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martes, 30 de abril de 2013


Yo soy un velo escondido
sin color y sin pasado.
Yo soy un gas venenoso
que nadie ha respirado.

Yo soy un bulto enfermizo,
soy un recuerdo borrado.
Yo soy un rayo que cesa
por el cielo despejado.

Yo soy un trasto inservible
que estorba a cada paso.
Yo soy un lienzo vacío
en un rincón olvidado.

Yo soy un rio sin agua
cubierto de peces varados.
Yo soy un libro sin hojas
y sin título asignado.

Yo soy un hombre invisible,
soy un lugar del pasado.
Yo soy nada, nada y menos,
soy la muerte, y ya me marcho.


(Jose Vicente Ramos Alonso)

lunes, 29 de abril de 2013


Ya fluye la sangre caliente
por la espalda del bravo animal,
aplausos cómplices al torero
que es héroe por torturar y matar.

Que decadencia de la raza humana,
que sin razón, que fatalidad,
laurear al que quita una vida
es una humana necedad.

(Jose Vicente Ramos Alonso)

domingo, 28 de abril de 2013


Tus ojos, dos luceros que me guían,
tus ojos, dos estrellas en el cielo;
tus ojos, dos diamantes que chispean,
tus ojos, dos orquídeas floreciendo.
Tus ojos, dos lingotes de oro puro,
tus ojos, dos esencias de deseo;
tus ojos, dos hogueras encendidas,
tus ojos, dos irreales anhelos.
Tus ojos, dos tubérculos de vida,
tus ojos, dos planetas renaciendo;
tus ojos, dos océanos profundos,
tus ojos, dos amigos de lo ajeno.
Tus ojos, dos silenciosas tormentas,
tus ojos, dos volcanes ardiendo;
tus ojos, dos auroras boreales,
tus ojos, dos infantes sonriendo.

Hay mil mundos en tus ojos,
en tus pupilas mil sueños,
me haces feliz cuando me miras
porque al abrirlos puedo verlos.


(Jose Vicente Ramos Alonso)

viernes, 26 de abril de 2013


Hay amores que dolerán por siempre,
cubrirlo no te hará olvidar su brillo,
por más que convenzas a los demás
nunca podrás engañarte a ti mismo.

Hay amores que no tienen vuelta atrás,
que llores, que sufras, es lo mismo,
si querías que yo no te quisiera
ya estás empezando a conseguirlo.

(Jose Vicente Ramos Alonso)

jueves, 25 de abril de 2013


Quisiera que mis pasos me llevasen
al mundo onírico de Morfeo,
y preguntarle si todavía
apareces en mis sueños.

(Jose Vicente Ramos Alonso)

miércoles, 24 de abril de 2013


Cuando en tu vida ajada y gris
ya no florecen sorpresas,
y el cieno cubre en silencio
tus días y horas, y piensas
que en la noche oscura y fría
la soledad ya te espera,
un imposible sucede
y te la encuentras a ella.

Y el desconcierto te envuelve,
las heridas ya no queman,
la oscuridad se hace clara,
la aspereza torna en seda.
Sientes que todo lo tienes,
y en derredor todo suena
a hermosas notas de hielo
que en verano te refrescan.

Mas la sombra se estremece,
vana ilusión es lo que era.
Ella rió por un momento
dejándote a ti la pena,
que honda en tu pecho de arcilla
con sus dedos ya modela.
¡Ay si en la vida que espero
desespero por no verla!
El tiempo pasa despacio
cuando uno solo se encuentra.


(Jose Vicente Ramos Alonso)

martes, 23 de abril de 2013


Nunca me siento en soledad
si tengo un libro en las manos,
me han hecho reír y llorar,
mil historias me han contado.

Cuando todo en la vida te falle,
los libros seguirán estando,
y solo te piden a cambio
que los leas de vez en cuando.

(Jose Vicente Ramos Alonso).
SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.


XXXV

El tal Adriano Ferreira no era otro que el hombre que acompañaba a Enésimo de Gea el día anterior, cuando este se había reunido con Rafael Fuentes en San Marcos. <<Pero esto es muy gordo>>, se dijo Carlos en voz baja. Un día antes de que se celebrase la subasta de deuda en su País el Presidente del Banco Central de Portugal estaba en España, reuniéndose con uno de los hombres más poderosos e influyentes de toda Europa, que se dedicaba a especular con deuda soberana, incluida la deuda portuguesa, que tenía acciones en multitud de empresas portuguesas, parte de las cuales vendería al día siguiente sin previo aviso…Si esto olía mal antes, ahora apestaba. Lo primero que se le pasó a Solares por la cabeza es que Enésimo de Gea contaba con información privilegiada, y de primera mano, ni más ni menos que de la tercera persona con más poder en relación a la economía portuguesa, tras el Presidente del Gobierno y el Ministro de Economía. Pero la tesis de la información privilegiada no explicaba nada más que la venta de acciones, y ni siquiera eso, porque la bolsa lusa no se desplomó ese mismo día tras la subasta de deuda, sino que las fuertes pérdidas habían tenido lugar en el mismo momento de la apertura, y justamente a causa de la venta de las acciones por parte de las empresas de Enésimo de Gea. Nada parecía tener sentido; ¿sería una simple coincidencia? No, era imposible. Carlos sabía que había un nexo, aunque era incapaz de encontrarlo entre esa maraña de datos financieros.
Buscó información sobre Adriano Ferreira. Era un hombre de mediana edad, Licenciado en Economía por la Universidad de Oporto. Había ocupado varios cargos de naturaleza política antes de ser elegido como Presidente del Banco de Portugal. Al parecer, su conducta al frente de la entidad era clara y recta; no había nada sospechoso.
Aunque su reunión con de Gea era de lo más dudosa. Es cierto, pensaba Carlos, que los personajes poderosos suelen mantener reuniones con otros personajes poderosos, es lo natural. Pero Enésimo de Gea era un personaje oscuro; parecía ser vox populi que sus negocios no eran del todo legales, por lo que su reunión con Adriano Ferreira era, cuanto menos, sospechosa, y más teniendo en cuenta como se habían desarrollado los hechos esa mañana.
<<Esto me supera, es algo muy grande y complicado para mi>>, se dijo Solares. Decepcionado ante la magnitud de la empresa que tenía delante, decidió apagar el ordenador y llamar por teléfono al sacerdote de Imaginio de la Falsaria para comenzar cuanto antes a buscar la reliquia perdida. Tras unos minutos de conversación telefónica ambos pactaron una cita en persona para aquella misma tarde.
Carlos necesitaba airear sus ideas, así que decidió bajar al bar a tomar un café y después ir a dar un paseo. Cuando se disponía a salir por la puerta de la oficina entraba María.
-Bueno, ya está ingresado el dinero- dijo la socia de Solares con animosidad.
-Bien ¿nos habían pasado algún recibo?
-Si, el del teléfono e internet. Teníamos un descubierto de quince euros. ¿Hablaste con ese buen hombre?
-Si, hemos quedado para esta tarde. Ahora voy a dar un paseo porque necesito pensar- Carlos se dio la vuelta dispuesto a salir de la oficina.
-¿Y en que necesitas pensar, si se puede saber?- le preguntó María a su socio.
-En varias cosas, pero sobre todo en lo de Rafael Fuentes y Enésimo de Gea. Si si, ya sé que eso no te interesa, pero sé que hay algo turbio, y que me parta un rayo si no lo descubro- Carlos se adelantó a María- Si, ya sé que no me pagan por ello. No te preocupes, no desatenderé mis obligaciones. Digamos que es un hobby, igual que tu hobby es el cotilleo.
-Oye guapito, sin faltar, que yo no soy una cotilla. Simplemente me entero de cosas porque escucho a la gente.
-Ya claro-Solares sonrió sarcásticamente-. Me marcho. Por si después no vengo por aquí, te veo por la tarde, o mañana.
-Adiós Carlitos.
(CONTINUARÁ)

lunes, 22 de abril de 2013


Mira que hermosa está la luna,
de amarillo perla inunda el cielo,
las mareas suben y bajan en tu ausencia
mientras mis labios se mueren por tus besos.

(Jose Vicente Ramos Alonso)

Quien puede atormentarme más que tu,
oh dama negra de labios fríos,
si alguna vez vienes a por mi
pasa de largo, por dios te pido.

(Jose Vicente Ramos Alonso)

sábado, 20 de abril de 2013

SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.


