VIII
A nadie le llamó la atención ver a un hombre rebuscar entre la basura de un contenedor. Por desgracia para la raza humana, esta estampa se ha convertido en algo tan usual en estos tiempos malditos que a nadie le sorprende, incluso en un país que se encuentra entre las primeras potencias económicas del mundo.
En la bolsa negra con perfume de pino artificial había pocas cosas: restos de comida, el envoltorio de una chocolatina, la lata vacía de un refresco sin azúcar, el envoltorio de un preservativo (al final parece que sí que hubo sexo), una botella vacía de whisky, del caro para más señas, del muy caro realmente, y unos cuantos papeles, arrugados unos y despedazados otros. Carlos recogió todos los papeles y se los metió en el bolsillo grande del chaleco. Cerró de nuevo la bolsa, la devolvió a su hogar, y sin perder un minuto puso rumbo al aparcamiento de Santo Domingo a recoger su coche. Cuando tan sólo había recorrido unos pocos pasos su móvil de trabajo sonó, con el timbre característico de una notificación de Facebook. Era triste reconocerlo, pero sus alias en la red tenían más vida social que él, una vida ficticia de unos y ceros, era cierto; pero a Carlos eso le entristecía un poco. Siempre había sido un chico tímido, retraído. Cuando conoció a Irene cambió en este aspecto, se volvió más sociable, más hablador, y afloró ese encanto natural que tenía escondido en lo recóndito de su alma. Pero cuando ella se fue de su vida Carlos se escondió aun más en su propio universo, se volvió mucho más introvertido, y se protegió con una coraza que impedía traspasar a casi todo el mundo. Tenía un puñado de buenos amigos, que se contaban con los dedos de una mano, esa clase de amigos que siempre están ahí, para lo bueno y para lo malo, y eso era lo que le importaba.
Sacó el teléfono del bolsillo, desbloqueó la pantalla táctil y desplegó el icono de notificaciones. Al parecer Marisa había aceptado su solicitud de amistad. El sol incidía con sus rayos en la pantalla, dificultando la visión, así que Carlos se cambió al otro lado de la calle, a la sombra. Entró en el perfil de Marisa, y al parecer no se había equivocado en sus suposiciones: trabajaba de administrativa en un despacho de abogados, que Carlos conocía, y que estaba en Ordoño, tenía veintisiete años, y entre sus intereses destacaban, en primer y segundo lugar, salir de fiesta e ir de compras. Casi todas las fotografías que había en su biografía se habían sacado en distintos bares. Algunos le sonaban a Carlos, otros no. Marisa era muy guapa, pero cuando salía por las noches estaba espectacular. Decidió mandarle un mensaje privado: “Hola wappa!!! te he visto muchas veces por el Atomic, y me pareces preciosa, pero nunca me he atrevido a hablarte. Me gustaría invitarte a una copa un día de estos, si no sales con nadie. Un beso”. Pulsó enviar y se guardó el móvil.
Llegó al parking, pagó el abultado importe, y puso rumbo a su casa.
(CONTINUARÁ)
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