XXXVII
Nunca antes había necesitado tanto Carlos
Solares pasear y respirar el enrarecido aire de su amado León como en este
momento. A costa de llenar su pecho de rabia había conseguido refrenar el
llanto. Pensaba que Sara sentía algo por él, lo creía verdaderamente. ¿Acaso
había sido un juego cruel? ¿Le había dado esperanzas para reírse de él? No era
capaz de entenderlo.
Carlos se encaminó a la Palomera; andaba sin
un rumbo fijo, sin una meta en su caminar. Tras más de quince minutos de
agitada marcha llegó a la explanada de la Universidad. No quería estar solo,
necesitaba gente a su alrededor, así que decidió acercarse a la Biblioteca del
Campus a leer cualquier cosa. Subió a la primera planta y se puso frente a la
estantería en la que descansan los abultados libros de Derecho Procesal; buscó
un rato algo que le interesase y por fin cogió un libro bastante grueso
titulado “Tratado de Derecho Procesal Penal”, con el que se dirigió a una de
las mesas del fondo en la que solía sentarse en sus tiempos de universitario
despreocupado. Se puso cómodo, todo lo cómodo que se puede poner uno en esas
incómodas sillas, y abriendo el librote por la mitad empezó a leer sobre los
actos de comunicación a las partes. Se pasó leyendo febrilmente las dos horas
siguientes; cualquier cosa con tal de no pensar en Sara y en su corazón roto.
A las tres y media Carlos sintió hambre; se
levantó de su silla, devolvió el libro a su lugar de descanso y salió a la
calle. No le apetecía irse a casa a cocinar, así que decidió acercarse a la
cafetería que está detrás de Filosofía y Letras y comer allí. No era un menú
del otro mundo, pero para lo que costaba la verdad es que estaba bastante bien.
Carlos cogió la bandeja con los platos, un
vaso de refresco de cola, un bollo de pan duro y el postre, y se sentó en una
mesa casi vacía. Empezó a comer con ganas los macarrones con carne, con escasa
carne para mejor decir, e inevitablemente sus pensamientos volvieron a verse
ocupados por Sara. Carlos siempre había sido un chico tímido, demasiado
inocente, un tontín, como le solía llamar María; es por ello que nunca sabía
darse cuenta de cuándo le gustaba a una chica. Y salvo un par de veces, y en el
caso de Irene, Carlos no había sido capaz de enterarse de que le gustaba a una
mujer. Y sabemos de buena tinta, como narrador omnisciente que somos de esta
historia, que Carlos le había gustado a muchas más chicas de las que él
pensaba. Pero no se había dado cuenta a causa de su torpeza para estas
cuestiones. Por ello solía andar por estos farragosos y misteriosos confines
con pies de plomo. Por ello no le había confesado a Sara que le gustaba, porque
estaba esperando una señal por su parte. En fin, él creía que le había dado a
ella esa señal, cientos de señales: estaba por su bar siempre que no tenía
trabajo, le prestaba los libros que sabía que le podían gustar, hablaba con
ella más que con cualquier otra persona, la halagaba y le daba ánimos cuando
ella estaba triste, y la hacía reír con mil payasadas siempre que tenía un mal
día… ¿qué más tiene que hacer un hombre para que una mujer se de cuenta de que
le gusta? Eso solo podía significar que él no le gustaba a ella, y por eso se
había buscado a otro chico más de su tipo.
En fin, pensaba Carlos, ahora toca olvidarla.
No sería la primera vez; pero se prometió a sí mismo que sería la última.
Cuando terminó de comer se fue al bar de abajo
y se tomó un café. Después volvió a su oficina y se tumbó un rato en el sofá,
mientras escuchaba por los altavoces los lastimosos alaridos de la trompeta de
Miles Davis. Había quedado con su nuevo cliente a las cinco y media, así que
tenía aún una hora y media para echar una cabezada y dirigirse a Imaginio de la
Falsaria a hablar con su sacerdote.
(Continuará)
No hay comentarios:
Publicar un comentario