XXXIV

Carlos empezó consultando unos cuantos diarios generalistas, para pasar después a algunos de contenido puramente económico. Y en todos leyó prácticamente lo mismo: la subasta de deuda de Portugal había deparado un resultado cuanto menos impredecible. El Tesoro portugués no había logrado colocar todos los bonos a cinco y diez años que había ofertado, lo que dio a su vez lugar a una subida nada desdeñable de los intereses que había tenido que pagar a los compradores. Todos los periodistas económicos coincidían en que el mercado se había comportado de una manera imperfecta, dado que lo previsible era una demanda que superaría a la oferta en más de dos puntos y una bajada de intereses de casi medio punto porcentual. Ninguno se aventuraba a señalar la razón de tan inesperado desenlace, aunque uno de los periodistas señalaba que había tenido lugar un movimiento un tanto sospechoso de acciones en la Bolsa de Valores de Portugal pocos minutos antes de la subasta; al cierre del día anterior la bolsa lusa había ganado 1,2 puntos porcentuales, pero esa misma mañana comenzaba con pérdidas de un 2,3 por ciento, lo que era aún más sorprendente si se tenía en cuenta que todos los analistas internacionales auguraban una subasta de deuda con un resultado muy positivo para las finanzas portuguesas, lo que justificaría, como mucho, una apertura plana. El periodista no trataba de atar cabos, dado que se le notaba tan perdido como al resto de colegas, pero sí señalaba algo que a Carlos le resultó muy revelador: en seis de las siete empresas que  habían lastrado la Bolsa de Portugal tenía acciones el conglomerado empresarial de Enésimo de Gea. El periodista lo señaló como algo anecdótico, o eso le parecía a Carlos, pero para él este hecho tenía otra lectura. Era curioso que el día anterior Rafael Fuentes y Enésimo de Gea se hubiesen reunido para hablar, previsiblemente, sobre la subasta de deuda pública de Portugal, y que al día siguiente de Gea vendiese parte de sus acciones en compañías portuguesas, justo antes de que se celebrase la subasta, y justo antes de que la bolsa cayese mas de siete puntos, lastrada por la calamitosa venta de bonos. Carlos no era de los que creen en casualidades, y mucho menos en esta.
Siguió leyendo. Por lo visto, la mayor parte de los compradores de los bonos portugueses procedían de España y Portugal, diversos fondos de inversión, fondos de pensiones y carteras de valores de alto riesgo, entre las que se encontraba Destina Forum, la empresa de Enésimo de Gea a la que pertenecía Consultora Siglo XXII, la empresa de Rafael Fuentes. Dado que las agencias de calificación crediticia habían degradado el bono portugués a la categoría de bono basura, pocos eran los que se aventuraban a comprar, al parecer.
Aunque trató de buscar qué porcentaje de lo ofertado compró Destina Forum, Carlos no fue capaz de encontrar las cifras. Pero sabía que esa información era pública; era sólo cuestión de saber buscarla. Era descabellado, imposible en términos reales, pero a Carlos le daba la impresión de que Enésimo de Gea había sido capaz de controlar la demanda total de bonos portugueses para conseguir que subieran los intereses; no sabía si eso era posible, si era siquiera factible, pero estaba claro que había algo raro. O quizás no; puede que todo fuesen imaginaciones suyas, que viese gigantes donde sólo había molinos, como le decía María. No en vano si hubiese algo turbio alguna autoridad se hubiese enterado ya, no estarían esperando a que un detectivucho de tres al cuarto descubriese la trama. O puede que nadie hubiese visto todas las piezas del puzzle.
Carlos siguió algún rato más leyendo sobre el tema, y cuando iba a dejarlo para hablar con el sacerdote que les había contratado, algo llamó su atención, alguien más bien. En una fotografía aparecía un personaje al que conocía, pero al que aún no le había puesto nombre. El hombre en cuestión aparecía tras un atril, hablando a un auditorio, y según el artículo que acompañaba a la fotografía este se llamaba Adriano Ferreira, y era nada más y nada menos que el Presidente del Banco Central de Portugal.
(CONTINUARÁ) 

viernes, 19 de abril de 2013


Nuestro romance ya solo dura
en la mente de los que nos vieron,
en la corteza de aquel árbol,
y en las lágrimas de mi pañuelo.

(Jose Vicente Ramos Alonso. 22-05-2004)

Que es lo que tendrá el sonido de tu voz,
que, aun tan de lejos, todavía me hipnotiza,
y como a Ulises atrajeron las sirenas,
con tus cantos me susurras que te siga.

(Jose Vicente Ramos Alonso)
SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.


XXXIII

María movió su silla con ruedas hasta ponerse a la altura de Carlos, que miraba distraídamente al techo.
-Pues ayer, mientras tú estabas con tus amigos ricachones de paseo por ahí, vino a verme un cura-María paró de hablar, esperando teatralmente a que Carlos asimilase la información. Y consiguió verdaderamente atraer su atención.
-¿Un cura dices? Vaya, esta si que es buena. ¿Y qué quiere un sacerdote de nosotros?-preguntó Carlos verdaderamente interesado.
-El caso es que alguien ha robado no sé que reliquia de la casa rectoral, y quiere que la encontremos sin hacer mucho ruido. Él sospecha de algunos vecinos de su pueblo, pero no está seguro.
-¿Y qué pueblo es ese?
-Se llama Imaginio de la Falsaria. Yo no lo conozco, pero me dijo que está a media hora de aquí, en dirección a Valladolid.
-He oído hablar de él-dijo Carlos tratando de recordar-¿Y por qué ese buen hombre no denuncia el robo a la policía?
-Por lo visto el Obispado le ha querido obligar muchas veces a que traiga a León la reliquia, porque es muy valiosa e importante, pero él no lo ha hecho, pues dice que es del pueblo y que allí debe estar. Entonces tiene miedo de que si lo denuncia a la policía la Iglesia le castigue, y se lleve la reliquia, si es que aparece. Me dijo que nos conoce por una amiga de su pueblo que en invierno vive aquí de León, Isabel Álvarez, no sé si te acuerdas de ella, aquella señora a la que ayudamos a encontrar a su hermana perdida.
-Si, claro que me acuerdo. Ha sido uno de los casos más interesantes que hemos tenido. Estuvimos sembrados aquella vez-Carlos se había puesto a revivir aquel caso.
-Anda ya, basta de auto-adulación. El caso es que quiere que vayas a su pueblo y que encuentres lo antes posible la dichosa reliquia. Como él no tiene coche le dije que irías tú a verlo, aunque en ese caso le tendríamos que cobrar desplazamiento.
-¿Y le pareció bien?-preguntó Carlos.
-Si claro, se mostró encantado. Es uno de esos curas mayores de pueblo, que se azoran en la gran ciudad. Dijo que había venido con un vecino, y que sería fantástico si no tenía que venir más a León. Por lo visto tiene unos ahorrillos y estará encantado de gastarlos en esto-María había esbozado una sonrisa un tanto pícara.
-Por la cara que has puesto es como si pensaras desplumar a ese pobre hombre-dijo Carlos sonriendo.
-No seas tonto. Me hace gracia lo de que los curas tengan ahorros; a este señor, que es muy majo y educado, le cobraremos lo que justamente tengamos que cobrarle. Le dije que le llamarías, así que ya sabes lo que tienes que hacer. Mientras yo voy al banco a ingresar lo que te acaba de dar esa bruja despechada, tú le puedes llamar-María le pasó a Carlos un post-it con un nombre, padre Ramón, y un par de números de teléfono-.Llámale y ya quedáis vosotros como queráis.
María se levantó, se puso el abrigo, y tras recoger de la mesa el sobre que la esposa de Rafael Fuentes les había dado, salió por la puerta. Carlos se quedó un rato en el sofá, pensando en su nuevo caso, en Rafael Fuentes, en Enésimo de Gea, y en Sara.
Al poco se levantó y se sentó delante del ordenador, dispuesto a llamar al padre Ramón; aunque antes decidió consultar en internet el desenlace de la subasta de deuda que se había celebrado esa mañana en Portugal. Quería ver porqué Rafael Fuentes y de Gea se habían tomado tantas molestias en ella.
(CONTINUARÁ)

jueves, 18 de abril de 2013


Se han aclarado las nubes,
hoy floreció el alhelí,
ya ha despuntado la aurora,
ya se han parado las horas,
hoy me han dicho que piensa en mi.

(Jose Vicente Ramos Alonso. 29-06-2009)
SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.


