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lunes, 8 de abril de 2013

SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.

XVIII

Mientras Carlos esperaba el próximo movimiento de David aprovechó para cargar un par de cámaras, comprobó que el micrófono inalámbrico tenía pilas y cargó la base receptora de este, todo ello con un aparato que producía energía eléctrica mediante el movimiento de una manivela. Era incómodo, pero efectivo y barato. Salió varias veces a estirar las piernas, y pidió en un bar cercano un café para llevar, que se tomó mientras paseaba expectante por la acera.
A eso de las cinco y media, mientras estaba apoyado en el capó de su coche, vio como se abría la puerta del garaje del edificio de David, y asomaba su alargado morro el BMW azul. Carlos soltó una maldición y se montó corriendo en el coche por la puerta del copiloto, dispuesto a seguirle en cuanto pasase a su lado, lo cual haría porque la calle Pérez Galdós es de sentido único. Arrancó a toda prisa, pero observó que David iba a salir de su calle yendo por dirección prohibida, y que, por tanto, no iba a pasar a su lado. -Que cabrón-pensó Carlos. Si seguía hasta la Avenida de Quevedo lo perdería de vista, así que salió de su aparcamiento, y metiéndose en la entrada de un garaje dio la vuelta, rezando para no encontrarse con ningún coche de frente, lo que por suerte no pasó. Desde que el BMW salió del garaje no había pasado ni un minuto, pero Carlos no lo veía. Salió a la Rotonda de Pinilla, y mientras miraba para incorporarse lo divisó saliendo hacia Ignacio de Loyola. Carlos creía saber a dónde se dirigía. Su otra novia, la que ahora era la oficial, vivía en Eras de Renueva. Y en efecto, allí se encaminó. David aparcó en Luis Pastrana, en doble fila, a pesar de que tenía sitio de sobra para aparcar correctamente. Carlos paró frente al restaurante chino de la esquina, y vio como al poco tiempo la nueva novia titular se montaba en el coche. Tras unos tres minutos arrancaron. Carlos hizo lo propio. Se metieron al aparcamiento subterráneo del Centro Comercial. Carlos los siguió y aparcó cerca de ellos, pero se quedó en el coche, porque no le interesaba lo que pudieran hacer.
A las nueve y media la pareja volvió al coche, cargando con varias bolsas de tiendas de ropa. Estuvieron manoseándose unos minutos, y luego salieron a la calle. Carlos los siguió a una distancia prudencial. Volvieron a la casa de la chica, que se llamaba Ariadna, y aparcaron allí. Carlos los pasó de largo, dio la vuelta en la rotonda, y cuando la pareja ya había subido al piso, aparcó cerca su coche. Carlos esperaba que no se pasasen la noche allí.
Una hora más tarde, más o menos, llegó un repartidor de pizza, que tras dejar su mercancía volvió a marcharse. Entraron y salieron varios vecinos. Eran las once y media y Carlos estaba inquieto. No iba a sacar nada en claro aquel día. Mientras pensaba que iba a pasar allí una noche en blanco, la puerta del edificio se abrió y la pareja salió. Ambos se habían cambiado de ropa, y por cómo se habían vestido estaba claro que se iban de fiesta. A Carlos le inundó de nuevo la esperanza, aunque iba a quedarse sin cenar.
Los siguió hasta el aparcamiento de detrás de la catedral, donde pararon. Mientras la pareja salía del coche Carlos aprovechó para coger la mini cámara, el micrófono inalámbrico, que no era más grande que la pepita de una sandía, y el receptor. Parecía que de nuevo se estaban dando el lote, y que tardarían, así que Carlos decidió camuflar un poco su aspecto, porque no quería que David le reconociera, ya que pensaba acercársele bastante. Levantó la alfombrilla del suelo del copiloto y sacó un pequeño maletín que ocupaba un hueco en la carrocería. De él extrajo una peluca, que imitaba el corte de pelo de Justin Bieber, unas gafas de sol de aviador, y una perilla. Se lo colocó todo mirándose en el espejo del coche. Cuando estuvo listo cogió una cazadora de imitación de cuero del asiento de atrás,  salió a la calle, y comenzó a hacer que hablaba por el móvil. A los cinco minutos David y Ariadna salieron del coche, dándose besos continuamente, y pusieron rumbo al Barrio Húmedo abrazados, aunque la mano de él no estaba en la cintura de la chica, si no un poco más abajo. David llevaba un bolso pequeño colgado del hombro. Carlos los siguió a unos cincuenta metros. Después de callejear un rato, entraron en el bar en el que Carlos había visto a David pasar mercancía la otra vez.- Bingo-pensó el detective privado.
Era viernes, y a pesar de que el Húmedo no era lo que había sido en otros tiempos, había bastante gente por la calle. Carlos esperó diez minutos, y luego entró en el bar Sport Club 13.
(CONTINUARÁ)

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