SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.
II
Carlos abrió la puerta del copiloto y posó en el asiento su cartera negra de imitación de piel. En ella llevaba su Nikon D 3200 y las demás cámaras fotográficas. Acto seguido abrió el maletero y cogió uno de los maletines, el que contenía todos sus objetivos y teleobjetivos, y lo pasó al asiento delantero, con el fin de escoger los más adecuados para su misión. Se puso al volante, arrancó el coche y se dirigió a Ordoño. El coche era una chatarra, pero a parte de que no se podía permitir otro, este coche era el más común de los comunes, había miles por toda la ciudad; y ello, añadido al hecho de que era de color gris, lo convertía en el coche perfecto para espiar y seguir a la gente pasando totalmente desapercibido.
Aparcó el coche en el parking de Santo Domingo. Abrió de nuevo el maletero, se puso las botas de treking, el chaleco verde multibolsillo, y cogió el mapa de León y la guía de monumentos de la ciudad. Se colgó la cámara al cuello, metió dos objetivos en los bolsillos del chaleco, y tras recoger el ticket del parking salió a la calle. La mañana era soleada, pero fría. La Plaza de las palomas estaba llena de casetas, repletas a su vez de libros. Carlos tomó nota para volver en otro momento a echar un vistazo.
El hombre al que tenía que seguir tenía una empresa de consultoría económica, dedicada a la especulación en bolsa. Carlos lo había investigado, pero no acababa de entender a qué se dedicaba exactamente: productos bursátiles de alto riesgo, deuda extranjera, opciones y futuros…no comprendía como se podía ganar dinero con eso. El caso es que su esposa sospechaba que tenía un amante, “una jovencita que usa perfume barato”, según palabras suyas, y había contratado a Carlos para que lo pillase en flagrante delito y poder forzarlo así a llegar a un buen acuerdo de divorcio. Carlos le había explicado a su clienta que estaban casados en régimen de gananciales, y que en caso de divorcio a ella sólo le podía corresponder la mitad de los bienes conyugales. Pero la señora quería mucho más, “quería dejarle en pelotas”, citando de nuevo textualmente. Así que Carlos hizo de tripas corazón y aceptó el trabajo. Le repugnaba, pero había que pagar las facturas mientras le llegaban los casos de verdad.
(CONTINUARÁ)
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