XXXII

María abrió la puerta de la oficina y se sentó frente a su ordenador. Carlos, por su parte, se levantó para esperar a su clienta. Al poco entró Mercedes. Era una mujer de unos cuarenta años, rubia, alta y de figura estilizada. Aunque en su rostro se marcaban algunas arrugas de expresión, aun era hermosa, y debía haberlo sido mucho más en su juventud. Es normal que un hombre como Rafael Fuentes se hubiese fijado en ella. Lucía un abrigo de piel, unos zapatos de tacón alto y un pantalón ajustado de color marrón oscuro, a juego con una americana de tonos tostados. Se quitó lo que en otro tiempo fueron un buen número de hurones y se lo tendió a Carlos con gesto autoritario, para que lo colgase en el perchero.
-Si haces el favor, que quede bien estirado, no quiero que se estropee- Mercedes miró a María levantando ligeramente la cabeza a modo de saludo, mientras que esta se dio la vuelta y empezó a aporrear con saña su inocente teclado.
-Buenos días-le dijo Carlos tratando se sonreír mientras depositaba el abrigo en un gancho del perchero-. Si te apetece tomar un café o una infusión- su interlocutora le cortó con gesto impaciente.
-Vamos al grano, tengo muchas cosas que hacer esta mañana, mi tiempo es muy valioso- Mercedes miró a Carlos instándole a empezar.
-Está bien, como gustes. Siéntate aquí, por favor-. Carlos le señaló una silla frente a su mesa, que la esposa de Rafael Fuentes ocupó no sin antes pasarle por encima un pañuelo que sacó de su bolso. María la miraba con cara de asco.
Tras poco menos de media hora de explicaciones Carlos dejó de hablar, preguntándole a Mercedes si quería hacer alguna pregunta. Dado que esta le hizo saber que todo estaba claro, Carlos sacó de su cajón el talonario de facturas, y arrancando una que ya había rellenado previamente, se la puso delante a su interlocutora.
-Pues bien, esto es lo que habíamos pactado- Carlos se quedó mirando fijamente a Mercedes.
-Perfecto- dijo ella mientras sacaba un sobre blanco de su bolso con el emblema de un banco-. Con esto ese cabrón no tendrá más remedio que darme lo que le pida-. Mercedes apretaba los dientes.
-Si no te importa me gustaría hacerte una pregunta- dijo Carlos.
-Tengo prisa, así que…- Mercedes miró con impaciencia su reloj de oro.
-No será nada. ¿Conoces a Enésimo de Gea?- Ella soltó una carcajada.
-Pues claro que le conozco, es el jefe de mi futuro exmarido. Otro despojo de mierda presuntuoso como Rafael. ¿Sabes? una vez me tiró los tejos en una fiesta; se me acercó y me dijo que si me acostaba con él me daría lo que yo le pidiese- Mercedes volvió a reírse-. Lógicamente le dije que no, porque quería a mi marido. Aunque ahora me arrepiento;  ese si que habría sido un buen braguetazo.
-Es que le he visto con Rafael estos días, aunque sé que él no vive aquí- añadió Carlos.
-Claro que no vive aquí, pero viene muy a menudo, porque Rafael dirige desde aquí parte de sus chanchullos- Mercedes volvió a mirar el reloj.
-¿Chanchullos?- preguntó Carlos con la intención de sonsacarle algo.
-Tengo que irme, he quedado con mi abogado y ya llego tarde-. Se levantó de su silla y se colocó frente al perchero.
Comprendiendo que no le sacaría nada más, Carlos se levantó, y captando que su visitante pretendía que le cogiese el abrigo y le ayudase a ponérselo, lo hizo con resignación. No se puede desairar a un cliente, nunca sabes a quien te puede recomendar. Tras despedirse de la futura exmujer de Rafael, Carlos cerró la puerta y se sentó en el sofá.
-Que tipa más odiosa- dijo María dejando escapar un gruñido de disgusto-. Casi compadezco a su marido.
-No te engañes, ella es una arpía, pero él también es un pájaro de aupa. No sé a quien le confiaría mi vida- Carlos se había tumbado-. Bueno, esto ya está acabado, por ahora. Cuéntame en que consiste nuestro nuevo caso.
(CONTINUARÁ)
SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.


XXXI

Era un día triste, gris, pasado por agua, y Carlos notaba la tristeza en los huesos. Le apetecía pasar a saludar a Sara, pero una voz en su interior le pedía que se alejase de ella, que no bajase la guardia, que no le diese alas a un sentimiento arrollador que aun no estaba bien maduro.
Haciendo caso a lo que la parte lógica de su cerebro le dictaba, Carlos subió directamente a la oficina. María no llegaría hasta pasadas las once, como de costumbre, así que decidió limpiar un poco y adecentar la oficina para la visita que en escasos treinta minutos iban a tener. Para hacer más amena la limpieza, y animar un poco su turbado espíritu, encendió el ordenador e inició la reproducción de The rising, de Bruce Springsteen, el disco más positivo del Boss, que empezó a sonar a través de los cuatro altavoces que Carlos había instalado en cada esquina de la oficina.
Mientras canturreaba “waiting on a sunny day” a pleno pulmón llegó María.
-¿Estás loco? Baja esa música, retumban las paredes- le dijo a Carlos mientras se quitaba el abrigo.
-Buenos días- le contestó él mientras bajaba el sonido de un enrabietado solo de Springsteen.
-¿A qué hora dijo la señora esa que iba a venir?
-A las once y media. Se llama Mercedes, por cierto- Carlos metió la mopa que acaba de sacudir por la ventana en un armario empotrado en la pared.
-Ella no sabe mi nombre, así que yo no me voy a tomar la molestia de aprender el suyo- añadió María un tanto molesta.
-Vaya, como venimos hoy-le replicó Carlos.
-Pues si, vengo contenta, así que no me toques las narices si no quieres que la pague contigo- María sonreía amargamente.
-Si te apetece me lo cuentas, y si no pues no, como tu quieras- Carlos la miraba interrogante.
-No es nada malo, sólo que hoy me he levantado cabreada con el mundo- María fue al baño y sacó de la caja fuerte los discos duros.
-Trae, por favor, el informe. Está justo debajo de los discos- Carlos se había sentado frente al ordenador.
-Toma- María le extendió la carpeta marrón que contenía el informe junto con el disco duro-. Espero que la despaches pronto para que pueda contarte el nuevo caso. Le veo posibilidades.
-No creo que nos lleve más de media hora. Ella está segura de que su marido le engaña, sólo quiere pruebas con las que poder chantajearle- Dijo Carlos distraídamente mientras pasaba una por una las fotografías de Rafael y Marisa.
-Por cierto, he estado abajo y Sara me ha dicho que hoy no has pasado a saludarla- María trataba de no darle importancia a la conversación, aunque su lado de Maruja cotilla la delataba.
-Es que venía con el tiempo justo- Carlos mentía- y tenía que adecentar la oficina. Ya me pasaré luego a tomar un café.
-Si no espabilas te la van a quitar. Ayer estuvo un buen rato hablando con un chico muy apuesto.
-Que haga lo que guste, no somos más que amigos-respondió Carlos con una mueca de indiferencia.
-Eres un cabezota, a ti te gusta esa chica, como que me llamo María. No es como Irene, ¿sabes? Si la dejas escapar te vas a arrepentir- María trataba de ser diplomática.
-Y aunque así fuera ¿qué más daría? No hay ninguna seguridad de que yo le guste a ella. ¿Por qué tiene que ser siempre el chico el que dé el primer paso? Estoy harto de eso; siempre os escudáis en que tiene que ser el hombre el que os pida salir, de esa forma vosotras nunca sufrís el rechazo ¿Pues sabes que? No vivimos en la edad media, si a una mujer le gusta un hombre ella también puede decírselo. Tanto feminismo y en eso sois tan retrógradas como los más machistas de entre los machistas- Carlos no estaba enfadado, sino más bien decepcionado- Ya sabes lo mucho que me cuesta decirle a una mujer que me gusta; he sufrido muchos rechazos en mi vida, y creo que no sería capaz de reponerme de otro. Si le voy a decir a Sara que me gusta necesito alguna garantía de que no me va a mandar a paseo.
-Carlitos, eso nunca lo puedes saber- María se había levantado y le había puesto a su socio una mano en el hombro- Si no te arriesgas no ganas.
-¡Bah! Que bobada, no me vengas con filosofía barata. ¿Qué crees que no lo sé? No me gustaría pasar sólo el resto de mi vida, pero me asusta casi más que me vuelvan a romper el corazón- Carlos había bajado la cabeza y le hablaba al cuello de su camiseta.
De pronto sonó el timbre. María se acercó al telefonillo, y preguntó quien era. Se trataba de Mercedes, la esposa de Rafael Fuentes. María apretó el botón negro para que su clienta pudiera subir. Llegaba diez minutos antes.
(CONTINUARÁ)

miércoles, 17 de abril de 2013


Cuando mueran los caminos
que te llevan a sus brazos,
y la niebla inerte y fría
cubra en silencio sus campos,
coge la senda de mi choza
que mi fuego te estará esperando.

(Jose Vicente Ramos Alonso)

Las palabras se escapan con cuidado,
de puntillas, tratando de no herirme,
y nunca se propusieron mentirme,
mas toda la verdad no me contaron.

(Jose Vicente Ramos Alonso)
SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.


