a causa de su torpeza para estas cuestiones. Por ello solía andar por estos farragosos y misteriosos confines con pies de plomo. Por ello no le había confesado a Sara que le gustaba, porque estaba esperando una señal por su parte. En fin, él creía que le había dado a ella esa señal, cientos de señales: estaba por su bar siempre que no tenía trabajo, le prestaba los libros que sabía que le podían gustar, hablaba con ella más que con cualquier otra persona, la halagaba y le daba ánimos cuando ella estaba triste, y la hacía reír con mil payasadas siempre que tenía un mal día… ¿qué más tiene que hacer un hombre para que una mujer se de cuenta de que le gusta? Eso solo podía significar que él no le gustaba a ella, y por eso se había buscado a otro chico más de su tipo.
En fin, pensaba Carlos, ahora toca olvidarla. No sería la primera vez; pero se prometió a sí mismo que sería la última.
Cuando terminó de comer se fue al bar de abajo y se tomó un café. Después volvió a su oficina y se tumbó un rato en el sofá, mientras escuchaba por los altavoces los lastimosos alaridos de la trompeta de Miles Davis. Había quedado con su nuevo cliente a las cinco y media, así que tenía aún una hora y media para echar una cabezada y dirigirse a Imaginio de la Falsaria a hablar con su sacerdote.
(Continuará)


Un miedo, inconfesable amor,
latente y vil pasión dormida,
tan cruel como caliente es el sol,
tan incierto como breve es la vida.

(Jose Vicente Ramos Alonso)

martes, 14 de mayo de 2013


“VEN” (parte 2 de 2)

