XXXVI
Carlos salió a la calle y entró al Bronce.
Sara estaba atendiendo a unos clientes en una mesa, pero se giró y le dedicó a
Carlos una sonrisa y un “hola” silencioso. Carlos la saludó con un leve
movimiento de su mano derecha y se sentó. Sara pasó tras la barra y empezó a
preparar un par de cafés y dos copas de zumo de naranja natural; miró a Carlos
a los ojos para iniciar una conversación, pero él bajó la vista.
-¿Te pasa algo?- preguntó Sara.
-No me pasa nada ¿por qué lo dices?- Carlos se
censuró a sí mismo por haber mirado para otro lado cuando Sara le miró a su
vez. Tras más de dos años en el negocio había aprendido que los hombres son
como libros abiertos ante la ojeada escrutadora de una mujer; nada escapa a su
mirada analista. En cambio, los hombres, por su simpleza de pensamiento, rara
vez son capaces de darse cuenta de que una mujer les miente, o no les dice la
verdad, que son cosas distintas. Carlos sabía perfectamente que cuando un
hombre miente se le nota; en cambio, las mujeres son más sutiles, saben
controlar sus gestos con un movimiento delicado de ojos, o de labios, o
poniéndose el pelo detrás de la oreja, ese tipo de movimiento femeniles que hacen
que los hombres se embelesen y no presten atención a las palabras. Trató de
arreglarlo, no se podía permitir mostrarse dubitativo ante Sara - Es que estoy
un poco agobiado por el trabajo, solo eso. Ayer me pasé la noche en vela
preparando un informe y estoy cansado- Sabía que Sara no se lo creía, por como
le miró.
-Lo que tú digas Solares. Ahora vengo- Sara
amonestó a Carlos con una mirada fría y se fue a servir los cafés que acababa
de preparar.
Carlos sabía que la había fastidiado. Sara se
había dado cuenta de sus dudas, de sus pajas mentales; y sólo por haber
desviado la mirada un instante. Sería una investigadora excelente. Mientras así
pensaba Sara regresó a su puesto tras la empalizada del bar.
-Bueno, ¿qué te pongo?
-Un café y un zumo, por favor- Carlos trató de
sonreír, pero en su cara se dibujó una mueca extraña y forzada.
-A ti te pasa algo, tonto, así que ya me lo
estás contando- Sara se puso frente a Carlos y apoyó los codos en la barra de
mármol rosa.
-No me pasa nada, de verdad, y menos contigo-
Que idiota, pensó Carlos; segundo fallo.
-¿Conmigo? ¿Por qué te iba a pasar algo
conmigo? Yo no te he preguntado que a ver que te pasa conmigo- Sara se había
puesto seria.
-Perdona, te entendí mal- vaya salida más
ridícula. Carlos miró a Sara a los ojos con gesto suplicante. Cuando iba a
decir algo se abrió la puerta. Era un chico. Sara se volvió, y su gesto cambió,
aunque no sonrió.
-Ahora mismo te pongo el café- dijo Sara.
Sara se alejó para acercarse al recién
llegado, que se había colocado en el otro extremo de la barra. Cuando Sara
llegó a su altura el chico se apoyó en la barra, y levantando el cuerpo por
encima le acercó la cara, con la intención de que le diera un beso en los
labios, aunque ella giró la cabeza y puso simplemente su mejilla junto a su
cara para que se la besara. Estuvieron hablando un minuto mientras Carlos los
observaba cabizbajo por el rabillo del ojo <<Debe de ser el tío ese del
que me ha hablado antes María>>. Carlos notó una sacudida en las entrañas
y un escalofrío que recorrió su cuerpo, esa especie de calambre seco que notas
en el pecho cuando ves a la persona a la que quieres con otra persona que no
eres tú, algo así como si alguien metiese la mano en tu caja torácica y
revolviese con saña tus tripas. Quiso salir corriendo del bar, pero se controló
y esperó. Sara se le acercó.
-Es un amigo- le dijo mirando al chico del
otro extremo de la barra.
-Me parece bien- Carlos pretendía sonar
indiferente, pero estaba claro que no era capaz- No tienes nada que explicarme.
Cuando puedas ponme el café, tengo algo de prisa- Se arrepintió enseguida del
tono de su voz.
-Está bien, toma tu café para que puedas
marcharte a donde quieras- Sara le tiró la taza delante a Carlos, y también se
arrepintió de lo que acaba de decir. Se fue de nuevo a hablar con el chico recién
llegado.
Carlos se tomó el café de un trago, sacó un
euro de su cartera y lo posó en la barra, junto a la taza vacía. Sara le estaba
mirando de soslayo, aunque no dijo nada. Acto seguido se levantó de la
banqueta, y se dirigió a la puerta. Miró al chico que hablaba con Sara y en su
cara se dibujó una grosera mueca de desprecio.
-Adiós- Dijo Carlos mirando a Sara.
-Adiós- Le respondió ella.
Carlos abrió la puerta del Bronce y salió
disparado a la calle, con el corazón roto y una tenue lágrima a punto de salir
de su ojo derecho. A pesar de todas las precauciones otra vez le habían vuelto
a hacer daño.
Lo que Carlos no sabía es que cuando él salió
por la puerta Sara se había quedado pensando más o menos lo mismo. Ella le
quería, quería a nuestro Carlos Solares, le amaba como nunca había amado a
ningún otro. Y sabía que él también la quería a ella, porque las mujeres
siempre saben cuando un hombre siente algo por ellas.
Es curioso como suceden las cosas; dos
personas que se mueren por estar juntas, y sin embargo…
(CONTINUARÁ)
Querido Jose, otorgas a la mujer no sólo mucha más clarividencia de la que tiene, sino, seguramente, mucha más de la que le gustaría tener. Creo que la incertidumbre, al respecto, es algo de lo que nos alegramos ambos géneros.
ResponderEliminar¿Tu crees, Javi? No sé yo que pensar al respecto. No es clarividencia ni brujería, sino observación. Los hombres, creo yo, somos más simples en nuestros ademanes que las mujeres, y si nos sentimos contrariados lo expresamos a las claras, no tratamos de esconderlo tras velos de indiferencia. En cambio las mujeres son más sutiles; mi experiencia, que a fuerza de ser ser escasa, es tremendamente valiosa, me dice que los hombres fingimos peor que las mujeres (esto es una generalidad, por supuesto; hay excepciones), y que ellas son capaces de notar nuestros titubeos al respecto del tema sentimental mucho mejor que nosotros los suyos. Por supuesto este análisis no se extrapola a todos los aspectos de la vida; solo me refiero en este caso concreto al tema de los sentimientos. El resto necesita su propio análisis.
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