XXX

A la mañana siguiente, a eso de las nueve, Carlos abrió los ojos. Estaba cansado y le dolían las piernas. Había intentado dormir, pero a penas lo había conseguido. Habría sido mejor haberse quedado en el despacho; aquel sofá provocaba un efecto somnífero en él, mientras que su cama le incitaba a pensar más de la cuenta. Después de tomar una cena más bien ligera, a eso de las doce y media, se tumbó en la cama. Empezó a darle vueltas al tema de Rafael Fuentes y Enésimo de Gea, y aunque tenía ciertas sospechas infundadas, vanas presunciones, como le decía María, lo cierto es que su instinto le decía que había algo sucio en la relación de esos dos. Estuvo cerca de una hora barajando distintas posibilidades, incluidas las más descabelladas, para llegar a la única conclusión verdadera de que se había desvelado. Cogió un libro de Stephen Hawking que tenía sobre la mesilla de noche, que a pesar de resultarle sumamente interesante, e incomprensible a la vez, siempre le acercaba a los mulliditos brazos de Morfeo. Pero en esta ocasión ni siquiera las disertaciones del profesor Hawking sobre la curvatura del espacio-tiempo cerca de los agujeros negros supermasivos le devolvió por las sendas del sueño. A las tres de la mañana devolvió el libro a su sitio original, apagó la lamparita de la mesilla y se dio la vuelta en la cama. Empezó a pensar otra vez en Irene, y en Sara. Las comparó, las estudió por separado y en conjunto. Con Irene había sido muy feliz, aunque había sido una felicidad artificial, ese tipo de felicidad que idealizamos sin darnos cuenta de que es un producto manufacturado por nuestro cerebro, un amor prefabricado como resultado de la conjunción de distintas fuentes. Irene se había dado cuenta de ello mucho antes, y por eso había sido ella la que había roto. Pero con los años él se dio cuenta también. Es muy difícil que el primer amor sea el verdadero y definitivo, y en su caso no había sido distinto. Ahora veía todas esas cosas de ella que le molestaban, esa personalidad estricta y recta, esa forma de ser tan fría cuando paseaban, cuando hablaban, cuando practicaban sexo…Ella no era su tipo de mujer; simplemente había sido la primera de la que se había enamorado que, a su vez, le había correspondido.
En cambio Sara era tan distinta…Dejando a un lado lo puramente físico, Sara tenía un espíritu fresco, desenfadado, estaba como una regadera, y eso a Carlos le encantaba. Él siempre había sido algo soso, demasiado tímido, y Sara era la desvergüenza personalizada, aunque era muy tímida cuando se trataba de cosas tan tontas como llamar a la compañía telefónica para dar de baja su línea. Una vez Carlos tuvo que llamar haciéndose pasar por ella, poniendo voz de mujer, mientras ella se partía de risa a su lado. Sara era lo opuesto a Irene, y Carlos estaba seguro de que una mujer como ella, ella concretamente, le haría mil veces más feliz de lo que lo fue con Irene. Con estos pensamientos rondándole por la cabeza no fue capaz de conciliar el sueño hasta cerca de las seis de la madrugada.
Carlos se levantó de la cama, subió la persiana, y vio que fuera llovía. El cielo estaba cargado de plomizas nubes que descargaban agua en forma de pequeñas y tranquilas gotas. Se fue al baño, se metió en la ducha, y al contrario que el resto de los días, que se duchaba en cinco minutos para no malgastar agua, esa mañana se pasó quince minutos debajo del relajante chorro caliente. Después fue a la cocina, vertió un puñado de cereales con forma de bolitas de chocolate en un bol, se preparó un café con leche, se sirvió un vaso de zumo de naranja y mandarina, y se fue al salón, donde encendió el ordenador para leer los periódicos y consultar su correo. Esa mañana, a las once y media, había quedado con la esposa Rafael Fuentes y no iba a tener tiempo de leerlos en la oficina, como hacía todos los días. Esperaba que la conclusión del caso fuera bien. Rara vez los maridos o esposas pillados la tomaban con ellos, pero conociendo a Rafael esta vez podía ser distinto.
Carlos ojeó por encima los titulares de un par de periódicos. Por lo visto había tenido lugar un nuevo golpe de estado militar en África, en la República Centroafricana. -La gente de bien no tiene cabida en este mundo- pensó Carlos decepcionado. Ojeó también un par de diarios económicos. La subasta de deuda portuguesa comenzaba en unos minutos, y todos los analistas esperaban una demanda mucho mayor que la oferta realizada por el Tesoro luso, por lo que era probable una bajada muy considerable de los intereses.
Carlos terminó su desayuno, se lavó los dientes, hizo la cama, y tras coger el paraguas, salió a la calle, encaminándose a su oficina.
(CONTINUARÁ) 
SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.


XXIX

Carlos caminaba con paso lento, mirando al suelo y con las manos metidas en los bolsillos de su cazadora negra. Eran las diez y cuarto de un jueves, y no se veía a penas gente por la calle, ni siquiera por el centro. Vivía en el Polígono Diez, así que tuvo tiempo de sobra para airearse desde que salió de su oficina en Mariano Andrés hasta que llegó a su casa.
Cuando pasó por El Egido escuchó a lo lejos el retumbar desacompasado y arrítmico de los tambores de una banda de Semana Santa, que con su sonido sordo parecían estar conjurando a la lluvia; se escuchaba también la melodía quejumbrosa y metálica de las trompas, cornetas, trompetas y demás instrumentos de viento que pugnaban por emitir la nota más estridente. El conjunto instrumental semejaba ser un ejército de gatos que agonizaba lastimosamente en el campo de batalla tras una cruenta y fratricida guerra felina, emitiendo berridos chirriantes de dolor a modo de último estertor de vida.
A Carlos no le gustaba la Semana Santa, aunque era algo que había aprendido a guardarse para sí, porque en León aquel que cometía la imprudencia de decirlo era tenido por insensato y loco, y se ganaba las miradas de desprecio de sus conciudadanos. Él era ateo, lo que ya de por sí era suficiente razón para que estas “fiestas paganizadas” no le importasen mucho. Sin embargo, era una persona respetuosa, y en todo momento luchaba por respetar aquellas creencias que, aun siendo distintas de las suyas, no supusiesen un menoscabo para los derechos y libertades de otras personas, o de los seres vivos en general. Por eso respetaba a los creyentes, aunque en muchas ocasiones algunos creyentes no le hubiesen respetado a él. Él mismo lo había sido en otro tiempo, un creyente por costumbre, como lo son la mayoría de las personas, creyentes simplemente porque eso es lo que les enseñaron sus padres, creyentes por aluvión. Carlos había conseguido pensar por sí mismo, hasta el punto de pasar de ser un creyente practicante y convencido a un ateo recalcitrante, así como antes de eso fue agnóstico.
Es más, a Carlos le gustaban los pasos de Semana Santa, era capaz de ver la belleza de las imágenes, y le parecía perfectamente lícito, e incluso encomiable, que las personas ejerciesen su derecho a la libertad de credo de aquella manera. Lo que en realidad detestaba de la Semana Santa era la hipocresía que la rodeaba. Carlos estaba cansado de ver ejemplos de personas que en su vida cotidiana se comportaban de una manera disoluta, poco acorde con las normas que Dios les entregó a los hombres, para ser durante una semana y media al año ejemplos de rectitud cristiana. Personas que incluso se jactaban no ya de odiar a los curas y demás personas que formaban parte del ministerio de Dios en la tierra, pues no quita que una persona pueda creer en Dios pero no en la Iglesia Católica, sino que se llenaban la boca diciendo que a ellos Dios “se la pelaba”. Durante esos días personas que no aparecían por las iglesias en todo el año las visitaban asiduamente, con ropas elegantes e insignias de hermandades en los cuellos de sus almidonadas chaquetas. Carlos no era capaz de entender cómo esas personas podían formar parte de una cofradía, cuyo fin se entiende que es, en última instancia, dar culto a Dios y a su hijo Jesucristo. En fin, uno no se une a un club si no comulga con su ideología. Es algo así como ser socio del F.C. Barcelona, pero animar y ser fan del Real Madrid.
La única respuesta lógica que Carlos encontraba cuando reflexionaba sobre estas cosas era que esas personas, que no eran una mayoría, pero tampoco una excepción, solamente buscaban aparentar. En León formar parte de una cofradía abría muchas puertas, y los hermanos gozaban de un gran prestigio entre todos los ciudadanos. Formar parte de una hermandad les reportaba respeto, y les reportaba admiración, porqué no decirlo. Había oído a muchas personas alardear de lo caras que eran sus ropas de hermano, o sus instrumentos musicales. Pura apariencia, en suma. Podías ser un desgraciado, un don nadie durante todo el año, pero por una semana y media sólo tenías que calzarte la cara vestimenta sacramental de hermano y gozar de la admiración y respeto de los que te miraban. Para nada intervenía la ideología, era todo pura apariencia, pura hipocresía oculta tras un disfraz de papón.
A pesar de esto, Carlos sabía y entendía que, aunque estos falsos hermanos existían, no eran una mayoría. Al contrario, conocía a muchas personas que vivían su fe durante todo el año, y no sólo en Semana Santa. Conocía a muchas personas que vivían lo que conllevaba ser parte de una cofradía con humildad y devoción durante los 365 días del año, que desempeñaban su papel con sentida humildad, y que no se tenían por superiores simplemente por formar parte de ellas. Y a esas personas Carlos las respetaba, porque eran capaces de ser consecuentes con su forma de pensar durante todo el año.
Mientras reflexionaba por enésima vez sobre estas cosas llegó a su casa, recogió una carta del buzón, y subió por las escaleras. Introdujo en la mini cadena un CD del Concierto de Brandenburgo de Bach, se tumbó en el sofá y se puso a recordar a Irene, aunque pronto la abandonó en su mente para pasar a pensar en Sara. Muy a su pesar se empezaba a enamorar de ella.  
(CONTINUARÁ)

lunes, 15 de abril de 2013


Mis besos y abrazos, que son muchos,
los reservo en depósito para ti,
la llave la llevo aquí conmigo,
siempre cerca, guardada en mi bolsillo,
por si un día me los vienes a pedir.

(Jose Vicente Ramos Alonso)

sábado, 13 de abril de 2013


Mudada la camisa
por un nuevo atuendo;
siendo un inocente
loco me tachan de cuerdo.

No sé quien me mira,
pero yo lo siento,
mirada escrutadora
en mi nuca ardiendo.

¿Eres tu, felicidad?
perdóname, ya no te veo;
tantas veces me has llamado,
tantas veces engañado,
que hoy ya no te creo.


(Jose Vicente Ramos Alonso)
SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.


