XXXIX
Pasaron algunos
días. Carlos vivía entre Imaginio de la Falsaria y León. Aparecía más bien poco
por la oficina, aunque mantenía a María informada sobre la marcha de la
búsqueda de la reliquia; incluso un día se quedó a dormir en la casa del
párroco.
Como ya sospechaba,
encontrar la cruz de oro iba a resultar bastante complicado, pues era probable
que el ladrón la guardase en su casa. No era para Solares un problema allanar
una vivienda, ya que incluso si el ladrón le descubría no sería tan estúpido de
denunciarle a la Guardia Civil, pues se delataría a sí mismo. El problema era
de otra índole: en primer lugar eran cuatro los sospechosos, y en segundo
lugar, en los pueblos es imposible dar un paso sin que todos los vecinos sepan
que lo has dado; como la mayoría de la gente que vive en un pueblo no tiene
nada que hacer se entretiene vigilando a sus vecinos. Solares lo sabía de
primera mano, ya que él había nacido en un pueblo. Carlos le había preguntado a
don Manuel a cerca de quiénes eran los chismosos del lugar, y el cura le nombró
a unos cuantos; el detective pensaba aprovecharse de ellos para descubrir al
ladrón y recuperar la reliquia, aunque todavía no sabía muy bien como.
El primer paso que
dio Carlos fue cerciorarse de la forma en que el ladrón había conseguido robar
la reliquia de la casa rectoral, ya que este dato dice mucho a cerca de la
personalidad del delincuente, según las más importantes escuelas de
criminología. La casa rectoral de Imaginio de la Falsaria estaba situada en el
centro del pueblo, junto a la iglesia, y no contaba con alarma, aunque don
Manuel tenía una caja fuerte oculta en
la que guardaba, entre otras cosas, la cruz de oro macizo. Carlos preguntó al
sacerdote a ver qué personas conocían la existencia de la caja acorazada y su
ubicación, a lo que le respondió que casi todo el pueblo sabía que escondía la
cruz en una caja, pero tan solo un pequeño grupo de personas conocían su
ubicación. Lo cierto es que el cura había escondido la caja fuerte en un sitio
poco habitual, debajo de un canapé que había en una habitación de la parte de
atrás que aparentemente estaba atornillado al suelo. Cuando le descubrió la
caja fuerte Solares sonrió satisfecho: el canapé se levantaba por medio de dos
barras de acero unidas a un mecanismo hidráulico, que se accionaba desde un interruptor
integrado en un cuadro cercano que simulaba ser un perro negro.
-Vaya padre, si que
se ha currado usted la caja fuerte-dijo Carlos-. Está claro que el ladrón tenía
que saber donde estaba y como abrirla, pues en caso contrario es imposible que
la encontrase, se lo digo por experiencia.
-Saqué la idea de
una novela de misterio que leí hace años, aunque adapté un poco el mecanismo. El
hombre que la instaló quedó maravillado de mi idea- el cura sonrió.
Carlos comprobó los
bordes del canapé y llegó a la conclusión de que no había sido forzado: el que
sustrajo la cruz lo levantó mediante el mecanismo instalado.
Don Manuel dijo a
Carlos que tan solo tres personas del pueblo conocían la forma de levantar el
canapé, aunque curiosamente ninguna de ellas era sospechosa de haber cogido la
cruz. El sacerdote explicó a Solares que conocía bien a las personas, y que
cualquiera de esas tres podía haber contado a otros el escondite de la caja,
pero en ningún caso habrían robado la reliquia.
(continuará)
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