Nada, nada otra vez. La bañera estaba vacía. Al correr la cortina el gel de ducha y el champú cayeron del borde resbalando al fondo con un sonido hueco que me erizó aun más los nervios. Esa voz infernal seguía llamándome, pero no estaba en el baño. Sólo quedaba una habitación, la habitación vacía. Salí del baño corriendo y me quedé a la puerta; la voz solo podía venir de allí. Di un paso, me adentré en el cuarto y me puse al lado de la cama que está más cerca de la entrada, con la intención de mirar debajo. Cuando era pequeño me aterraba mirar debajo de la cama; pensaba que había un monstruo, o un maniaco que me clavaría un hacha en cuanto me agachase. Pero ya no me da miedo mirar bajo las camas, al menos no me lo ha dado desde los 12 años. Pero ahora estaba asustado, y me aterraba mirar. La voz me llamaba, y podía venir de debajo de alguna de las camas. Me cargué de valor, del poco que me quedaba, y me tiré al suelo, apoyando la mano en el colchón desnudo. No había nada ni nadie debajo, debajo de ninguna de las dos camas. Pero la voz seguía, me llamaba, me atenazaba fuertemente con su cadencia. Sólo podía salir del armario. Me levanté del suelo y de un salto me puse frente a él. Con todo el cuidado que mi temblorosa mano me permitía giré despacio la llave de la puerta de la izquierda y de un tirón la abrí. Dentro sólo estaban las cuatro bolsas llenas de ropa y zapatos que no soy capaz de donar a la beneficencia. Cerré de un portazo. Me moví a la derecha y giré la otra llave, aunque no puse el cuidado debido y la llave cayó debajo del armario. Con tremendo fastidio me agaché y al meter la mano bajo el armario noté como algo me tocaba, un zarpazo; era mi gata que quería jugar. La eché de un bufido y cogí la llave. La voz me seguía pidiendo que fuera. Me levanté y la metí en la cerradura, la giré, abrí las dos puertas, y por supuesto, allí no había nadie, ni nada. Pero en cuanto miré dentro la voz cesó. Dejó de llamarme. De nuevo el maravilloso silencio reinaba en mi piso. Últimamente el silencio que había en mi casa era un recordatorio atronador de mi soledad. Pero ahora era un maravilloso premio.
Salí de la habitación. Calcetines estaba junto a la puerta de la entrada, mirándome fijamente, agazapada. Cerré una a una todas las puertas de los armarios que había abierto antes. Apagué las luces, bebí un poco de agua y me metí de nuevo en la cama, temeroso de volver a escuchar a mi inoportuno visitante nocturno. A pesar de mi pequeña aventura me dormí enseguida, como si el agua me hubiese sedado. Eran las 3:42 de la madrugada del 18  de diciembre de 2012.
A la mañana siguiente me desperté cuando Calcetines arañó mi puerta, como todas las mañanas a las 9 más o menos. Recordé la peripecia de la noche anterior, y mientras me desperezaba se me pasó por la cabeza que tal vez había sido un sueño. Era lo más seguro, un sueño, que otra cosa si no…no podía haber ocurrido de verdad. Me levanté, salí al pasillo, cogí en brazos al felino y paseé por todas las estancias de la casa. Todo estaba normal. Todo había sido un sueño, uno muy real, tremendamente vívido. Pero un sueño al fin y al cabo. Los fantasmas no existen, ni los espíritus, ni las voces incorpóreas. Le serví su desayuno a Calcetines y me fui al baño. Me desnudé y me metí bajo el vigorizante chorro de la ducha. Tenía el cuerpo algo entumecido, así que me quedé allí debajo unos cuantos minutos. Cerré el grifo, abrí la cortina y cogí la toalla. Me sequé, salí de la bañera, y cuando me disponía a coger las gafas del lavabo lo vi, escrito en el espejo, con letras grandes y legibles, un mensaje latente se había materializado gracias al vapor de la ducha, un mensaje de tan solo cinco letras, pero que me heló el corazón: AYUDA. Lo borré a toda prisa, pero volvía a hacerse visible. Le pasé la toalla, y nada, allí seguía. Salí del baño corriendo, desnudo. Fui a la cocina, cogí el limpiacristales y un paño y pulvericé el espejo varias veces, frotando enérgicamente. Pero al mensaje no se iba, no se borraba. No había soñado la noche anterior, todo había ocurrido. Alguien, algo, que se yo, se había puesto en contacto conmigo. Y como no le pude hacer caso me dejó un mensaje en el espejo. Nadie mas que yo usa ahora el baño, nadie ha podido escribirlo.
Ayer tiré el espejo viejo a la basura, y puse otro recién comprado. Pero hoy al ducharme de nuevo han aparecido esas cinco letras que me temo me van a acompañar de por vida.  
Nunca he vuelto a escuchar aquella aterradora voz de ultratumba, pero cada vez que me ducho el mensaje se materializa en mi espejo. Nada lo borra.

(Jose Vicente Ramos Alonso)

sábado, 11 de mayo de 2013


“VEN” (Parte 1 de 2).