XXVIII

A los pocos minutos Sara apareció por la puerta. Llevaba un pequeño delantal rojo que le cubría el vientre, y portaba un plato azul con un par de sándwiches de pan de molde tostado, huevo cocido, lechuga y tomate. Con la otra mano sujetaba una enorme naranja.
-Madre mía ¿vamos a jugar a los bolos?- bromeó Carlos señalando el cítrico.
-Puede que te la tire a la cabeza- Sara aparcó el plato frente a Carlos y sacó de la cámara una botella de agua-. Si te lo comes todo te preparo un gofre de postre.
-¿Con sirope de chocolate y nata montada? Eres la mejor mami del mundo. Voy a lavarme las manos. Antes estuve bañando a un elefante- Carlos sonrió y se dirigió al baño. Sara le escrutó mientras se alejaba con mirada penetrante.
Cuando Carlos volvió tres clientes se habían sentado en la mesa más cercana a la puerta, y Sara se había levantado a atenderlos. Mientras se acomodaba en su taburete la miró, y ella le devolvió la mirada con una sonrisa. Se puso frente al plato y comenzó a engullir el primero de los sándwiches.
-Dios, está buenísimo- le dijo a Sara, que había vuelto tras la barra y estaba trasteando con la cafetera-. Sabes, algún día tendré que empezar a pagarte lo que me como y me bebo.
-De eso nada. Gracias a ti descubrí que el capullo de mi ex me ponía los cuernos, y descubrí la clase de hombre que era, y no me quisiste cobrar el trabajo, y me defendiste cuando quiso pegarme. Por lo que a ti respecta comerás y beberás gratis de por vida. Bueno, siempre que quieras seguir viniendo a verme- Sara miró a Carlos con turbación y se sonrojó.
-Nena, por lo que a mi respecta, no creo que quiera ir nunca más a otro bar-. Carlos había intentado poner una voz y una pose seductoras, a lo James Bond, aunque por la carcajada que soltó Sara estaba claro que no lo había conseguido.
-Que payaso…- le dijo Sara poniendo su mano derecha sobre la mano izquierda de Carlos-. No deberías tratar de ser alguien que no eres. Tú no eres un ligón, Carlos Solares, eres mucho mejor que eso. Voy a servir estos cafés-. A Carlos se le había erizado hasta el último vello del cuerpo cuando notó la mano caliente y suave de Sara sobre la suya.
Carlos siguió comiendo el manjar que Sara le había preparado, y cuando esta regresó a su lado estuvieron hablando largo y tendido hasta cerca de las seis. A esa hora se despidió de ella y subió a su despacho.
María estaba sentada en el sofá, ojeando un libro sobre técnicas policiales que Carlos había comprado la semana pasada.
-Hola chico ¿de dónde vienes?- María cerró el libro y se levantó.
-Ahora mismo vengo del Bronce. Sara me ha invitado a comer. Aunque antes venía de San Marcos. He seguido hasta allí a Rafael Fuentes y a Enésimo de Gea.
-¿Y de lo otro? ¿Por lo que nos van a pagar?- preguntó María con impaciencia.
-No te preocupes, está hecho. Ahora mismo me voy a poner a escribir el informe y a revelar las fotos- contestó Carlos sentándose frente al ordenador.
-¿Les pillaste? Bien hecho; bueno, lo siento por ellos, pero es culpa suya. Nosotros tenemos que ganarnos la vida. Y por cierto, tenemos otro caso-. Carlos la frenó.
-Me lo cuentas mañana, antes quiero acabar con el de Rafael Fuentes- Carlos sonreía.
-Te noto más contento que de costumbre; estás raro, bueno, más raro de lo que sueles ser ¿qué te traes entre manos?- María se había puesto junto a Carlos.
-Nada, estoy contento porque hemos cerrado el caso, y mañana vamos a cobrar. Sólo por eso- contestó Carlos evasivamente.
-No me lo creo. Te conozco demasiado bien como para hacerlo. Pero bueno, como esta tarde no estoy muy inspirada voy a hacer como te creo- María se había dado la vuelta-. ¿Me vas a necesitar más esta tarde? Llevo aquí tres horas y me apetece marcharme a casa, ¿puede ser?
-Pues claro, puedes irte ¿desde cuándo me pides permiso para marcharte?- Carlos miraba a María con una mueca entre extrañado y divertido.
-Sólo te lo pregunto por deferencia, me iría aunque me dijeras que no, chavalín- María le había dado unas palmadas a su socio en el hombro mientras decía aquellas palabras. Acto seguido se puso el abrigo y se fue.
Carlos empezó a imprimir las fotos que había sacado por la mañana a Rafael y Marisa, y cuando terminó comenzó a escribir el informe que le entregaría a la mañana siguiente a la esposa de Fuentes. A las diez lo concluyó, y acto seguido lo guardó todo en la caja fuerte, junto con los discos duros externos de los dos ordenadores, como hacía todas las noches. María y él nunca guardaban material comprometedor en el disco duro del ordenador; para ello usaban discos externos que guardaban todas las noches bajo llave, en una caja acorazada escondida tras el armarito de encima del lavabo. Por precaución.
Tras apagar las luces y cerrar la puerta Carlos bajó a la calle; esa noche le apetecía irse a su casa. Cuando pasó por delante del Bronce miró a ver si Sara estaba dentro, aunque no la vio. Tras la barra estaba Alba, y recogiendo las mesas estaba Felipe, los dos camareros que Sara había contratado para que la ayudasen. Decepcionado, sin saber exactamente porqué, decidió irse andando a su piso en lugar de coger el coche. En media hora llegaría, y el aire fresco de la capital leonesa le vendría bien.
(CONTINUARÁ)
SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.


XXVII

-Los dueños de coches así deben ser personas muy influyentes- dijo Carlos.
-Por supuesto-respondió el joven-. Muchos de los que vienen aquí son ricachones insufribles que se creen más que el resto, y me miran como si fuera una mierda. Menos mal que puedo conducir coches guapos, que si no le iban a dar bien a este curro de mierda-. Demostraba mucha confianza para acabar de conocer a su interlocutor.
-Ya, es lo que tiene trabajar con ricos. A mi me pasa lo mismo en mi trabajo. Pero los tipos que acaban de entrar ahora parecían buena gente- Carlos intentaba parecer indiferente.
-El que conducía el coche es un tipo muy influyente, con mucho dinero- se tocó la nariz con el dedo índice un par de veces-. Suele venir aquí a menudo, aunque tengo entendido que es de Madrid. Siempre me mira por encima del hombro y nunca me ha dado propina, aunque siempre trae coches chulos. Al otro tío no lo conozco de nada, aunque no es español; hablaba español pero con acento-. El muchacho se había metido las manos en los bolsillos.
-Y claro, se estarán dando una comilona que ya la quisiéramos nosotros- dijo Carlos con un guiño.
-Casi fijo. Por lo que me dijo un compañero han reservado un salón entero para ellos tres. Es lo que tiene el dinero, que lo puede todo- el joven se sacó las manos del bolsillo, y tras despedirse de Carlos, volvió a ocupar su puesto.
Carlos volvió al banco que ocupaba antes, rumiando las últimas palabras del chico de la librea blanca: el dinero lo puede todo.
Esperó más de dos horas sentado en el banco, levantándose a veces para estirar las piernas. Reflexionó a cerca de lo que el aparcacoches le había contado: si habían reservado un salón entero debían estar tratando temas de suma importancia, temas secretos. Daría cualquier cosa por poder introducir una escucha en aquella comida. ¿Y quién sería el hombre extranjero que acompañaba a Enésimo de Gea? Carlos querría haber preguntado más al joven, pero temía que sospechase.
Mientras trataba de atar cabos, a eso de las cuatro y media de la tarde, el Mercedes de de Gea y el BMW de Rafael Fuentes fueron aparcados por el chico con el que Carlos había hablado frente a la puerta principal de San Marcos. A los pocos minutos la tríada de trajeados salió por la puerta igual que habían entrado, con la diferencia de que ahora el maletín que antes había introducido de Gea en el edificio estaba en la mano izquierda de Rafael. Tras estrecharle la mano a su anfitrión, Enésimo de Gea y el hombre desconocido se montaron en el coche, y con un estruendoso acelerón salieron de la plaza del hostal. Al poco Rafael hizo lo mismo. Carlos, mientras tanto, se había dedicado a sacar unas cuantas fotos, simulando fotografiar la fachada del emblemático edificio de la capital leonesa. Sin nada más que hacer allí nuestro investigador recogió su coche y se fue a su oficina, dispuesto a revelar las fotografías y a elaborar el informe que debía entregar a la mañana siguiente a la esposa de Rafael Fuentes.
Antes de subir, Carlos entró al Bronce. No había comido, y esperaba que Sara le preparase algo rápido. Cuando entró en el café ella estaba tras la barra, con el libro que le había llevado por la mañana en las manos. Había otros tres clientes haciendo lo mismo, leyendo, y otros dos sentados en una mesa del fondo hablando de sus cosas con sendas tazas de café frente a ellos. Sara levantó la vista, y al ver a Carlos posó el libro, tras doblar la esquina superior de la hoja en la que estaba. Con una sonrisa de emoción le saludó.
-Buenas tardes a ti también- respondió Carlos con otras sonrisa-. Me preguntaba si serias tan amable de ofrecerme algo de comer.
-¿No has comido? Tienes que cuidarte, Carlos Solares- Sara había fruncido el ceño con gesto regañón, provocando una carcajada en aquel.
-Así me llamaba mi madre cuando era pequeño y hacía alguna trastada.
-Ya, pues lo digo en serio- Sara no pudo aguantarse más y explotó en una sonora risotada-. ¿Y qué quieres que te prepare, a ver?
-Lo que te dé menos trabajo, cualquier cosa. Me conformo con unas magdalenas y un café-. Carlos se sentó frente a Sara.
-De eso nada, te voy preparar un sándwich vegetal. María me ha dicho que últimamente no comes muy bien-. Sara se había vuelto a poner seria.
-Esa vieja bruja debería meterse en sus asuntos…como bien, lo que pasa que no siempre a las horas usuales. El trabajo manda- Carlos parecía cansado.
-Espera un ratín y te lo traigo. Y ni se te ocurra coger un bollo mientras yo estoy dentro-. Sara se encaminó a la cocina.
-Vale mamá- sentenció Carlos divertido, mientras miraba como Sara se alejaba, y como antes de entrar, se giró y le sacó la lengua.
Era una chica fantástica, y le encantaría atreverse a pedirle salir. Pero, y aunque habían pasado más de cuatro años desde que Irene le había dejado, el miedo a un nuevo fracaso le paralizaba. Estaba claro que si ella no daba el primer paso él nunca tendría los suficientes redaños como para hacerlo.
(CONTINUARÁ)

