XII
Carlos se pasó dos horas sin despegar la vista de la pantalla de su ordenador, aunque no pasó de la primera página del primer documento que abrió, una reseña periodística que enumeraba todas las empresas que conformaban el holding que controlaba de Gea. Sólo podía concentrarse en Irene. Dejó volar libremente sus recuerdos de los años que pasaron juntos, sin censurarlos esta vez. Dos horas de velada felicidad, que se cortó de repente al notar un golpe en la cabeza.
-¿Que si estás sordo?-dijo María mirándole fijamente.
-Perdona, es que estaba pensando en algo y estaba concentrado-contestó Carlos volviendo a la realidad.
-En algo…ya claro, en algo. Te he observado y no has pasado en toda la tarde de la página que tienes en pantalla.
Carlos miró a María con ojos suplicantes, de soldado vencido que reconoce la superioridad de su adversario y se muestra aliviado por claudicar.
-Está bien, tú ganas. Cuéntame de qué hablaste con Irene.
María soltó una carcajada, tanto por su victoria moral como por la cara de pena que tenía Carlos, el cual, tras fruncir el ceño, se rió también.
-Pues la verdad es que no hablamos a penas de nada, porque tenía prisa. Me dijo que había vuelto a León hacía una semana, porque habían hecho un ERE en su empresa y la habían despedido. Y como nada la retenía en Madrid decidió volver a casa.
-Pero ¿y ese tío de Madrid con el que está saliendo?-Carlos intentó contenerse, pero esbozó una mueca de alegría.
-Le pregunté si no salía con nadie, y me contó que había roto con su novio hacía unos meses. Ya sabes que ella y yo siempre nos llevamos muy bien; pues me dijo que le había puesto los cuernos con otra-Mientras hablaba María se había cruzado de brazos y bajó su tono de voz, lo que habría hecho reír a Carlos si no estuviese tratando de asimilar lo que acababa de escuchar.
-Que interesante. Siempre me pareció un idiota- dijo Carlos mesándose la barbilla.
-Cualquiera que saliese con ella te parecería un idiota-le espetó María.
-Puede que tengas razón, pero este lo era; siempre vestía ropa cara, de marca, con su cochazo y su pelo engominado…-Carlos estaba disfrutando.
-Vaya, ¿a caso les espiabas?
-No, un día sin querer vi varias fotos.
María le miró con complicidad.
-Y eso es todo lo que hablamos. Me dijo que le gustaría verte, pero no tuvimos tiempo de hablar más. Y ahora, si no te importa, me voy a mi casa. Hoy vienen a cenar David y Rocío-Eran su hijo y la novia de este.
-¿Encontraste algo sobre la propiedad del piso?
-Pues no, mañana por la mañana me acerco al Ayuntamiento, a ver si puedo averiguar algo. Hasta mañana, y no se te ocurra quedarte a dormir aquí. Vete a tu casa y descansa como es debido-María le dio un beso en la mejilla y salió de la oficina.
Carlos se quedó pensando en lo que le había dicho su socia. Le latía con fuerza el corazón y le invadía esa euforia que no sentía desde hacía mucho tiempo, esa exaltación que nos inunda cuando sabemos que la persona amada se ha interesado por nosotros. Aunque desapareció pronto. Recordó que ella había roto con él, y que al poco tiempo empezó a salir con ese tal Ángel. Su alegría se evaporó como una gota de agua que cae sobre una hoguera crepitante.
Se levantó, se preparó un té, y, junto con la bolsita humeante, tiró a la basura sus pensamientos sobre Irene. Le esperaba una noche en vela estudiando la vida de de Gea, aunque no se sintió contrariado por las perspectivas, ya que le encantaba la investigación de despacho.
(CONTINUARÁ)
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