Eran exactamente las 2:34 de la madrugada. Lo sé porque miré el reloj digital que hay encima de mi cómoda. Debía estar durmiendo plácidamente, al menos eso creo. Y algo me despertó, aunque aún no sé el qué. Todo estaba en silencio. No se escuchaba ni el más leve ruido. Me di la vuelta en mi cama y cerré los ojos para volver a dormirme. Cuando de pronto lo sentí: una voz, un susurro apenas audible. Me incorporé en la cama y encendí la lámpara. Me quedé quieto unos segundos, aguzando el oído. Y nada. De nuevo el más atronador de los silencios. Seguro de haberlo imaginado apagué la luz y me volví a acostar. Pero a los pocos minutos lo volví a escuchar, esta vez de forma clara: una voz silbante que decía “ven”. Encendí de nuevo la lámpara y me senté en la cama, poniendo todo mi ahínco en cerciorarme. Y de nuevo “ven” fue pronunciado con cadencia. Estaba claro que no me lo imaginaba, era real. Me levanté tiritando y abrí la puerta de mi habitación. Encendí la luz del pasillo y miré en el salón. Mi gata estaba durmiendo; levantó la cabeza y me miró recriminando mi intromisión intempestiva. Puede que al fin y al cabo nadie dijera lo que creí escuchar, porque en ese caso el felino se habría levantado y habría salido al pasillo como hace siempre que escucha a alguien hablar por los rellanos de mi edificio. Me lo habría imaginado, era seguro. Desde que vivo solo mis nervios están un poco erizados. Dejé a Calcetines durmiendo plácidamente en el sofá, y apagando las luces me volví a meter en la cama. No me iba a poder dormir, pero había que intentarlo.
Pasó más o menos una hora y la desesperanza se estaba apoderando de mí, porque no era capaz de conciliar el sueño. Y de nuevo, más claramente que ninguna de las otras veces, la susurrante voz me llamaba, me pedía que fuera: “ven, ven, ven”. Encendí de nuevo la luz y salí corriendo al pasillo, encendiendo todas las luces de la casa. Y a pesar de todo la voz seguía llamándome. Estaba claro que no venía de mi habitación; entré en el salón, y tremendamente agitado miré detrás del sofá y debajo de la mesa. E impulsado por un estertor violento abrí todas las puertas del mueble. Allí no había nada. A causa del ímpetu de mis movimientos mi gata se había levantado y me miraba confundida y nerviosa. Estaba claro que la asustaba yo, y no la voz. Pero la voz seguía pidiéndome que fuera con insistente tenacidad. Dejé el salón y fui a la cocina, y de nuevo abrí  furiosamente todos los armarios. Sólo había lo que había habido siempre.
Salí al pasillo con el pecho palpitante y fui al baño. La cortina de la ducha estaba extendida, siempre la dejo así para que se seque después de ducharme. Podía haber algo o alguien en la bañera. El miedo me paralizaba, pero tenía que abrirla, tenía que hacer que esa voz dejara de torturarme. Me puse delante de la bañera sigilosamente, mientras ese “ven” me taladraba el cerebro. Dirigí toda mi fuerza al brazo derecho, y de un fuerte manotazo corrí la cortina, y entonces… (CONTINUARÁ)

(Jose Vicente Ramos Alonso)

viernes, 10 de mayo de 2013

Aun hoy, extinto el fuego
y esparcidas sus cenizas
su calor me abrasa el cuerpo
y abre mis viejas heridas.

No es rencor, no sé si celos,
no es verdad, y mentiría,
que me quedo sin aliento
al saberte a su lado dormida.

(Jose Vicente Ramos Alonso)

miércoles, 8 de mayo de 2013


Una duda descompone mis días,
quiebra a poco mi carácter fuerte,
no es tu voz lo que a mi oído mece,
ni es tu ausencia quien me grita.

Te fuiste, y cada vez más lejos,
me olvidaste como a un trasto nulo,
fui un iluso, fui un hombre sin rumbo, 
y ahora una niebla en tu recuerdo.

(Jose Vicente Ramos Alonso) 

martes, 7 de mayo de 2013


TRATADO FILOSÓFICO-CIENTÍFICO SOBRE LA INEVITABILIDAD COSMOLÓGICA DE QUE EL PAN DE MOLDE SE APACHURRE EN LA BOLSA DE LA COMPRA. PARTE 2ª de 2 (por Jose Vicente Ramos Alonso).