viernes, 12 de abril de 2013


Tengo miedo de que llegue un día
en que al despertar te haya olvidado,
la soledad es un pequeño precio
que con resignación estoy pagando.

(Jose Vicente Ramos Alonso)

En el bolsillo interno de mi alma
guardo una carta para ti,
aquella que te di y que tu tiraste,
y que encontré arrugada y sin abrir.

(Jose Vicente Ramos Alonso)
SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.


XXVI

Cuando llegó frente al majestuoso edificio renacentista Rafael ya había entrado. Su coche seguía aparcado fuera, aunque un joven con librea se estaba montando en él con la intención de llevarlo al aparcamiento de clientes que el edificio tiene en la parte trasera. Carlos pensó que la cita de Rafael debía de ser de suma importancia si le iba a agasajar con una comida en San Marcos, en cuyo restaurante el cubierto más barato es de más de treinta euros.
Dispuesto a esperar Carlos se sentó en uno de los muchos bancos que descansan ordenadamente en la plaza de San Marcos, a la sombra del pétreo monasterio que sirviera de prisión en otro tiempo a don Francisco de Quevedo. Cada vez que pasaba por delante de San Marcos o de la Catedral de León a Carlos le invadía el mismo sentimiento: una mezcla entre orgullo y satisfacción por pertenecer a una raza capaz de construir con sus propias manos edificios tan hermosos y perfectos, capaces de resistir en pie durante muchos siglos de convulsa historia. No podía dejar de pensar en que, en otra época, en esa misma plaza que él ocupaba ahora, habría otras personas como él, con distintas costumbres, con distintas ropas, pero con sueños parecidos.
Mientras dejaba correr su imaginación llegó un coche frente a la puerta acristala de la hospedería, un impresionante Mercedes SL rojo de rugiente motor. Carlos fijó la vista en la escena y vio como del potente y caro bólido bajaban dos hombres. Al volante estaba segundos antes Enésimo de Gea, pero al hombre que ocupaba el asiento del copiloto no le conocía. De Gea se acercó al maletero, que se estaba abriendo poco a poco con elegante y pausado movimiento, y sacó un maletín negro. El otro hombre, mientras tanto, había cogido del pequeño asiento trasero del deportivo un par de abrigos negros. De Gea cerró con cuidado el maletero y le entregó las llaves al mozo de la librea que minutos antes había retirado el coche de Rafael de la entrada.
Tras dejar, se supone, el precioso Mercedes a buen recaudo, el joven aparcacoches volvió a situarse junto a la puerta de entrada del hostal, por la parte de dentro. Carlos decidió tantearle a ver si lograba averiguar algo. Con paso lento y vacilante, y con su cámara colgada al cuello, se acercó poco a poco a la puerta, parándose cada poco a observar la fachada y disparar alguna foto. Desde fuera Carlos le dedicó al chico del otro lado una mirada de duda y un gesto de turbación, y abrió lentamente la puerta, situándose junto a él. El joven le miró y le dedicó una sonrisa forzada, dándole las buenas tardes.
-Buenas tardes. Estoy de vacaciones en León, y quería entrar al museo, pero veo que ahora está cerrado-dijo Carlos con fingida ignorancia.
-El museo no abre hasta las cuatro, así que le va a tocar esperar-respondió el joven.
-¿Y este edificio no se puede visitar?-Carlos se mostraba suplicante.
-No, lo siento mucho. La única forma de verlo es acordar por adelantado una visita, o alquilar una habitación-mientras hablaba el joven de la librea blanca había abierto la puerta y Carlos y él habían salido a la calle-A veces el director del Parador permite a determinadas personas pasar, auque es él quien lo decide.
-Bueno, que se le va a hacer. Tendré que conformarme con admirarlo por fuera-añadió Carlos con un mohín de decepción-Veo que tienes un trabajo muy emocionante, vaya cochazo que condujiste antes. Si yo pudiera conducir alguna vez un coche así sería la persona más feliz del mundo.
-No todos los coches que aparco son como ese, pero de vez en cuando vienen coches por el estilo. He aparcado varios Ferraris, Porches, e incluso un Bugatti Veyron-Carlos sabía que le había encontrado la fibra al joven; su cara se había iluminado cuando empezó a hablar de coches-Sólo puedo ir a quince por hora con ellos, pero es una pasada conducirlos. En una ocasión el dueño de un Lamborghini Aventador me dejó sacarlo a dar una vuelta por circunvalación; él venía conmigo, pero estuvo genial. Lo puse a ciento ochenta como si nada-el joven resplandecía.
(CONTINUARÁ)
SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.

XXV

Para pasar el rato Carlos sacó su teléfono móvil y accedió a las páginas de diversos diarios económicos, comprobando las distintas bolsas del continente europeo, así como la estadounidense, la japonesa y la rusa. También echó un vistazo a la prima de riesgo de Portugal, y a sus intereses de deuda. Según la mayoría de analistas económicos que Carlos pudo consultar, la subasta de deuda que celebraría al día siguiente el país luso tenía buenas perspectivas para su deuda pública, ya que se preveía una rebaja considerable de los intereses para los bonos a medio y largo plazo, propiciada por la buena evolución de su prima de riesgo, así como de la española y la italiana. El rescate del FMI y la Unión Europea a Chipre, que aun estaba en el aire, no se había contagiado a los mercados en exceso, lo que daba pie a los economistas a pensar que los peores momentos de la deuda pública de los países del viejo continente ya habían pasado. Portugal iba a subastar al día siguiente dos mil trescientos millones de euros en bonos a cinco y diez años, para cubrir el diez por ciento de sus necesidades de financiación para el 2013, y el ánimo entre los inversores era bueno. Según el diario Expansión, y en base a las informaciones solicitadas al Tesoro portugués por los inversores interesados, era probable que se superara en más de cinco puntos la oferta de bonos, lo que provocaría una bajada importante de los intereses que el Estado debería pagar, lo que supondría a su vez también una buena noticia para España, que celebraría una nueva subasta de deuda la semana siguiente.
Mientras Carlos estaba inmerso en el mundo económico de su teléfono móvil, a eso de las tres la puerta del edificio de “Consultora Siglo XXII” se abrió, y salieron cinco hombres, todos ellos con impecables abrigos negros y zapatos brillantes. Uno de ellos, el que iba en último lugar, era Rafael Fuentes. Carlos escuchó como se despedían, y como Rafael les decía a los otros que no sabía a que hora llegaría por la tarde, pero que continuasen con el asunto de Portugal.
Tras perder de vista a sus trabajadores Rafael cruzó la calle y se dirigió a la entrada del parking. Tras esperar al ascensor se subió y bajó. Carlos hizo lo propio, pero usó las escaleras, tanto porque eran sólo unos cuantos escalones como porque quería ganar tiempo. Se estaba dejando una pasta considerable en el parking aquellos días. No quería pensar lo que se gastaba Rafael dejando allí su coche todos los días mañana y tarde; aunque claro, él se lo podía permitir. 
De la que bajaba metió su ticket en la máquina y pagó los cinco euros con cuarenta con una mueca de dolor. Bajó corriendo al parking, dándose casi de bruces con Rafael, que subía a pagar su estancia, y se dirigió a toda prisa a por su coche, entró y salio sin perder tiempo, estacionando un poco más adelante de la salida del subterráneo por Alcázar de Toledo para esperar a que saliese Rafael. A los pocos segundos el Audi A8 color burdeos de aquel salió majestuoso del subterráneo acelerando atronadoramente, y siguió por la misma calle hasta la Glorieta de la Inmaculada; Carlos le seguía justo detrás. Dio la vuelta al pétreo monolito, y tras estar a punto de atropellar a una anciana que cruzaba el paso de peatones, teniendo incluso la poca vergüenza de pitarle, continuó por Gran Vía sin haber dado ni una sola intermitencia. A Carlos le indignaba ver como los dueños de cochazos llevaban a cabo toda clase de iniquidades automovilísticas, como si pensaran que simplemente por conducir un coche de cuarenta mil euros no tuviesen necesidad de parar a los peatones en sus pasos, ni de dar las intermitencias para cambiar de carril o de sentido, y pudiesen aparcar donde les saliera del tubo de escape.
Al llegar al final de Gran Vía giró a la derecha, dio la vuelta a la rotonda del Auditorio y entró en la vía de servicio de San Marcos. Carlos siguió adelante mientras Rafael esperaba a que se abriese el bolardo para pasar al hostal. Por suerte a esa hora ya no había mucha actividad en la explanada de la Junta, por lo que encontró aparcamiento relativamente rápido. Cogió su cámara y se fue corriendo a San Marcos.
(CONTINUARÁ)

jueves, 11 de abril de 2013


De todos los amores de la vida
el único real es el primero,
los demás son vanas ilusiones
para olvidar al verdadero.

