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jueves, 23 de mayo de 2013


Diario de León, 22 de mayo de 2013

Se ha sabido que el hombre que el pasado domingo se lanzó al Bernesga no tenía familia, aunque sí tenía trabajo. La Policía Judicial no ha encontrado ninguna carta explicativa en su piso, por lo que nunca se podrán saber los motivos que impulsaron a este joven a quitarse la vida. El Juez de Instrucción ha procedido a cerrar el caso.

Alfonso llevaba dos días pensando en la historia de Álvaro el vagabundo, y se reconocía a sí mismo en ella. Desde que su madre murió de cáncer hacía ocho meses se había quedado solo en el mundo. Su padre había muerto en un accidente de coche quince años atrás, y no tenía hermanos; lo más algunos primos que vivían lejos.
Alfonso tenía veinticinco años y no había sido capaz de conseguir casi nada de lo que se había propuesto en la vida. Para empezar, a esta edad esperaba estar trabajando en lo que le gustaba: había estudiado para ser profesor, para enseñar a los niños; sin embargo estaba trabajando en un bar muchas horas por muy poco dinero. A esta edad esperaba tener una novia formal, alguien con quien hacer planes de futuro; y sin embargo no tenía a nadie. Peor aun: Alfonso estaba enamorado de su mejor amiga, Sonia, y nadie lo sabía, ni siquiera ella. Se conocían desde pequeños, desde que vivían en el mismo edificio. Habían ido juntos al colegio, después al mismo instituto y después a la misma facultad. Él también era el mejor amigo de Sonia, pero nada más. Alfonso estaba esperando desde los dieciséis años a que Sonia le viese como a algo más que a un amigo. Había visto como salía con un chico tras otro, esperando pacientemente. Había estado con ella en los momentos felices y en los tristes, cuando rompía con ellos y acudía a él para que la consolase. Había aguantado nueve años a su lado esperando a que un día le mirase con otros ojos, pero ahora estaba seguro de que eso no iba a suceder nunca. Desde hacía un año Sonia salía con un chico nuevo, y los dos amigos se habían distanciado. Sonia decía que no, pero Alfonso notaba que siempre que la llamaba para quedar ella ponía una excusa para no verle. Durante este último año se habían visto no más de veinte veces, lo cual era una nimiedad teniendo en cuenta que antes estaban juntos todo el tiempo. Alfonso creía que su nuevo novio le había prohibido a Sonia que le viese, porque en alguna ocasión los había visto juntos y había notado que él lo miraba de una forma nada amistosa, a pesar de Sonia siempre le decía que su novio no tenía ningún problema con él. No había otra explicación; se puede tener novio y seguir viendo a los amigos. Es por ello que en el último mes Alfonso había desistido de tratar de quedar con Sonia, para no molestarla. La quería, y por eso iba a renunciar a ella, porque lo más importante para él era que Sonia fuese feliz, aunque fuera con otro; ella era lo único que le ataba a este mundo, la única persona a la que aun quería, pero estaba claro que ya no podría contar con ella.
A causa de todas estas cosas Alfonso estaba triste, cansado y desanimado. Había faltado tres o cuatro días a su trabajo, y su jefe le habían dicho que a la próxima falta le despediría. Y estaba claro que le iba a despedir, porque a las ocho de ese mismo día debería abrir el bar y no pensaba ir…
Alfonso le dio una patada a las mantas y las tiró para atrás, decidido a llevar a cabo la acción más radical que un ser humano puede hacer. No quería acabar malviviendo en la calle como Álvaro el vagabundo; se iría de este mundo con la mayor dignidad posible, pero se iría. No había otra salida, no era factible otra solución, estaba convencido de ello.
No quería hacerlo en casa, porque nadie le encontraría en muchos días. No quería lanzarse ante un coche, en primer lugar porque no era seguro que le matase, en segundo porque no quería causar daños a nadie más. No quería cortarse las venas en un parque público, para que nadie consiguiera reanimarle. Necesitaba una forma de morir segura, para que nadie interviniese. Hacía un par de días, en su paseo vespertino, había pasado por el Puente de los Leones, y pensó en que alguien que no supiese nadar se ahogaría bastante rápido en aquellas aguas turbias. Así que decidió hacerlo de aquella forma, se tiraría al Bernesga; y dado que no sabía nadar se ahogaría relativamente rápido.
Salió a las ocho y media de su casa. A esa hora a penas había gente por la calle; mejor así.
A las nueve llegó al sitio señalado, miró a derecha e izquierda, se encaramó a la barandilla de hormigón y se lanzó al agua. Su último pensamiento se lo dedicó a su madre y a Sonia.

(Jose Vicente Ramos Alonso)

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