XXIV
Marisa continuó por Lancia en dirección al
parque de San Francisco, se cambió de acera y siguió por Santa Nonia. Subió por
la Avenida de la Independencia y bordeó la fuente de Santo Domingo,
dirigiéndose a Padre Isla. Carlos la seguía de cerca. A los pocos metros Marisa
se paró, tocó un timbre y, tras abrirse una puerta, entró. Era uno de esos
locales de compra venta de oro que han florecido en los últimos años como la
grama. Hace diez años fue la época dorada de los bazares chinos; ahora era la
época dorada, y nunca mejor dicho, de los compradores de oro.
A Carlos no le costó mucho atar cabos: la
bolsa de la joyería en la mano, y por otro lado el local de compra venta de
oro. Puede que Marisa no fuese tan tonta como parecía: aceptaba regalos de
Rafael que luego vendía y convertía en dinero efectivo. Decidió sacarle unas
fotos cuando saliera, lo que sucedió a los pocos minutos. Marisa seguía
llevando la bolsita gris; puede que hubiese entrado tan sólo a tasar la
supuesta joya. Siguió caminando unos pasos y repitió la misma acción en otro
local de fachada dorada que hay unos metros más adelante. Tras otros diez
minutos Marisa volvió a salir a la calle, aunque seguía portando la consabida
bolsa. Carlos le había sacado más fotos entrando y saliendo.
Marisa se giró y regresó sobre sus pasos.
Bordeó de nuevo la fuente y entró en una heladería-pastelería, saliendo al rato
con una bolsa en la mano. A continuación se encaminó al paso de peatones que
conecta Santo Domingo con la avenida de la Independencia, lo cruzó, y, tras
caminar unos cuantos pasos, sacó una llave de su bolso y entró en un edificio.
Era su lugar de trabajo. Carlos pensó que lo más seguro era que se quedase a
comer allí, así que se dirigió calle arriba hacia las oficinas de “Consultora
Siglo XXII”. Lo cierto es que tenía suficiente material para entregarle a la
esposa de Rafael Fuentes, pero quería proseguir su otra investigación sobre
este, la que le relacionaba con Enésimo de Gea. No sabía muy bien lo que iba a
hacer, pero la conversación que tuvieron Rafael y Marisa en el Café Pasadizo a
cerca de la subasta de deuda en Portugal del día siguiente le había dado una
idea. Era una conjetura un tanto atrevida, pero era posible que Rafael Fuentes
se encontrase a lo largo del día con de Gea, o con algún enviado suyo. Si les
seguía quizás se enterase de algo.
Carlos suponía que Rafael estaría en su
despacho, así que se apostó delante de la puerta, sentado en el banco de mármol
que ya ocupase en otra ocasión, y esperó. Eran las dos y diez de la tarde y
tenía hambre, pero no podía irse de allí. Rafael no solía abandonar su oficina hasta
las dos y media, tal y como había comprobado en más de una ocasión, así que se
lo tomó con calma y trató de engañar a su estómago.
(CONTINUARÁ)
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