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sábado, 13 de abril de 2013

SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.


XXVII

-Los dueños de coches así deben ser personas muy influyentes- dijo Carlos.
-Por supuesto-respondió el joven-. Muchos de los que vienen aquí son ricachones insufribles que se creen más que el resto, y me miran como si fuera una mierda. Menos mal que puedo conducir coches guapos, que si no le iban a dar bien a este curro de mierda-. Demostraba mucha confianza para acabar de conocer a su interlocutor.
-Ya, es lo que tiene trabajar con ricos. A mi me pasa lo mismo en mi trabajo. Pero los tipos que acaban de entrar ahora parecían buena gente- Carlos intentaba parecer indiferente.
-El que conducía el coche es un tipo muy influyente, con mucho dinero- se tocó la nariz con el dedo índice un par de veces-. Suele venir aquí a menudo, aunque tengo entendido que es de Madrid. Siempre me mira por encima del hombro y nunca me ha dado propina, aunque siempre trae coches chulos. Al otro tío no lo conozco de nada, aunque no es español; hablaba español pero con acento-. El muchacho se había metido las manos en los bolsillos.
-Y claro, se estarán dando una comilona que ya la quisiéramos nosotros- dijo Carlos con un guiño.
-Casi fijo. Por lo que me dijo un compañero han reservado un salón entero para ellos tres. Es lo que tiene el dinero, que lo puede todo- el joven se sacó las manos del bolsillo, y tras despedirse de Carlos, volvió a ocupar su puesto.
Carlos volvió al banco que ocupaba antes, rumiando las últimas palabras del chico de la librea blanca: el dinero lo puede todo.
Esperó más de dos horas sentado en el banco, levantándose a veces para estirar las piernas. Reflexionó a cerca de lo que el aparcacoches le había contado: si habían reservado un salón entero debían estar tratando temas de suma importancia, temas secretos. Daría cualquier cosa por poder introducir una escucha en aquella comida. ¿Y quién sería el hombre extranjero que acompañaba a Enésimo de Gea? Carlos querría haber preguntado más al joven, pero temía que sospechase.
Mientras trataba de atar cabos, a eso de las cuatro y media de la tarde, el Mercedes de de Gea y el BMW de Rafael Fuentes fueron aparcados por el chico con el que Carlos había hablado frente a la puerta principal de San Marcos. A los pocos minutos la tríada de trajeados salió por la puerta igual que habían entrado, con la diferencia de que ahora el maletín que antes había introducido de Gea en el edificio estaba en la mano izquierda de Rafael. Tras estrecharle la mano a su anfitrión, Enésimo de Gea y el hombre desconocido se montaron en el coche, y con un estruendoso acelerón salieron de la plaza del hostal. Al poco Rafael hizo lo mismo. Carlos, mientras tanto, se había dedicado a sacar unas cuantas fotos, simulando fotografiar la fachada del emblemático edificio de la capital leonesa. Sin nada más que hacer allí nuestro investigador recogió su coche y se fue a su oficina, dispuesto a revelar las fotografías y a elaborar el informe que debía entregar a la mañana siguiente a la esposa de Rafael Fuentes.
Antes de subir, Carlos entró al Bronce. No había comido, y esperaba que Sara le preparase algo rápido. Cuando entró en el café ella estaba tras la barra, con el libro que le había llevado por la mañana en las manos. Había otros tres clientes haciendo lo mismo, leyendo, y otros dos sentados en una mesa del fondo hablando de sus cosas con sendas tazas de café frente a ellos. Sara levantó la vista, y al ver a Carlos posó el libro, tras doblar la esquina superior de la hoja en la que estaba. Con una sonrisa de emoción le saludó.
-Buenas tardes a ti también- respondió Carlos con otras sonrisa-. Me preguntaba si serias tan amable de ofrecerme algo de comer.
-¿No has comido? Tienes que cuidarte, Carlos Solares- Sara había fruncido el ceño con gesto regañón, provocando una carcajada en aquel.
-Así me llamaba mi madre cuando era pequeño y hacía alguna trastada.
-Ya, pues lo digo en serio- Sara no pudo aguantarse más y explotó en una sonora risotada-. ¿Y qué quieres que te prepare, a ver?
-Lo que te dé menos trabajo, cualquier cosa. Me conformo con unas magdalenas y un café-. Carlos se sentó frente a Sara.
-De eso nada, te voy preparar un sándwich vegetal. María me ha dicho que últimamente no comes muy bien-. Sara se había vuelto a poner seria.
-Esa vieja bruja debería meterse en sus asuntos…como bien, lo que pasa que no siempre a las horas usuales. El trabajo manda- Carlos parecía cansado.
-Espera un ratín y te lo traigo. Y ni se te ocurra coger un bollo mientras yo estoy dentro-. Sara se encaminó a la cocina.
-Vale mamá- sentenció Carlos divertido, mientras miraba como Sara se alejaba, y como antes de entrar, se giró y le sacó la lengua.
Era una chica fantástica, y le encantaría atreverse a pedirle salir. Pero, y aunque habían pasado más de cuatro años desde que Irene le había dejado, el miedo a un nuevo fracaso le paralizaba. Estaba claro que si ella no daba el primer paso él nunca tendría los suficientes redaños como para hacerlo.
(CONTINUARÁ)

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