Datos personales

jueves, 16 de mayo de 2013

SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.


XXXVII

Nunca antes había necesitado tanto Carlos Solares pasear y respirar el enrarecido aire de su amado León como en este momento. A costa de llenar su pecho de rabia había conseguido refrenar el llanto. Pensaba que Sara sentía algo por él, lo creía verdaderamente. ¿Acaso había sido un juego cruel? ¿Le había dado esperanzas para reírse de él? No era capaz de entenderlo.
Carlos se encaminó a la Palomera; andaba sin un rumbo fijo, sin una meta en su caminar. Tras más de quince minutos de agitada marcha llegó a la explanada de la Universidad. No quería estar solo, necesitaba gente a su alrededor, así que decidió acercarse a la Biblioteca del Campus a leer cualquier cosa. Subió a la primera planta y se puso frente a la estantería en la que descansan los abultados libros de Derecho Procesal; buscó un rato algo que le interesase y por fin cogió un libro bastante grueso titulado “Tratado de Derecho Procesal Penal”, con el que se dirigió a una de las mesas del fondo en la que solía sentarse en sus tiempos de universitario despreocupado. Se puso cómodo, todo lo cómodo que se puede poner uno en esas incómodas sillas, y abriendo el librote por la mitad empezó a leer sobre los actos de comunicación a las partes. Se pasó leyendo febrilmente las dos horas siguientes; cualquier cosa con tal de no pensar en Sara y en su corazón roto.
A las tres y media Carlos sintió hambre; se levantó de su silla, devolvió el libro a su lugar de descanso y salió a la calle. No le apetecía irse a casa a cocinar, así que decidió acercarse a la cafetería que está detrás de Filosofía y Letras y comer allí. No era un menú del otro mundo, pero para lo que costaba la verdad es que estaba bastante bien.
Carlos cogió la bandeja con los platos, un vaso de refresco de cola, un bollo de pan duro y el postre, y se sentó en una mesa casi vacía. Empezó a comer con ganas los macarrones con carne, con escasa carne para mejor decir, e inevitablemente sus pensamientos volvieron a verse ocupados por Sara. Carlos siempre había sido un chico tímido, demasiado inocente, un tontín, como le solía llamar María; es por ello que nunca sabía darse cuenta de cuándo le gustaba a una chica. Y salvo un par de veces, y en el caso de Irene, Carlos no había sido capaz de enterarse de que le gustaba a una mujer. Y sabemos de buena tinta, como narrador omnisciente que somos de esta historia, que Carlos le había gustado a muchas más chicas de las que él pensaba. Pero no se había dado cuenta a causa de su torpeza para estas cuestiones. Por ello solía andar por estos farragosos y misteriosos confines con pies de plomo. Por ello no le había confesado a Sara que le gustaba, porque estaba esperando una señal por su parte. En fin, él creía que le había dado a ella esa señal, cientos de señales: estaba por su bar siempre que no tenía trabajo, le prestaba los libros que sabía que le podían gustar, hablaba con ella más que con cualquier otra persona, la halagaba y le daba ánimos cuando ella estaba triste, y la hacía reír con mil payasadas siempre que tenía un mal día… ¿qué más tiene que hacer un hombre para que una mujer se de cuenta de que le gusta? Eso solo podía significar que él no le gustaba a ella, y por eso se había buscado a otro chico más de su tipo.
En fin, pensaba Carlos, ahora toca olvidarla. No sería la primera vez; pero se prometió a sí mismo que sería la última.
Cuando terminó de comer se fue al bar de abajo y se tomó un café. Después volvió a su oficina y se tumbó un rato en el sofá, mientras escuchaba por los altavoces los lastimosos alaridos de la trompeta de Miles Davis. Había quedado con su nuevo cliente a las cinco y media, así que tenía aún una hora y media para echar una cabezada y dirigirse a Imaginio de la Falsaria a hablar con su sacerdote.
(Continuará)

No hay comentarios:

Publicar un comentario