La tercera de las posibles explicaciones que pugnan en mi cabecita atolondrada es el Karma, esa fuerza cósmica que mueve los hilos de nuestra existencia, y que si bien se parece a la explicación que dimos en segundo lugar, a saber, las fuerzas del Universo, el Karma es algo diferente. Según los que abrazan esta creencia milenaria, recibes aquello que das; si tratas mal a la gente te pasarán cosas malas, y si la tratas bien te sucederán cosas buenas. Es todo un decálogo de conducta, tremendamente simple, y que yo comparto en parte, pues parece claro, a priori, que si haces el bien, si te comportas adecuadamente en tu cotidianeidad, te pasarán cosas buenas; en cambio, si te comportas como un chanchullero, si siempre estás engañando, tarde o temprano te encontrarás con alguien más chungo que tú que te dará tu merecido. Sin embargo, esto no siempre se cumple, por lo que no puede tenerse como una ley natural, es decir, aquella que rige siempre y en todo caso, aunque las condiciones sean diferentes. Conozco a mucha gente buena a la que le pasan cosas malas; esto bastaría ya de por si para desechar la explicación del Karma.
Pero vamos a aplicar la regla del Karma a nuestro tema de análisis, es decir, al pan de molde y a su inclinación a aplastarse en la bolsa de la compra. Si yo considero que las rebanadas de pan deben ser perfectamente cuadradas, el hecho de que pierdan su forma sería algo malo para mí; por lo que si tal cosa sucede es, según la tesis del Karma, porque he llevado a cabo una mala acción, y se me está castigando por ello. El otro día fui a comprar por la mañana, a eso de las once, y antes no había tenido trato alguno con ningún ser vivo, salvo con mi gata Calcetines, por lo que no tuve ocasión de hacer el mal; ¿por qué entonces el Karma me castigó e hizo que se me aplastase el pan de molde? A fe mía que ese día no había tenido tiempo de conspirar aun ¿o es que el Karma guarda cuenta de las cosas malas que hacemos y se venga cuando le apetece? Como forma de aleccionar no me parece muy correcta, pues si se te castiga lo suyo sería saber porqué, para que aprendas y no vuelvas a hacerlo; no me resulta muy práctico el tener que apuntar todas las malas acciones para ver si el Karma y yo tenemos saldadas las cuentas. En suma, dudo de la existencia del Karma como fuerza real y perceptible, por lo que no me parece que la razón de que el pan de molde se aplaste sea un castigo de aquel.
Una cuarta posible razón es la suerte: a mi se me aplasta el pan de molde simplemente porque he tenido mala suerte. La suerte, sea buena o mala, es, por definición, excepcional; es decir, es aleatoria y extraordinaria, por lo que lo lógico sería que si la suerte rigiese el destino del pan de molde este sólo se aplastase una vez de cada mil, ya que la suerte solo se atribuye a aquello que está fuera de lo común, para bien o para mal. Cuando alguien gana la lotería decimos que ha tenido buena suerte, dado que ganar es poco probable; y cuando un rayo alcanza a una persona decimos que ha tenido mala suerte, dado que es prácticamente imposible que un rayo impacte en un humano. En el caso concreto que analizamos, y dado que lo común es que el pan de molde se apachurre, la suerte solo puede afectarle positivamente, es decir, solo podríamos decir que hemos tenido suerte porque el pan no se ha aplastado; pero no podemos decir que hemos tenido mala suerte si se nos ha deformado en la bolsa, simplemente porque eso es lo común, esto es, es lo normal que el pan se aplaste, por lo que si a mí concretamente se me aplasta no habré tenido mala suerte, me ha sucedido lo que suele suceder en la gran mayoría de los casos. Por lo tanto esto no es cosa de la suerte, y ello con independencia de que yo crea o no en ella, que más me inclino por lo segundo.