(Jose Vicente Ramos Alonso)
SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.


XXIV

Marisa continuó por Lancia en dirección al parque de San Francisco, se cambió de acera y siguió por Santa Nonia. Subió por la Avenida de la Independencia y bordeó la fuente de Santo Domingo, dirigiéndose a Padre Isla. Carlos la seguía de cerca. A los pocos metros Marisa se paró, tocó un timbre y, tras abrirse una puerta, entró. Era uno de esos locales de compra venta de oro que han florecido en los últimos años como la grama. Hace diez años fue la época dorada de los bazares chinos; ahora era la época dorada, y nunca mejor dicho, de los compradores de oro.
A Carlos no le costó mucho atar cabos: la bolsa de la joyería en la mano, y por otro lado el local de compra venta de oro. Puede que Marisa no fuese tan tonta como parecía: aceptaba regalos de Rafael que luego vendía y convertía en dinero efectivo. Decidió sacarle unas fotos cuando saliera, lo que sucedió a los pocos minutos. Marisa seguía llevando la bolsita gris; puede que hubiese entrado tan sólo a tasar la supuesta joya. Siguió caminando unos pasos y repitió la misma acción en otro local de fachada dorada que hay unos metros más adelante. Tras otros diez minutos Marisa volvió a salir a la calle, aunque seguía portando la consabida bolsa. Carlos le había sacado más fotos entrando y saliendo.
Marisa se giró y regresó sobre sus pasos. Bordeó de nuevo la fuente y entró en una heladería-pastelería, saliendo al rato con una bolsa en la mano. A continuación se encaminó al paso de peatones que conecta Santo Domingo con la avenida de la Independencia, lo cruzó, y, tras caminar unos cuantos pasos, sacó una llave de su bolso y entró en un edificio. Era su lugar de trabajo. Carlos pensó que lo más seguro era que se quedase a comer allí, así que se dirigió calle arriba hacia las oficinas de “Consultora Siglo XXII”. Lo cierto es que tenía suficiente material para entregarle a la esposa de Rafael Fuentes, pero quería proseguir su otra investigación sobre este, la que le relacionaba con Enésimo de Gea. No sabía muy bien lo que iba a hacer, pero la conversación que tuvieron Rafael y Marisa en el Café Pasadizo a cerca de la subasta de deuda en Portugal del día siguiente le había dado una idea. Era una conjetura un tanto atrevida, pero era posible que Rafael Fuentes se encontrase a lo largo del día con de Gea, o con algún enviado suyo. Si les seguía quizás se enterase de algo.
Carlos suponía que Rafael estaría en su despacho, así que se apostó delante de la puerta, sentado en el banco de mármol que ya ocupase en otra ocasión, y esperó. Eran las dos y diez de la tarde y tenía hambre, pero no podía irse de allí. Rafael no solía abandonar su oficina hasta las dos y media, tal y como había comprobado en más de una ocasión, así que se lo tomó con calma y trató de engañar a su estómago.
(CONTINUARÁ)
SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.


XXIII

Este año el invierno leonés estaba siendo especialmente desapacible. Las nubes cenicientas cubrían por entero el sol, y un frío endemoniado se abría paso a través de las muchas capas de ropa de la respetable ciudadanía hasta helarles los huesos.
Carlos siempre había preferido el frío al calor, pero este año empezaba a estar harto de él. Cuando salió del café se pasó a la acera de enfrente, y yendo unos cuantos pasos más adelante se colocó estratégicamente junto a uno de los muchos parterres elevados de flores que rompen la grisácea monotonía del pavimento de Ordoño. Desde allí podía divisar la puerta del bar, y con su Nikkon y un objetivo adecuado sería capaz de fotografiar a Rafael y a Marisa cuando salieran. Para que los muchos coches que circulaba a esa hora por la calle no supusieran un problema Carlos se había subido a uno de los bancos de mármol que flanquean las altas jardineras. Disparó unas cuantas fotos para comprobar la iluminación y el grado de enfoque, y esperó pacientemente con la cámara en la mano.
A los pocos minutos Marisa apareció por la puerta, seguida de Rafael. Carlos se acercó la cámara a la cara y empezó a disparar sin compasión. La pareja se adelantó un par de metros y, poniéndose cara a cara, muy cerca, empezaron a hablar con gesto sonriente. Estuvieron así poco más de un minuto. Marisa agarró con su mano derecha el antebrazo de Rafael, y al poco lo soltó, mientras que él le dio una leve palmada en el trasero a ella. Tras esto cada uno se fue por su lado. Carlos no perdió ni un segundo; se guardó la cámara en el bolsillo izquierdo del abrigo, y comenzó a correr para llegar antes que ellos al piso de Lancia.
No tardó ni cinco minutos. Sin resuello se apoyó en una de las farolas que se yerguen en el paseo central de la avenida, la más cercana a la puerta del edificio que tenía que vigilar. Al lado del árbol luminoso hay uno de madera, de tronco ancho, y Carlos pensó que era mejor ponerse tras él. Así lo hizo, sacó la cámara, y tras enfocar la puerta del portal, disparó un par de veces. Comprobó que las condiciones eran aptas, y esperó a que sus amigos llegaran. Como la otra vez, en primer lugar llegó Rafael; mientras buscaba las llaves en el bolsillo de su abrigo Carlos disparó unas cuantas fotografías. A los pocos minutos llegó Marisa; tocó el timbre, y la puerta se abrió, permitiéndole el paso. Carlos logró captar el momento, aunque unos cuantos coches habían pasado por delante interponiéndose entre sus dos objetivos. Como tardarían un rato Carlos decidió ir al bar al que ya fuera la otra vez para tomar una Coca-Cola y comer algo, porque la carrera le había dejado desfallecido.
A la media hora volvió a apostarse junto al castaño de indias, cuyo esqueleto desnudo esperaba con los brazos abiertos a la frondosidad estival, y esperó de nuevo. Esta vez salió en primer Rafael, con una descarada mueca de satisfacción. Carlos le enfocó y disparó. Se fue calle arriba. A los quince minutos la puerta se abrió e hizo su salida Marisa, que taconeaba expresivamente con una bolsita plateada con el símbolo de una famosa joyería en la mano. Carlos le dedicó unas cuantas fotos, y decidió seguirla. Fue un impulso, no lo tenía previsto. 
(CONTINUARÁ)

miércoles, 10 de abril de 2013

Que difícil resulta olvidarte
de quien por primera vez te hizo feliz,
puedes arrancar con dolor su tallo,
pero en lo hondo pervivirá su raíz.

(Jose Vicente Ramos Alonso)
SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.

