XXIII
Este año el invierno leonés estaba siendo
especialmente desapacible. Las nubes cenicientas cubrían por entero el sol, y
un frío endemoniado se abría paso a través de las muchas capas de ropa de la
respetable ciudadanía hasta helarles los huesos.
Carlos siempre había preferido el frío al
calor, pero este año empezaba a estar harto de él. Cuando salió del café se
pasó a la acera de enfrente, y yendo unos cuantos pasos más adelante se colocó
estratégicamente junto a uno de los muchos parterres elevados de flores que
rompen la grisácea monotonía del pavimento de Ordoño. Desde allí podía divisar
la puerta del bar, y con su Nikkon y un objetivo adecuado sería capaz de
fotografiar a Rafael y a Marisa cuando salieran. Para que los muchos coches que
circulaba a esa hora por la calle no supusieran un problema Carlos se había
subido a uno de los bancos de mármol que flanquean las altas jardineras.
Disparó unas cuantas fotos para comprobar la iluminación y el grado de enfoque,
y esperó pacientemente con la cámara en la mano.
A los pocos minutos Marisa apareció por la
puerta, seguida de Rafael. Carlos se acercó la cámara a la cara y empezó a
disparar sin compasión. La pareja se adelantó un par de metros y, poniéndose
cara a cara, muy cerca, empezaron a hablar con gesto sonriente. Estuvieron así
poco más de un minuto. Marisa agarró con su mano derecha el antebrazo de
Rafael, y al poco lo soltó, mientras que él le dio una leve palmada en el
trasero a ella. Tras esto cada uno se fue por su lado. Carlos no perdió ni un
segundo; se guardó la cámara en el bolsillo izquierdo del abrigo, y comenzó a
correr para llegar antes que ellos al piso de Lancia.
No tardó ni cinco minutos. Sin resuello se
apoyó en una de las farolas que se yerguen en el paseo central de la avenida,
la más cercana a la puerta del edificio que tenía que vigilar. Al lado del
árbol luminoso hay uno de madera, de tronco ancho, y Carlos pensó que era mejor
ponerse tras él. Así lo hizo, sacó la cámara, y tras enfocar la puerta del
portal, disparó un par de veces. Comprobó que las condiciones eran aptas, y
esperó a que sus amigos llegaran. Como la otra vez, en primer lugar llegó
Rafael; mientras buscaba las llaves en el bolsillo de su abrigo Carlos disparó
unas cuantas fotografías. A los pocos minutos llegó Marisa; tocó el timbre, y
la puerta se abrió, permitiéndole el paso. Carlos logró captar el momento,
aunque unos cuantos coches habían pasado por delante interponiéndose entre sus
dos objetivos. Como tardarían un rato Carlos decidió ir al bar al que ya fuera
la otra vez para tomar una Coca-Cola y comer algo, porque la carrera le había
dejado desfallecido.
A la media hora volvió a apostarse junto al
castaño de indias, cuyo esqueleto desnudo esperaba con los brazos abiertos a la
frondosidad estival, y esperó de nuevo. Esta vez salió en primer Rafael, con
una descarada mueca de satisfacción. Carlos le enfocó y disparó. Se fue calle
arriba. A los quince minutos la puerta se abrió e hizo su salida Marisa, que
taconeaba expresivamente con una bolsita plateada con el símbolo de una famosa
joyería en la mano. Carlos le dedicó unas cuantas fotos, y decidió seguirla.
Fue un impulso, no lo tenía previsto.
(CONTINUARÁ)
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