IIII
Los tres hombres estuvieron hablando durante un par de minutos. Carlos estaba a menos de dos metros de ellos pero no fue capaz de escuchar nada; no es que tuviera interés en saber qué se decían, pero su curiosidad natural se manifestaba expectante en todo momento. El tráfico a esas horas era tan multitudinario que era lo único audible.
Terminada la conversación Rafael les estrechó la mano a sus dos acompañantes, a la vez que exhibía una sonrisa leonina. Sus dientes brillaban tanto como la placa de su negocio.
Los dos hombres se marcharon calle arriba, seguramente en dirección al edificio del Ayuntamiento, mientras Rafael les observaba alejarse, manteniendo la misma sonrisa dentada. Cuando los perdió de vista se dio media vuelta y se dirigió al bar de la otra acera. Menos mal, pensó Carlos aliviado. La cita con su joven amante seguía en pie. Le habría importunado sobremanera perder la mañana.
Cerró su libro y, a una distancia prudencial, le siguió hasta el café, quedándose en todo momento en el lado contrario de la calle. Pasados diez minutos los dos querindongos salieron por la puerta. Él miró su reloj, y dándole un furtivo cachete en el culo a su amiga, se dijeron adiós. Parecía que al final Carlos se quedaría sin su prueba gráfica. O puede que no, pensó ágilmente: si se iban a un hotel lo lógico es que no fuesen juntos, con el fin de no levantar sospechas. Un rápido pensamiento y sus pies dirigieron sus pasos tras su objetivo. Le seguiría a él. Rafael giró la esquina, y ya en la Plaza de Guzmán volvió a doblar la esquina hacia República Argentina por la acera de la izquierda. Carlos fue tras él a unos pocos metros. Los dos siguieron por República Argentina hasta la Plaza de la Pícara Justina , donde Rafael cambió de acera en el paso de peatones. Al verlo Carlos cruzó también al otro lado sin perder tiempo, pasando entre los coches. Su objetivo se encaminó por Conde Guillén con dirección a la Avenida Lancia. Ya en esta, y hacia mitad de la calle, en la acera derecha, dirección a San Francisco, Rafael se paró en un portal, sacó una llave del bolsillo de su abrigo, y tras abrir la puerta desapareció de la vista de Carlos. Él sabía que aquella no era su casa, así que debía de ser el nidito de amor de la pareja. Aunque no le servía de nada si no los podía fotografiar juntos. Eran más listos de lo que Carlos suponía; tomaban muchas precauciones. Para empezar nada de hoteles, iban por separado a ese piso, y entraban por separado, lo que le hacía pensar que también saldrían por separado.
(CONTINUARÁ)
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