XXII

Carlos iba con el tiempo justo. Esperaba que, tal y como habían hecho los días anteriores, Rafael y Marisa se encontrasen en el Café Pasadizo a las doce. Iba a ser la única posibilidad de fotografiarlos juntos. Pensaba además entrar en el bar y sentarse en la barra, junto a ellos, para tratar de grabar su conversación, seguirlos después a su nidito de amor, en el caso de que fuesen, y sacarles unas cuantas fotos entrando a él, aunque lo hicieran por separado, pues mejor eso que nada.
Se apostó frente al Café justo a las doce menos diez. Pasados escasos cinco minutos apareció Marisa; vendría seguramente de su oficina, unos cuantos portales más arriba. Llevaba un abrigo corto que dejaba ver sus largas piernas, cubiertas con unas medias negras, y concluidas por unos zapatos negros de altísimos tacones. Tras mirar en todas direcciones durante unos segundos Marisa entró en el bar. Carlos dudó entre seguirla o esperar a que llegase Rafael, aunque al final decidió pasar. Cruzó la calle, y tras tirar de la enorme puerta de madera del local, entró.
Tras un rápido vistazo a los parroquianos divisó a Marisa sentada casi al final de la barra. Se había quitado el abrigo y lo había posado sobre la banqueta que estaba a su lado. Lucía un traje de chaqueta y mini falda color gris, y llevaba el pelo recogido con un gracioso a la vez que elegante moño. Las mesas del bar estaban casi todas llenas de gente que parloteaba despreocupada frente a sus tazas, pero en la barra había, además de Marisa, tan sólo otras cinco o seis personas. Junto a ella descansaban dos banquetas vacías. Carlos se acercó a la que distaba más de ella y le preguntó si estaba ocupada, a lo que ella le contestó con una sonrisa que no. Carlos, pues, se sentó y pidió un café con leche en taza grande, que la camarera le sirvió junto con una suculenta rosquilla cubierta de azúcar glasé. Mientras esperaba a que llegase Rafael sacó del bolsillo interno de su abrigo el receptor de su equipo de escucha, que podía usarse como grabadora corriente, lo configuró en modo de grabador autónomo, y lo posó junto a él en la barra. Como simulaba ser un teléfono móvil pasaría desapercibido, y podría grabar la conversación entre Marisa y Rafael con una calidad de sonido bastante buena.
Tras unos minutos Carlos vio por el rabillo del ojo que la puerta se abría. Rafael llevaba un abrigo largo de color negro con un pañuelo rojo sobresaliendo por el bolsillo del pecho, a juego con su corbata. Se acercó a Marisa y le acarició la mano de forma imperceptible. Retiró el abrigo de ella de la banqueta, y lo colocó junto al suyo en la que estaba al lado vacía, entre la pareja y Carlos. Este simuló haber recibido un mensaje en el móvil; cogió la grabadora y la conectó, posándola de nuevo en el mismo sitio.
-Joder, ha sido una mañana de locos-el que hablaba era Rafael-A las once y media me llama De Gea y me dice que se va a celebrar una subasta sorpresa de deuda en Portugal al día siguiente, y que tenemos que comprar. Así que imagínate, a carreras.
-Entonces no vamos a poder ir al piso-Preguntó Marisa decepcionada.
-Por supuesto que vamos a ir, para eso siempre hay tiempo-Rafael articuló una mueca de lascivia a la que Marisa respondió con una sonrisa-Además, tengo una sorpresa para ti.
-¿Una sorpresa? ¿De verdad? Eres fantástico, tu esposa es una mujer muy afortunada-Marisa le puso la mano a Rafael sobre el brazo mientras le miraba con coquetería.
-Y tanto-Añadió él con una carcajada.
-Pues yo llevo toda la mañana redactando unos papeles para la venta de una empresa, y estoy harta. Tengo la cabeza como un bombo-Marisa resopló graciosamente.
-No te preocupes que en quince minutos nos relajamos-Rafael echó el sobre de azúcar en el café que la camarera le había servido sin que tuviera la necesidad de pedirlo, y se lo llevó a la boca.
Tras esta conversación Rafael y Marisa se pusieron a hablar de cosas triviales, así que Carlos decidió que era hora de pagar y de salir a la calle. Recogió la grabadora y, a la vez que se la guardó en el bolsillo, cogió su mini cámara. Se puso en pie, y mientras levantaba la mano derecha para meterse la manga del abrigo por el brazo, disparó una ráfaga de fotografías dirigidas a Rafael y Marisa. Como él salía de espaldas Carlos fue al baño, y de la que volvía para salir disparó otras cuantas fotos en las que se vería a Rafael de frente. Tras darle las gracias a la camarera y despedirse de ella, salió a la calle.
(CONTINUARÁ)
SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.

XXI (La historia sigue donde se quedó en el capítulo XV)

Tras tomarse su café y su cruasán, y después  de hablar otro rato con Sara, se despidió de ella para volver a su oficina, no sin antes recordarle que le encantaba su nuevo corte de pelo.
Al día siguiente tenía que entregarle a la esposa de Rafael Fuentes los resultados de su investigación, y no había sido capaz de sacar una sola foto en la que se les viera a él y a Marisa juntos en actitud “cariñosa”, así que hoy se pasaría el día entero buscando la instantánea. A eso de las once, mientras meditaba sus acciones del día, entró María.
-Buenos días chico. Hace un frío de muerte, y mis ancianos huesos me están haciendo la puñeta-María se quitó el chaquetón y la demás parafernalia de abrigo, y se sentó en el sofá-Has dormido aquí ¿verdad? Eres un cabezota, el día menos pensado se te va a romper el cuello-María paró dos segundos para coger aire-¿Has limpiado?-Carlos movió la cabeza arriba y abajo en gesto afirmativo-Hoy me tocaba a mí, pero te lo perdono; además, como te prometí he ido a informarme al Catastro a cerca de a quien pertenece el piso de Lancia. Tras contarles una pequeña mentira,-María bajó la voz y guiño un ojo-,pues les dije que iba a comprar el piso y que quería saber si estaba libre de cargas, y después de esperar casi dos horas de cola, y pagar un precio nada módico, me enteré de que el piso fue comprado hace siete meses por Marisa Tomé Fernández, la amante.
-¿Ponía también lo de la amante en el asiento registral?-Carlos miró a María con sorna-Porque en ese caso sería la prueba definitiva de la infidelidad.
-Eres tan graciosín, Carlos Solares...Vale, ya tienes la información ¿qué conclusión sacas de ella?-Preguntó María intrigada.
-Bueno, en lo relativo a la infidelidad nada, o sí, aunque de poco sirve. Sospecho que el dinero que pagó Marisa por el piso es de Rafael, en primer lugar porque he estado hablando con Marisa por Facebook, haciéndome pasar por otro, y me ha dicho que ella vive en la Lastra. Yo le dije que vivía en Lancia, pero ella no me dijo nada de que tuviese allí otro piso, como yo esperaba. Esto me lleva a pensar que en realidad ese piso no es suyo. Y si Rafael no compró directamente el piso es por una de estas dos razones: porque no quería que su esposa lo supiera, cosa que me parece poco factible, dado que hay formas más baratas de conseguir un lugar privado en el que mantener relaciones con tu amante, o porque Rafael necesitaba que una persona que no fuera él gastase su dinero.
-¿Y por qué iba a hacer eso?-Preguntó María.
-Así, a voz de pronto, se me ocurre que ese dinero que Rafael usó para comprar el piso de Lancia era dinero sucio, y dándoselo a Marisa para que comprase ella el piso lo blanquearía. Es una buena forma de introducir dinero negro en circulación. Las mafias del Este de Europa llevan muchos años haciéndolo, y muchos españoles también, para ser justos. Creo que es lo que está haciendo ahora Enésimo de Gea; los edificios que compró el otro día al Ayuntamiento de León son una forma de blanquear dinero.
-¿Estás insinuando que el tal Rafael es un delincuente?-María se mostraba un tanto incrédula.
-Este tipo trabaja para Onésimo de Gea, y estoy seguro de que de Gea no es trigo limpio, lo que me hace sospechar que Rafael Fuentes tampoco-Añadió Carlos con convicción.
-Vale, pero de ser verdad ¿qué te importa a ti que Rafael o ese Onésimo sean corruptos y delincuentes? A nosotros nos pagan por descubrir que aquel se está beneficiando a una veinteañera, no por destapar una trama criminal, no lo olvides-María se mostraba molesta.
-Ya sé que no nos pagan por eso, pero me siento moralmente responsable de investigar las malas prácticas.
-¿Crees que si hubiese algo turbio en los negocios de Enésimo de Gea no lo habrían descubierto ya las autoridades?-Preguntó María con seguridad.
-Ya viste que lo han investigado varias veces, y que estuvo en la cárcel por estafa. Y lo siento si me muestro prejuicioso, pero creo firmemente que en estos casos cuando el río suena es que agua lleva-Carlos se manifestaba contumaz-Lo que pasa es que Enésimo de Gea es un tipo muy inteligente, y sabe muy bien como tapar sus chanchullos, pero sospecho que Rafael no lo es tanto. ¿Te imaginas lo que supondría para nuestra agencia destapar un escándalo como este?
-¿Pero qué escándalo?-Repuso María levantando la voz-No hay gigantes, son sólo molinos. No seas testarudo Carlitos, no te metas en donde nadie te ha llamado, porque puedes salir escaldado. Ocúpate de tu trabajo y no del de otros.
-Lo siento si te molesta, pero voy a seguir investigando. Por lo pronto voy a cerrar el caso de la infidelidad de Rafael hoy mismo, y mientras no nos salga otra cosa seguiré con lo otro. Mi instinto me dice que hay algo, y no me quedaré tranquilo hasta que sepa lo que es-Carlos se mostraba inflexible, como siempre que algo se le metía en la cabeza.
-Dios, tú y tus principios. Si los políticos de este País tuvieran tu misma entereza y tus valores de niño bueno otro gallo nos cantaría-María se sentía vencida-Está bien, como sé que no vas a entrar en razón no voy a discutir más contigo, porque es una pérdida de tiempo. Pero prométeme que en cuanto la cosa se ponga peligrosa abandonarás, no querría que te diesen una paliza o algo peor. Ese Enésimo de Gea es un tipo muy poderoso, y sus redes llegan a muchos sitios. Y ahora coge tu puñetera cámara y vete a pillar in fraganti a Rafael con su amante, que para eso nos pagan. Y de la que bajas llévale a Sara este libro. Ayer le hablé de él y me dijo que se lo prestara-María le puso en la mano a Carlos “La saga de los malditos”, de Chufo Llorens-Y trátala bien, esa chica vale un paraíso.
-Me voy, pero no porque me lo digas tú, que conste. Ya pensaba irme antes de que llegaras ¿Y a qué viene eso de que trate bien a Sara? Siempre la he tratado bien. Deja de decir sandeces, vieja bruja.
Carlos le dio a María un beso en la mejilla, se puso su abrigo, y tras pasar por el Café Bronce a darle a Sara el libro, y decirle que le iba a gustar mucho, se subió a su coche y se fue a Ordoño.
(CONTINUARÁ)
(Jose Vicente Ramos Alonso)