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miércoles, 29 de mayo de 2013

SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.


XXXIX

Pasaron algunos días. Carlos vivía entre Imaginio de la Falsaria y León. Aparecía más bien poco por la oficina, aunque mantenía a María informada sobre la marcha de la búsqueda de la reliquia; incluso un día se quedó a dormir en la casa del párroco.
Como ya sospechaba, encontrar la cruz de oro iba a resultar bastante complicado, pues era probable que el ladrón la guardase en su casa. No era para Solares un problema allanar una vivienda, ya que incluso si el ladrón le descubría no sería tan estúpido de denunciarle a la Guardia Civil, pues se delataría a sí mismo. El problema era de otra índole: en primer lugar eran cuatro los sospechosos, y en segundo lugar, en los pueblos es imposible dar un paso sin que todos los vecinos sepan que lo has dado; como la mayoría de la gente que vive en un pueblo no tiene nada que hacer se entretiene vigilando a sus vecinos. Solares lo sabía de primera mano, ya que él había nacido en un pueblo. Carlos le había preguntado a don Manuel a cerca de quiénes eran los chismosos del lugar, y el cura le nombró a unos cuantos; el detective pensaba aprovecharse de ellos para descubrir al ladrón y recuperar la reliquia, aunque todavía no sabía muy bien como.
El primer paso que dio Carlos fue cerciorarse de la forma en que el ladrón había conseguido robar la reliquia de la casa rectoral, ya que este dato dice mucho a cerca de la personalidad del delincuente, según las más importantes escuelas de criminología. La casa rectoral de Imaginio de la Falsaria estaba situada en el centro del pueblo, junto a la iglesia, y no contaba con alarma, aunque don Manuel tenía  una caja fuerte oculta en la que guardaba, entre otras cosas, la cruz de oro macizo. Carlos preguntó al sacerdote a ver qué personas conocían la existencia de la caja acorazada y su ubicación, a lo que le respondió que casi todo el pueblo sabía que escondía la cruz en una caja, pero tan solo un pequeño grupo de personas conocían su ubicación. Lo cierto es que el cura había escondido la caja fuerte en un sitio poco habitual, debajo de un canapé que había en una habitación de la parte de atrás que aparentemente estaba atornillado al suelo. Cuando le descubrió la caja fuerte Solares sonrió satisfecho: el canapé se levantaba por medio de dos barras de acero unidas a un mecanismo hidráulico, que se accionaba desde un interruptor integrado en un cuadro cercano que simulaba ser un perro negro.
-Vaya padre, si que se ha currado usted la caja fuerte-dijo Carlos-. Está claro que el ladrón tenía que saber donde estaba y como abrirla, pues en caso contrario es imposible que la encontrase, se lo digo por experiencia.
-Saqué la idea de una novela de misterio que leí hace años, aunque adapté un poco el mecanismo. El hombre que la instaló quedó maravillado de mi idea- el cura sonrió.
Carlos comprobó los bordes del canapé y llegó a la conclusión de que no había sido forzado: el que sustrajo la cruz lo levantó mediante el mecanismo instalado.
Don Manuel dijo a Carlos que tan solo tres personas del pueblo conocían la forma de levantar el canapé, aunque curiosamente ninguna de ellas era sospechosa de haber cogido la cruz. El sacerdote explicó a Solares que conocía bien a las personas, y que cualquiera de esas tres podía haber contado a otros el escondite de la caja, pero en ningún caso habrían robado la reliquia.
(continuará)

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