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martes, 14 de mayo de 2013


“VEN” (parte 2 de 2)

Nada, nada otra vez. La bañera estaba vacía. Al correr la cortina el gel de ducha y el champú cayeron del borde resbalando al fondo con un sonido hueco que me erizó aun más los nervios. Esa voz infernal seguía llamándome, pero no estaba en el baño. Sólo quedaba una habitación, la habitación vacía. Salí del baño corriendo y me quedé a la puerta; la voz solo podía venir de allí. Di un paso, me adentré en el cuarto y me puse al lado de la cama que está más cerca de la entrada, con la intención de mirar debajo. Cuando era pequeño me aterraba mirar debajo de la cama; pensaba que había un monstruo, o un maniaco que me clavaría un hacha en cuanto me agachase. Pero ya no me da miedo mirar bajo las camas, al menos no me lo ha dado desde los 12 años. Pero ahora estaba asustado, y me aterraba mirar. La voz me llamaba, y podía venir de debajo de alguna de las camas. Me cargué de valor, del poco que me quedaba, y me tiré al suelo, apoyando la mano en el colchón desnudo. No había nada ni nadie debajo, debajo de ninguna de las dos camas. Pero la voz seguía, me llamaba, me atenazaba fuertemente con su cadencia. Sólo podía salir del armario. Me levanté del suelo y de un salto me puse frente a él. Con todo el cuidado que mi temblorosa mano me permitía giré despacio la llave de la puerta de la izquierda y de un tirón la abrí. Dentro sólo estaban las cuatro bolsas llenas de ropa y zapatos que no soy capaz de donar a la beneficencia. Cerré de un portazo. Me moví a la derecha y giré la otra llave, aunque no puse el cuidado debido y la llave cayó debajo del armario. Con tremendo fastidio me agaché y al meter la mano bajo el armario noté como algo me tocaba, un zarpazo; era mi gata que quería jugar. La eché de un bufido y cogí la llave. La voz me seguía pidiendo que fuera. Me levanté y la metí en la cerradura, la giré, abrí las dos puertas, y por supuesto, allí no había nadie, ni nada. Pero en cuanto miré dentro la voz cesó. Dejó de llamarme. De nuevo el maravilloso silencio reinaba en mi piso. Últimamente el silencio que había en mi casa era un recordatorio atronador de mi soledad. Pero ahora era un maravilloso premio.
Salí de la habitación. Calcetines estaba junto a la puerta de la entrada, mirándome fijamente, agazapada. Cerré una a una todas las puertas de los armarios que había abierto antes. Apagué las luces, bebí un poco de agua y me metí de nuevo en la cama, temeroso de volver a escuchar a mi inoportuno visitante nocturno. A pesar de mi pequeña aventura me dormí enseguida, como si el agua me hubiese sedado. Eran las 3:42 de la madrugada del 18  de diciembre de 2012.
A la mañana siguiente me desperté cuando Calcetines arañó mi puerta, como todas las mañanas a las 9 más o menos. Recordé la peripecia de la noche anterior, y mientras me desperezaba se me pasó por la cabeza que tal vez había sido un sueño. Era lo más seguro, un sueño, que otra cosa si no…no podía haber ocurrido de verdad. Me levanté, salí al pasillo, cogí en brazos al felino y paseé por todas las estancias de la casa. Todo estaba normal. Todo había sido un sueño, uno muy real, tremendamente vívido. Pero un sueño al fin y al cabo. Los fantasmas no existen, ni los espíritus, ni las voces incorpóreas. Le serví su desayuno a Calcetines y me fui al baño. Me desnudé y me metí bajo el vigorizante chorro de la ducha. Tenía el cuerpo algo entumecido, así que me quedé allí debajo unos cuantos minutos. Cerré el grifo, abrí la cortina y cogí la toalla. Me sequé, salí de la bañera, y cuando me disponía a coger las gafas del lavabo lo vi, escrito en el espejo, con letras grandes y legibles, un mensaje latente se había materializado gracias al vapor de la ducha, un mensaje de tan solo cinco letras, pero que me heló el corazón: AYUDA. Lo borré a toda prisa, pero volvía a hacerse visible. Le pasé la toalla, y nada, allí seguía. Salí del baño corriendo, desnudo. Fui a la cocina, cogí el limpiacristales y un paño y pulvericé el espejo varias veces, frotando enérgicamente. Pero al mensaje no se iba, no se borraba. No había soñado la noche anterior, todo había ocurrido. Alguien, algo, que se yo, se había puesto en contacto conmigo. Y como no le pude hacer caso me dejó un mensaje en el espejo. Nadie mas que yo usa ahora el baño, nadie ha podido escribirlo.
Ayer tiré el espejo viejo a la basura, y puse otro recién comprado. Pero hoy al ducharme de nuevo han aparecido esas cinco letras que me temo me van a acompañar de por vida.  
Nunca he vuelto a escuchar aquella aterradora voz de ultratumba, pero cada vez que me ducho el mensaje se materializa en mi espejo. Nada lo borra.

(Jose Vicente Ramos Alonso)

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