También se me viene a la mente como explicación la casualidad; la casualidad es algo que en si mismo carece de sentido, si se piensa, como pienso yo, que todo se rige en el Universo por unas reglas físicas, perfectamente observables, comprensibles y lógicas, unas leyes estas que son inmutables y que explican por si solas todos los acontecimientos que suceden. Por lo tanto, no creo que mi bolsa de pan de molde se aplaste por casualidad, porque pienso que este Mundo se rige por unas normas que impiden la existencia de aquella.
Y de la explicación anterior, a saber la casualidad, bueno, mas bien de su negación, se deriva la última de las teorías posibles que explica el porqué de la mutación que sufre el pan de molde de su estado cuadrado a su posterior forma indefinida, y que yo tengo por la verdadera: el pan de molde se aplasta por la acción de las normas físicas que rigen el Universo. Cuando yo voy a hacer la compra tiendo a meter varios productos en la misma bolsa, cosa nada novedosa porque es lo que hace el común de los mortales; pues bien, la bolsa tiene un espacio finito, es decir, solo cabe una cantidad determinada de productos en ella. Ello de por si significaría que si yo lleno la bolsa estaría cubriendo todo su espacio, de tal suerte que no cabría ni un solo átomo más en ella; pero esto no es verdad, ya que los distintos productos que podemos comprar tienen formas muy diferentes, y muy distintos tamaños, por lo que en una bolsa llena siempre quedan espacios vacíos que la fuerza de la gravedad, unida con al movimiento de la bolsa y de su contenido, tienden a llenar, dado que, según la más elemental ley física, todo objeto con masa ocupa un espacio vacío. Así, mientras nosotros vamos con nuestra bolsa de la compra desde el supermercado hacia nuestra casa, los productos van asentándose inevitablemente, a causa, como decimos, del movimiento y de la gravedad, ocupando los espacios vacíos, cambiando de ubicación. Por mucho que nosotros pongamos el pan de molde en la parte superior de la bolsa de la compra, el movimiento y la gravedad van a variar su ubicación, movimiento que, unido al de el resto de productos, y en conjunción con la escasa consistencia que el pan de molde tiene por naturaleza, derivada de su ternura, conlleva la inevitable deformación de nuestro pan perfectamente cuadrado. Por lo tanto, este hecho tiene, como cualquier otro, una explicación científica, lógica y racional.
Se me puede decir que la ciencia no es capaz de explicar todo lo que sucede, a lo que yo he de responder que eso no es cierto, simplemente pasa que la ciencia aun no ha encontrado esa explicación, lo que no es lo mismo que decir que no existe.
Averiguada entonces la razón que explica que el pan de molde se aplaste en nuestra bolsa de la compra, cabe preguntarse qué se puede hacer para evitarlo. Está claro que meterlo en la bolsa con el resto de productos no funciona, pues inevitablemente se va a aplastar, sobre todo si metes varias bolsas en el maletero de tu coche. Aunque no nos engañemos, pues también sucede si vas andando a hacer la compra. La única solución es meter el pan de molde en una bolsa, él solo, sin nada que lo pueda comprimir. Pero nunca lo dejes en el maletero, ponlo siempre junto a ti en el interior del coche, en el suelo, nunca en un asiento, porque un frenazo lo puede lanzar y aplastar. Aunque sin duda la mejor manera, la más segura, es ir al supermercado única y exclusivamente a comprar pan de molde, sin bolsa, y llevarlo a tu casa en brazos. No es la primera vez que se me ve por mi barrio con una bolsa de pan de molde en los brazos, cual si fuera un tierno bebé recién nacido apoyado contra mi pecho protector. Un día me dijo mi vecina:
-Vaya, que crecidito lo tienes.
-Si hija si, ya tiene 28 (rebanadas)- le respondí yo con un sentimiento de orgullo hinchiendo mi pecho.
Esa es, pues, la mejor manera de evitar que tu pan de mole se deforme.

