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Era martes. Solares
había estado la noche anterior hasta
tarde en Imaginio de la Falsaria siguiendo a uno de los sospechosos que le
proporcionó el sacerdote. Había en don Manuel algo que incitaba a Carlos a
creer en él, a estar seguro de que el ladrón era uno de los cuatro sospechosos
que aquel le había dicho. No en vano llevaba más de veinte años siendo el párroco
de ese pueblo y conocía en confesión las intimidades y secretos de todos sus
feligreses.
Carlos se levantó de
la cama y se fue a la cocina, se preparó un café con leche, cogió un par de
napolitanas de chocolate y un plátano y se fue al sofá del salón. Llevaba casi
una semana siguiendo a los sospechosos del robo de la reliquia y se había hecho
una idea bastante certera de sus personalidades; estaba claro que cualquiera de
ellos podía ser el culpable. Dos hombres y dos mujeres, los dos primeros
solteros, así como una de las señoras. Los cuatro eran tenidos en el pueblo por
gente rara y vengativa, y constantemente estaban metidos en algún lío con los
vecinos, por las causas más baladíes. Los cuatro eran muy similares: retraídos,
huidizos y con un enorme complejo de inferioridad. Pero uno de los hombres,
Eduardo Inquina, era el que tenía más papeletas para llevarse el premio, pues
según don Manuel siempre había defendido que la reliquia de oro pertenecía a su
familia. Por ello, y sin eliminar de entrada a los otros tres sospechosos,
Carlos se había fijado en él por encima del resto. Tenía en mente un plan para
cogerle, y aunque aún tenía que madurarlo más, pensaba ponerlo en práctica no más
tarde del día siguiente.
Pero ahora quería
ocuparse de su otro caso, el de sus Némesis, Enésimo de Gea y Rafael Fuentes. Esta
mañana, en menos de una hora, se iba a celebrar una nueva subasta de deuda pública
española y quería seguirla en directo. Durante esta última semana a penas se
había preocupado de esos dos, y no había leído prácticamente nada a cerca de la
subasta que iba a tener lugar en breve. Por eso ahora se iba a meter de lleno
en ella. Apuró el café, cogió el portátil y, tras enchufarle el cargador, se lo
puso encima de las rodillas, dispuesto a dar un paso más en su investigación de
los negocios de aquellos dos hombres, pues era probable que “Consultora Siglo XXII” o cualquiera de las demás empresas de de Gea
pujase en la subasta, como solían hacer.
El Tesoro español
sacaba a subasta un capital inicial de 2500 millones de euros, en obligaciones
a diez y quince años, por las que tendría que pagar un interés inferior al 4,6 que
pagase en la anterior emisión de deuda de este tipo; según la mayoría de los
analistas macroeconómicos, la bajada de la prima de riesgo española supondría
una bajada de los intereses de su deuda, y si bien las previsiones de la mayoría
de los organismos internacionales no auguraban un futuro mejor a corto ni medio
plazo para la economía de España, si que era seguro que las subastas de deuda
que quedaban por celebrarse en el 2013 serían positivas, ya que el mercado
exportador estaba en muy buen estado y estaba elevando la confianza
internacional en nuestro país. Sin embargo, como señalaban algunos periodistas
económicos en varios diarios digitales, las previsiones en la anterior emisión
de deuda eran también buenas y a la hora de la verdad se dieron la vuelta. Y
aun recordaban la subasta de Portugal de la semana pasada; y si bien, señalaban
estos periodistas, las circunstancias lusas no son similares a las españolas ni
mucho menos, lo cierto es que su subasta de deuda se había torcido a pesar de
contar ex ante con unas previsiones
positivas.
(CONTINUARÁ)
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