III
La oficina de su hombre estaba hacia la mitad de Ordoño, en un edificio en el que seguramente no viviese nadie. Carlos había pasado cientos de veces por delante; era un edificio antiguo, señorial, con aire abandonado, que tenía en el portal varias placas de negocios: dos abogados, un médico, un naturalista, una aseguradora. Y entre todas las placas destacaba la de la empresa de Rafael Fuentes, “Consultora Siglo XXII”.
-Madre mía, que placa más prepotente- se dijo Carlos en voz baja. Y no le faltaba razón: la referida placa era cuatro veces más grande que las demás, de un lustroso dorado que brillaba como si la hubiesen acabado de pulir. Suponía que cuando se juega en bolsa con el dinero de los demás es necesario hacer ver a tus clientes que eres tan bueno que te puedes permitir el más grande de los rótulos que exista en el mercado de rótulos, si es que tal mercado existe.
Delante de las oficinas hay dos bancos de mármol, flanqueando una jardinera monumental. Carlos decidió sentarse en uno de ellos a hacer que ojeaba su libro, mientras vigilaba la puerta del edificio. Tras más de media hora de espera la puerta de madera se abrió. -Ya era hora- pensó Carlos. Los días anteriores que le había observado, Rafael Fuentes salía de la oficina a las doce exactas de la mañana, e iba al bar que está en la acera de enfrente, donde le esperaba su amiga, que debía trabajar por la zona. Carlos lo siguió al bar la última vez, y poniéndose al lado de los dos en la barra, con la excusa de tomar un café, les escuchó citándose para hoy, y entre otras cosas oyó a la joven decirle a su hombre que estrenaría el “conjuntito tan pícaro que le había regalado”.
Pero hoy se había retrasado. Por la puerta salió Rafael, y tras él otros dos hombres, trajeados, impecables, con su abrigos negros desabotonados y sendas bufandas al cuello. Al primero de ellos no lo había visto en su vida, pero el segundo era Víctor de la Rosa , Concejal de Urbanismo del Ayuntamiento.
(CONTINUARÁ)
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