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Cuando terminó de unir todos los pedazos de papel fue al salón a por una cámara, porque no le apetecía pegar con cinta todos esos cachitos, y les sacó unas fotos a los extractos y a la factura. Sacó la tarjeta de memoria de la cámara, y tras encender el ordenador de sobremesa la introdujo en la ranura del puerto de tarjetas; creó una carpeta con el nombre “Rafael Fuentes”, y copió allí las fotografías. Llevaba casi una semana investigando a ese hombre y sólo había sacado cinco fotos, que para mayor desaliento ni siquiera tenían que ver con su infidelidad. En un par de días tenía que presentarle sus resultados a la esposa y no tenía ninguna prueba gráfica de su relación extramarital.
Apagó el ordenador y se sentó en el sofá con el portátil en las rodillas. Tenía dos ordenadores porque con el de sobremesa no se conectaba nunca a internet; en él guardaba información valiosa tanto suya como de su trabajo, y no quería exponerse a que ningún pirata informático accediera a él. Era una precaución un tanto exagerada, porque a nadie le interesarían sus casos, pero había decidido hace tiempo proceder de esta forma y la costumbre perduraba.
Mientras leía en el blog de un amigo una disertación sobre la ropa interior de las mujeres, sonó su teléfono del trabajo; era una alerta de Facebook, y ya que tenía el ordenador encendido accedió a su cuenta desde él. Era Marisa de nuevo; parece que su alter ego Mario Dante le había caído en gracia. Contestaba a las preguntas que le había hecho antes, como que vivía en la Lastra, que trabajaba de auxiliar en un despacho de abogados de Ordoño, que tenía dos hermanos, un gato llamado Tin, al que también llamaba Gatin, y otras muchas cosas más. Es curioso lo crédulas que somos las personas, reflexionaba Carlos: conocemos por internet a alguien y enseguida le contamos nuestra vida, sin saber ni siquiera cuáles son sus intenciones. Marisa le preguntaba cosas de él. Carlos le respondió diciéndole que trabaja de asesor en un gran banco, en temas de bolsa, sin dar más señas, que vivía en la avenida Lancia, en un piso alquilado, y otros datos personales que escogió con sumo cuidado. Cuando mandó el mensaje, y tras terminar de leer la diferencia entre el tanga brasileño y el europeo, entró en la edición digital de tres o cuatro periódicos. En uno de ellos, de tirada nacional, había una pequeña mención, en las páginas económicas, a la venta de los edificios del Ayuntamiento de León al consorcio de empresas que gestionaba Enésimo de Gea.
Lo que sí aparecía en todos los periódicos era el alto interés que había tenido que ofrecer España en la subasta de deuda que se había celebrado esa mañana. La prima de riesgo, que antes de celebrarse la subasta, estaba en 320 puntos básicos, había subido hasta los 347 nada más conocerse el resultado de aquella, y ahora llegaba a los 357. Malas noticias para la economía española, pensó Carlos. Los periodistas que firmaban las distintas columnas coincidían en no ser capaces de explicar el resultado de la subasta, ya que todos los analistas preconizaban una rebaja considerable en los intereses que tendría que pagar España para los bonos a cinco y diez años, pero en contra de toda lógica este había subido de manera exorbitante. Un diario económico resaltaba el hecho de que más de la mitad de los solicitantes de la deuda española habían sido inversores españoles, y utilizaba el siempre gráfico eufemismo de “es como tirar piedras contra el tejado propio” para describirlo.
Aunque no era experto, a Carlos le gustaba todo lo relacionado con la economía, desde que un profesor de la universidad despertase en él el gusanillo económico. Seguía día a día la marcha de la crisis, y parecía que la caída empicado de la economía española se estaba atenuando; pero la recuperación había sufrido un duro revés esa mañana, al parecer.
Eran casi las cuatro, y a las cinco había quedado con María en la oficina de la agencia. Como estaba algo cansado decidió tumbarse un rato. Puso la tele, en la Dos; había un documental sobre la sabana africana. Aunque a Carlos le encantaban los documentales, de todo tipo, siempre que quería echarse un sueñecito ponía uno. Las ondas somníferas no tardaron en hacerle efecto, y se sumió en un agradable y cálido sopor al arrullo de la enlatada naturaleza africana.
(CONTINUARÁ)
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