(Jose Vicente Ramos Alonso)  

viernes, 3 de mayo de 2013


TRATADO FILOSÓFICO-CIENTÍFICO SOBRE LA INEVITABILIDAD COSMOLÓGICA DE QUE EL PAN DE MOLDE SE APACHURRE EN LA BOLSA DE LA COMPRA. PARTE 1ª de 2 (por Jose Vicente Ramos Alonso)

Con este pequeño ensayo gané el XXXVI Premio Nacional de Ensayo Corto de las Batuecas, que cuenta entre las filas de insignes ganadores, entre otros muchos, a Fermín Quieroynopuedo, a Andrés Niporesas y a María Ladelclavel. Ahí va:

Como apasionado escrutador de los acontecimientos naturales que soy, hay un suceso, un repetidísimo y no por ello suficientemente estudiado suceso, que cada vez que acontece deja al ser que lo padece cabizbajo y un tanto confundido, a la vez que cabreado por lo ilógico del hecho: me refiero por supuesto a la mutación que sufre el paquete de pan de molde en la bolsa de la compra desde que sales del supermercado hasta que llegas a tu casa y te dispones a guardarlo en el armario.
El que suscribe, entre otras muchas manías igualmente inconfesables, necesita que las tapas de pan que forman su sándwich, su bocadillo o sus tostadas del desayuno, sean perfectamente geométricas, inmejorablemente cuadradas. Que sé yo, es una rareza de las muchas que acucian mi ser y me convierten en una persona, digamos, algo extraña. De ahí que me pase mi buena media hora eligiendo de entre las posibles la bolsa que muestre las rebanadas más cuadradas; saco mi escuadra y mi cartabón de bolsillo y, solo tras realizar un sinnúmero de complicadas operaciones  matemáticas, ante las caras divertidas de los que a mi lado pasan con su carro de la compra, elijo la que más se semeja con la forma ideal del cuadrado, esa que, según Platón, es la forma real del cuadrado. Y hecho esto, ¿qué inextricable e irresoluble fuerza puede ser capaz de convertir un pan que, a fe de su nombre, es de molde, un molde cuadrado para más decir, en un churro informe y amalgamado que impide un uso ulterior satisfactorio? ¿Qué poderoso e inmutable poder es el responsable de que maniáticos como yo seamos privados de unas tostadas enteramente cuadradas? Veamos las opciones que pueden barajarse.
Los creyentes en una deidad dirán que es el propio Dios el que, como signatario que es de todas las cosas que ocurren, transforma el pan de molde en pan informe; “¡Dios así lo quiso!”, dirán los religiosos mientras se rasgan las vestiduras con sus rebanadas imperfectas en la mano. Esta solución, por cuanto no me tengo por creyente, me resulta poco satisfactoria. En primer lugar cabría preguntarse a ver qué demonios, con perdón, le va a importar a Dios la forma del pan de molde, pues Él dio libre albedrío a los hombres y mujeres para que hicieran lo que les viniera en gana, entre otras cosas, con la forma de su pan. No sería lógico que Dios se inmiscuyese en decisión tan baladí como esta y que no lo hiciese, por ejemplo, para evitar que sus hijos e hijas se masacrasen en guerras sin sentido. Y en segundo lugar, si el pan de molde es cuadrado es porque Dios así lo quiso, por lo que no sería lógico, todo lo lógico que puede ser el tema religioso, que se enmendase a si mismo continuamente, transformando lo cuadro en irregular; habría bastado con haber querido un pan de molde sin forma geométrica definida.
Y ya para dejar este punto de vista religioso, y en el caso de que Dios exista verdaderamente, yo nunca podría rezar a un Ser Supremo que se empeña en que mis rebanadas de pan no sean perfectamente cuadradas, dado lo importante que es eso para mi.
Una segunda posible explicación procedería de aquellos que creen en el destino, en las fuerzas del universo, que es tanto como creer en Dios pero con otro nombre. Quien profese esta creencia, tan defendible y respetable como la que más, dirá, al encontrarse con su pan de molde aplastado, que es cosa del Universo, de las fuerzas cósmicas que han conspirado para que el pan cuadrado se volviese no cuadrado. Y aquí todo dependerá de lo que suponga para uno que el pan de molde se aplaste: si no te importa, si no te enoja, entonces el Universo ha actuado y tú te considerarás afortunado, porque es un designio que tenía que suceder y tu no podías evitar, y que como tal forma parte de los planes que aquel tiene para ti; será más bien un premio. Si por el contrario piensas que el pan de molde debe ser cuadrado, y te fastidia que pierda su forma, considerarás tal mutación como algo malo, y esencialmente negativo, por lo que creerás que el Universo te ha castigado, y que tal castigo, la transformación del pan, es el resultado de una mala acción por tu parte, dado que el universo siempre te paga con la misma moneda. Y lógicamente te sentirás mal; te sentirás mal, y te tendrás que comer un pan sin forma, y todo ello porque el Universo así lo quiso.
Yo, por mi parte, no creo en que el Universo tenga un poder capaz de mover los hilos de un planeta y unos seres tan insignificantes en la inmensidad cósmica como la Tierra y los Humanos. Aunque se sabe que el Universo está compuesto en su inmensa mayoría por fuerzas que no se ven ni se pueden tocar, a saber, la energía oscura y la materia oscura, y que son a día de hoy inexplicables, estas fuerzas no son las responsables de cosas tan insignificantes, en la inmensidad de los miles de millones de planetas que forman el vasto Universo, como el trabajo que yo pueda lograr o la forma de mi pan de molde. Por lo tanto desechamos sin más esta explicación, por ser un tanto ilógica y desquiciante.
(CONTINUARÁ) 

