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miércoles, 10 de abril de 2013

SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.

XXII

Carlos iba con el tiempo justo. Esperaba que, tal y como habían hecho los días anteriores, Rafael y Marisa se encontrasen en el Café Pasadizo a las doce. Iba a ser la única posibilidad de fotografiarlos juntos. Pensaba además entrar en el bar y sentarse en la barra, junto a ellos, para tratar de grabar su conversación, seguirlos después a su nidito de amor, en el caso de que fuesen, y sacarles unas cuantas fotos entrando a él, aunque lo hicieran por separado, pues mejor eso que nada.
Se apostó frente al Café justo a las doce menos diez. Pasados escasos cinco minutos apareció Marisa; vendría seguramente de su oficina, unos cuantos portales más arriba. Llevaba un abrigo corto que dejaba ver sus largas piernas, cubiertas con unas medias negras, y concluidas por unos zapatos negros de altísimos tacones. Tras mirar en todas direcciones durante unos segundos Marisa entró en el bar. Carlos dudó entre seguirla o esperar a que llegase Rafael, aunque al final decidió pasar. Cruzó la calle, y tras tirar de la enorme puerta de madera del local, entró.
Tras un rápido vistazo a los parroquianos divisó a Marisa sentada casi al final de la barra. Se había quitado el abrigo y lo había posado sobre la banqueta que estaba a su lado. Lucía un traje de chaqueta y mini falda color gris, y llevaba el pelo recogido con un gracioso a la vez que elegante moño. Las mesas del bar estaban casi todas llenas de gente que parloteaba despreocupada frente a sus tazas, pero en la barra había, además de Marisa, tan sólo otras cinco o seis personas. Junto a ella descansaban dos banquetas vacías. Carlos se acercó a la que distaba más de ella y le preguntó si estaba ocupada, a lo que ella le contestó con una sonrisa que no. Carlos, pues, se sentó y pidió un café con leche en taza grande, que la camarera le sirvió junto con una suculenta rosquilla cubierta de azúcar glasé. Mientras esperaba a que llegase Rafael sacó del bolsillo interno de su abrigo el receptor de su equipo de escucha, que podía usarse como grabadora corriente, lo configuró en modo de grabador autónomo, y lo posó junto a él en la barra. Como simulaba ser un teléfono móvil pasaría desapercibido, y podría grabar la conversación entre Marisa y Rafael con una calidad de sonido bastante buena.
Tras unos minutos Carlos vio por el rabillo del ojo que la puerta se abría. Rafael llevaba un abrigo largo de color negro con un pañuelo rojo sobresaliendo por el bolsillo del pecho, a juego con su corbata. Se acercó a Marisa y le acarició la mano de forma imperceptible. Retiró el abrigo de ella de la banqueta, y lo colocó junto al suyo en la que estaba al lado vacía, entre la pareja y Carlos. Este simuló haber recibido un mensaje en el móvil; cogió la grabadora y la conectó, posándola de nuevo en el mismo sitio.
-Joder, ha sido una mañana de locos-el que hablaba era Rafael-A las once y media me llama De Gea y me dice que se va a celebrar una subasta sorpresa de deuda en Portugal al día siguiente, y que tenemos que comprar. Así que imagínate, a carreras.
-Entonces no vamos a poder ir al piso-Preguntó Marisa decepcionada.
-Por supuesto que vamos a ir, para eso siempre hay tiempo-Rafael articuló una mueca de lascivia a la que Marisa respondió con una sonrisa-Además, tengo una sorpresa para ti.
-¿Una sorpresa? ¿De verdad? Eres fantástico, tu esposa es una mujer muy afortunada-Marisa le puso la mano a Rafael sobre el brazo mientras le miraba con coquetería.
-Y tanto-Añadió él con una carcajada.
-Pues yo llevo toda la mañana redactando unos papeles para la venta de una empresa, y estoy harta. Tengo la cabeza como un bombo-Marisa resopló graciosamente.
-No te preocupes que en quince minutos nos relajamos-Rafael echó el sobre de azúcar en el café que la camarera le había servido sin que tuviera la necesidad de pedirlo, y se lo llevó a la boca.
Tras esta conversación Rafael y Marisa se pusieron a hablar de cosas triviales, así que Carlos decidió que era hora de pagar y de salir a la calle. Recogió la grabadora y, a la vez que se la guardó en el bolsillo, cogió su mini cámara. Se puso en pie, y mientras levantaba la mano derecha para meterse la manga del abrigo por el brazo, disparó una ráfaga de fotografías dirigidas a Rafael y Marisa. Como él salía de espaldas Carlos fue al baño, y de la que volvía para salir disparó otras cuantas fotos en las que se vería a Rafael de frente. Tras darle las gracias a la camarera y despedirse de ella, salió a la calle.
(CONTINUARÁ)

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