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martes, 28 de mayo de 2013

SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.


XXXVIII

Carlos se despertó a eso de las nueve. No había puesto el despertador porque, dados los hechos del día, sabía que no iba a poder dormir en toda la noche. Y así fue: hasta bien entrada la madrugada fue incapaz de conciliar el sueño pensando en Sara. Y básicamente había decidido olvidarse de ella y seguir adelante. No le iba a resultar fácil, pero conocía la fórmula: trabajo, trabajo y más trabajo. No quería vivir amargado como cuando Irene se marchó, así que se centraría en su trabajo, y tarde o temprano se olvidaría de ella. Tendría, eso sí, que buscar otro bar; pero eso era lo de menos, pues no en vano en León hay un bar por cada 99 habitantes.
Por lo pronto tenía un caso nuevo: había aceptado buscar la reliquia desaparecida. El sacerdote de Imaginio de la Falsaria, don Manuel Casto, le había explicado las condiciones del trabajo, que básicamente se reducían a actuar con la mayor discreción posible. Carlos había tenido una buena impresión del cura, parecía un buen hombre, uno de esos sacerdotes que verdaderamente sienten su fe y su ministerio y se deben a sus fieles. Puede pensarse que esto no es tan extraño, pero Carlos sabía de primera mano que muchos sacerdotes eligen su camino religioso por razones equivocadas. Era un consuelo para un ateo, en cierto modo, encontrarse a un sacerdote que creía en lo que hacía.
Además don Manuel era un hombre enormemente culto y abierto de mente, más que muchas personas que conocía; en cierto modo le recordaba a su profesor de filosofía del instituto, un fraile que les explicó con la mayor libertad conceptos tan contradictorios con sus propias creencias como lo son los conceptos de la filosofía occidental. Don Manuel le enseño a Carlos su biblioteca, enorme y ordenada, llena de libros de temas tan distantes como teología y física experimental. Estuvieron hablando varias horas, hasta bien entrada la noche, y Carlos le explicó las razones de su falta de fe. Y al contrario que otros creyentes con los que Carlos había hablado de esto, pocos a decir verdad, pues la fe hoy en día interesa más bien nada a la gente en general, don Manuel no había tratado de convencerle de que estaba equivocado, sino que le había dado la razón en muchas cosas y le había prometido reflexionar sobre sus motivos, ya que los encontraba enormemente lógicos.
Respecto a la búsqueda de la reliquia, don Manuel había dicho a Carlos que sospechaba básicamente de cuatro personas, y que había llegado a tal conclusión al seguir las técnicas investigadoras de Sherlock Holmes, tras lo cual soltó una sonora carcajada.
-Soy un gran amante de las novelas de Holmes- dijo el sacerdote poniéndole a Carlos en las manos un par de tomos bastante envejecidos de Doyle- Estos me los regaló una tía rica que tenía yo en Madrid, y desde entonces no pasa un solo año sin que los lea. Aunque lo cierto es que yo nunca seré tan genial como Holmes, acaso si me parezco a Watson. Pero si que he llegado a la conclusión de que sólo hay un pequeño grupo de personas que han tenido motivos y oportunidad para robar la reliquia.
El cura explicó en qué consistían sus sospechas, y Carlos reconoció que no eran sospechas disparatadas en absoluto. Acordaron que Solares empezaría su investigación al día siguiente, y fijaron el precio. Don Manuel contó a Carlos que el dinero con el que le iba a pagar no procedía de la parroquia, sino de la herencia de su difunto padre. Al parecer los padres del sacerdote eran muy ricos, y él había sido hijo único. Cuando Dios le llamó renunció a seguir con los negocios de su padre, aunque él había respetado e incluso estimulado su elección. Y cuando sus progenitores murieron le dejaron una gran fortuna, que él había sabido administrar y que usaba para ayudar a quien lo necesitaba. Con ese dinero le iba a pagar a Carlos.
(Continuará)

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