Aunque se caiga el cielo azul
y se seque el mar entero
ten presente, te lo ruego,
que mi amor no estará muerto.

Aunque transcurran mil años
y reviente el firmamento,
si alguna vez tu me quieres
dímelo, que aquí te espero.


(Jose Vicente Ramos Alonso)

jueves, 2 de mayo de 2013


Hoy sin querer se cayó
del libro una fotografía,
y al poco salió de mi ojo
una lágrima que huía.

Qué dolor siento en el alma,
aunque han pasado los días,
al pensar que con su voz
yo ya comía y bebía.

A la primera lágrima
una segunda seguía,
y iris de mi pupila
que la rompiera pedía.

Más sonreí al mirarla,
el llanto tornó en risas;
mientras secaba mis lágrimas
pensé que aun la quería.
¡Que hermosa se veía!

(Jose Vicente Ramos Alonso.20-11-2009) 

miércoles, 1 de mayo de 2013

SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.


XXXVI

Carlos salió a la calle y entró al Bronce. Sara estaba atendiendo a unos clientes en una mesa, pero se giró y le dedicó a Carlos una sonrisa y un “hola” silencioso. Carlos la saludó con un leve movimiento de su mano derecha y se sentó. Sara pasó tras la barra y empezó a preparar un par de cafés y dos copas de zumo de naranja natural; miró a Carlos a los ojos para iniciar una conversación, pero él bajó la vista.
-¿Te pasa algo?- preguntó Sara.
-No me pasa nada ¿por qué lo dices?- Carlos se censuró a sí mismo por haber mirado para otro lado cuando Sara le miró a su vez. Tras más de dos años en el negocio había aprendido que los hombres son como libros abiertos ante la ojeada escrutadora de una mujer; nada escapa a su mirada analista. En cambio, los hombres, por su simpleza de pensamiento, rara vez son capaces de darse cuenta de que una mujer les miente, o no les dice la verdad, que son cosas distintas. Carlos sabía perfectamente que cuando un hombre miente se le nota; en cambio, las mujeres son más sutiles, saben controlar sus gestos con un movimiento delicado de ojos, o de labios, o poniéndose el pelo detrás de la oreja, ese tipo de movimiento femeniles que hacen que los hombres se embelesen y no presten atención a las palabras. Trató de arreglarlo, no se podía permitir mostrarse dubitativo ante Sara - Es que estoy un poco agobiado por el trabajo, solo eso. Ayer me pasé la noche en vela preparando un informe y estoy cansado- Sabía que Sara no se lo creía, por como le miró.
-Lo que tú digas Solares. Ahora vengo- Sara amonestó a Carlos con una mirada fría y se fue a servir los cafés que acababa de preparar.
Carlos sabía que la había fastidiado. Sara se había dado cuenta de sus dudas, de sus pajas mentales; y sólo por haber desviado la mirada un instante. Sería una investigadora excelente. Mientras así pensaba Sara regresó a su puesto tras la empalizada del bar.
-Bueno, ¿qué te pongo?
-Un café y un zumo, por favor- Carlos trató de sonreír, pero en su cara se dibujó una mueca extraña y forzada.
-A ti te pasa algo, tonto, así que ya me lo estás contando- Sara se puso frente a Carlos y apoyó los codos en la barra de mármol rosa.
-No me pasa nada, de verdad, y menos contigo- Que idiota, pensó Carlos; segundo fallo.
-¿Conmigo? ¿Por qué te iba a pasar algo conmigo? Yo no te he preguntado que a ver que te pasa conmigo- Sara se había puesto seria.
