XXXVIII
Carlos se despertó a eso de las nueve. No
había puesto el despertador porque, dados los hechos del día, sabía que no iba
a poder dormir en toda la noche. Y así fue: hasta bien entrada la madrugada fue
incapaz de conciliar el sueño pensando en Sara. Y básicamente había decidido
olvidarse de ella y seguir adelante. No le iba a resultar fácil, pero conocía
la fórmula: trabajo, trabajo y más trabajo. No quería vivir amargado como
cuando Irene se marchó, así que se centraría en su trabajo, y tarde o temprano
se olvidaría de ella. Tendría, eso sí, que buscar otro bar; pero eso era lo de
menos, pues no en vano en León hay un bar por cada 99 habitantes.
Por lo pronto tenía un caso nuevo: había
aceptado buscar la reliquia desaparecida. El sacerdote de Imaginio de la
Falsaria, don Manuel Casto, le había explicado las condiciones del trabajo, que
básicamente se reducían a actuar con la mayor discreción posible. Carlos había
tenido una buena impresión del cura, parecía un buen hombre, uno de esos
sacerdotes que verdaderamente sienten su fe y su ministerio y se deben a sus
fieles. Puede pensarse que esto no es tan extraño, pero Carlos sabía de primera
mano que muchos sacerdotes eligen su camino religioso por razones equivocadas.
Era un consuelo para un ateo, en cierto modo, encontrarse a un sacerdote que
creía en lo que hacía.
Además don Manuel era un hombre enormemente
culto y abierto de mente, más que muchas personas que conocía; en cierto modo
le recordaba a su profesor de filosofía del instituto, un fraile que les
explicó con la mayor libertad conceptos tan contradictorios con sus propias
creencias como lo son los conceptos de la filosofía occidental. Don Manuel le
enseño a Carlos su biblioteca, enorme y ordenada, llena de libros de temas tan
distantes como teología y física experimental. Estuvieron hablando varias
horas, hasta bien entrada la noche, y Carlos le explicó las razones de su falta
de fe. Y al contrario que otros creyentes con los que Carlos había hablado de esto,
pocos a decir verdad, pues la fe hoy en día interesa más bien nada a la gente
en general, don Manuel no había tratado de convencerle de que estaba
equivocado, sino que le había dado la razón en muchas cosas y le había
prometido reflexionar sobre sus motivos, ya que los encontraba enormemente
lógicos.
Respecto a la búsqueda de la reliquia, don
Manuel había dicho a Carlos que sospechaba básicamente de cuatro personas, y
que había llegado a tal conclusión al seguir las técnicas investigadoras de
Sherlock Holmes, tras lo cual soltó una sonora carcajada.
-Soy un gran amante de las novelas de Holmes-
dijo el sacerdote poniéndole a Carlos en las manos un par de tomos bastante
envejecidos de Doyle- Estos me los regaló una tía rica que tenía yo en Madrid,
y desde entonces no pasa un solo año sin que los lea. Aunque lo cierto es que
yo nunca seré tan genial como Holmes, acaso si me parezco a Watson. Pero si que
he llegado a la conclusión de que sólo hay un pequeño grupo de personas que han
tenido motivos y oportunidad para robar la reliquia.
El cura explicó en qué consistían sus
sospechas, y Carlos reconoció que no eran sospechas disparatadas en absoluto.
Acordaron que Solares empezaría su investigación al día siguiente, y fijaron el
precio. Don Manuel contó a
Carlos que el dinero con el que le iba a pagar no procedía de la parroquia,
sino de la herencia de su difunto padre. Al parecer los padres del sacerdote
eran muy ricos, y él había sido hijo único. Cuando Dios le llamó renunció a
seguir con los negocios de su padre, aunque él había respetado e incluso
estimulado su elección. Y cuando sus progenitores murieron le dejaron una gran
fortuna, que él había sabido administrar y que usaba para ayudar a quien lo
necesitaba. Con ese dinero le iba a pagar a Carlos.
(Continuará)
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