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sábado, 11 de mayo de 2013


“VEN” (Parte 1 de 2).

Eran exactamente las 2:34 de la madrugada. Lo sé porque miré el reloj digital que hay encima de mi cómoda. Debía estar durmiendo plácidamente, al menos eso creo. Y algo me despertó, aunque aún no sé el qué. Todo estaba en silencio. No se escuchaba ni el más leve ruido. Me di la vuelta en mi cama y cerré los ojos para volver a dormirme. Cuando de pronto lo sentí: una voz, un susurro apenas audible. Me incorporé en la cama y encendí la lámpara. Me quedé quieto unos segundos, aguzando el oído. Y nada. De nuevo el más atronador de los silencios. Seguro de haberlo imaginado apagué la luz y me volví a acostar. Pero a los pocos minutos lo volví a escuchar, esta vez de forma clara: una voz silbante que decía “ven”. Encendí de nuevo la lámpara y me senté en la cama, poniendo todo mi ahínco en cerciorarme. Y de nuevo “ven” fue pronunciado con cadencia. Estaba claro que no me lo imaginaba, era real. Me levanté tiritando y abrí la puerta de mi habitación. Encendí la luz del pasillo y miré en el salón. Mi gata estaba durmiendo; levantó la cabeza y me miró recriminando mi intromisión intempestiva. Puede que al fin y al cabo nadie dijera lo que creí escuchar, porque en ese caso el felino se habría levantado y habría salido al pasillo como hace siempre que escucha a alguien hablar por los rellanos de mi edificio. Me lo habría imaginado, era seguro. Desde que vivo solo mis nervios están un poco erizados. Dejé a Calcetines durmiendo plácidamente en el sofá, y apagando las luces me volví a meter en la cama. No me iba a poder dormir, pero había que intentarlo.
Pasó más o menos una hora y la desesperanza se estaba apoderando de mí, porque no era capaz de conciliar el sueño. Y de nuevo, más claramente que ninguna de las otras veces, la susurrante voz me llamaba, me pedía que fuera: “ven, ven, ven”. Encendí de nuevo la luz y salí corriendo al pasillo, encendiendo todas las luces de la casa. Y a pesar de todo la voz seguía llamándome. Estaba claro que no venía de mi habitación; entré en el salón, y tremendamente agitado miré detrás del sofá y debajo de la mesa. E impulsado por un estertor violento abrí todas las puertas del mueble. Allí no había nada. A causa del ímpetu de mis movimientos mi gata se había levantado y me miraba confundida y nerviosa. Estaba claro que la asustaba yo, y no la voz. Pero la voz seguía pidiéndome que fuera con insistente tenacidad. Dejé el salón y fui a la cocina, y de nuevo abrí  furiosamente todos los armarios. Sólo había lo que había habido siempre.
Salí al pasillo con el pecho palpitante y fui al baño. La cortina de la ducha estaba extendida, siempre la dejo así para que se seque después de ducharme. Podía haber algo o alguien en la bañera. El miedo me paralizaba, pero tenía que abrirla, tenía que hacer que esa voz dejara de torturarme. Me puse delante de la bañera sigilosamente, mientras ese “ven” me taladraba el cerebro. Dirigí toda mi fuerza al brazo derecho, y de un fuerte manotazo corrí la cortina, y entonces… (CONTINUARÁ)

(Jose Vicente Ramos Alonso)

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