-Perdona, te entendí mal- vaya salida más ridícula. Carlos miró a Sara a los ojos con gesto suplicante. Cuando iba a decir algo se abrió la puerta. Era un chico. Sara se volvió, y su gesto cambió, aunque no sonrió.
-Ahora mismo te pongo el café- dijo Sara.
Sara se alejó para acercarse al recién llegado, que se había colocado en el otro extremo de la barra. Cuando Sara llegó a su altura el chico se apoyó en la barra, y levantando el cuerpo por encima le acercó la cara, con la intención de que le diera un beso en los labios, aunque ella giró la cabeza y puso simplemente su mejilla junto a su cara para que se la besara. Estuvieron hablando un minuto mientras Carlos los observaba cabizbajo por el rabillo del ojo <<Debe de ser el tío ese del que me ha hablado antes María>>. Carlos notó una sacudida en las entrañas y un escalofrío que recorrió su cuerpo, esa especie de calambre seco que notas en el pecho cuando ves a la persona a la que quieres con otra persona que no eres tú, algo así como si alguien metiese la mano en tu caja torácica y revolviese con saña tus tripas. Quiso salir corriendo del bar, pero se controló y esperó. Sara se le acercó.
-Es un amigo- le dijo mirando al chico del otro extremo de la barra.
-Me parece bien- Carlos pretendía sonar indiferente, pero estaba claro que no era capaz- No tienes nada que explicarme. Cuando puedas ponme el café, tengo algo de prisa- Se arrepintió enseguida del tono de su voz.
-Está bien, toma tu café para que puedas marcharte a donde quieras- Sara le tiró la taza delante a Carlos, y también se arrepintió de lo que acaba de decir. Se fue de nuevo a hablar con el chico recién llegado.
Carlos se tomó el café de un trago, sacó un euro de su cartera y lo posó en la barra, junto a la taza vacía. Sara le estaba mirando de soslayo, aunque no dijo nada. Acto seguido se levantó de la banqueta, y se dirigió a la puerta. Miró al chico que hablaba con Sara y en su cara se dibujó una grosera mueca de desprecio.
-Adiós- Dijo Carlos mirando a Sara.
-Adiós- Le respondió ella.
Carlos abrió la puerta del Bronce y salió disparado a la calle, con el corazón roto y una tenue lágrima a punto de salir de su ojo derecho. A pesar de todas las precauciones otra vez le habían vuelto a hacer daño.
Lo que Carlos no sabía es que cuando él salió por la puerta Sara se había quedado pensando más o menos lo mismo. Ella le quería, quería a nuestro Carlos Solares, le amaba como nunca había amado a ningún otro. Y sabía que él también la quería a ella, porque las mujeres siempre saben cuando un hombre siente algo por ellas.
Es curioso como suceden las cosas; dos personas que se mueren por estar juntas, y sin embargo…
(CONTINUARÁ)

Los caminos que otrora fueran parejos
se separaron al llegar a su destino,
y nos dejaron a los dos sin un motivo
cansados y con los labios maltrechos.

La pasión que campaba por mi cuerpo
tornó de repente y sin pre aviso
en algo parecido a un fiel cariño
que ninguno de los otros te dieron.

Lo que yo y mi vanidad te ofrecemos
no fue suficiente, y te perdimos,
y aunque muchas horas lo sufrimos
muy pronto será solo un recuerdo.

(Jose Vicente Ramos Alonso)