XXVII
-Los dueños de coches así deben ser personas
muy influyentes- dijo Carlos.
-Por supuesto-respondió el joven-. Muchos de
los que vienen aquí son ricachones insufribles que se creen más que el resto, y
me miran como si fuera una mierda. Menos mal que puedo conducir coches guapos,
que si no le iban a dar bien a este curro de mierda-. Demostraba mucha
confianza para acabar de conocer a su interlocutor.
-Ya, es lo que tiene trabajar con ricos. A mi
me pasa lo mismo en mi trabajo. Pero los tipos que acaban de entrar ahora
parecían buena gente- Carlos intentaba parecer indiferente.
-El que conducía el coche es un tipo muy
influyente, con mucho dinero- se tocó la nariz con el dedo índice un par de
veces-. Suele venir aquí a menudo, aunque tengo entendido que es de Madrid.
Siempre me mira por encima del hombro y nunca me ha dado propina, aunque
siempre trae coches chulos. Al otro tío no lo conozco de nada, aunque no es
español; hablaba español pero con acento-. El muchacho se había metido las
manos en los bolsillos.
-Y claro, se estarán dando una comilona que ya
la quisiéramos nosotros- dijo Carlos con un guiño.
-Casi fijo. Por lo que me dijo un compañero
han reservado un salón entero para ellos tres. Es lo que tiene el dinero, que
lo puede todo- el joven se sacó las manos del bolsillo, y tras despedirse de
Carlos, volvió a ocupar su puesto.
Carlos volvió al banco que ocupaba antes,
rumiando las últimas palabras del chico de la librea blanca: el dinero lo puede
todo.
Esperó más de dos horas sentado en el banco,
levantándose a veces para estirar las piernas. Reflexionó a cerca de lo que el
aparcacoches le había contado: si habían reservado un salón entero debían estar
tratando temas de suma importancia, temas secretos. Daría cualquier cosa por
poder introducir una escucha en aquella comida. ¿Y quién sería el hombre
extranjero que acompañaba a Enésimo de Gea? Carlos querría haber preguntado más
al joven, pero temía que sospechase.
Mientras trataba de atar cabos, a eso de las
cuatro y media de la tarde, el Mercedes de de Gea y el BMW de Rafael Fuentes
fueron aparcados por el chico con el que Carlos había hablado frente a la
puerta principal de San Marcos. A los pocos minutos la tríada de trajeados
salió por la puerta igual que habían entrado, con la diferencia de que ahora el
maletín que antes había introducido de Gea en el edificio estaba en la mano
izquierda de Rafael. Tras estrecharle la mano a su anfitrión, Enésimo de Gea y
el hombre desconocido se montaron en el coche, y con un estruendoso acelerón
salieron de la plaza del hostal. Al poco Rafael hizo lo mismo. Carlos, mientras
tanto, se había dedicado a sacar unas cuantas fotos, simulando fotografiar la
fachada del emblemático edificio de la capital leonesa. Sin nada más que hacer
allí nuestro investigador recogió su coche y se fue a su oficina, dispuesto a
revelar las fotografías y a elaborar el informe que debía entregar a la mañana
siguiente a la esposa de Rafael Fuentes.
Antes de subir, Carlos entró al Bronce. No
había comido, y esperaba que Sara le preparase algo rápido. Cuando entró en el
café ella estaba tras la barra, con el libro que le había llevado por la mañana
en las manos. Había otros tres clientes haciendo lo mismo, leyendo, y otros dos
sentados en una mesa del fondo hablando de sus cosas con sendas tazas de café
frente a ellos. Sara levantó la vista, y al ver a Carlos posó el libro, tras
doblar la esquina superior de la hoja en la que estaba. Con una sonrisa de
emoción le saludó.
-Buenas tardes a ti también- respondió Carlos
con otras sonrisa-. Me preguntaba si serias tan amable de ofrecerme algo de
comer.
-¿No has comido? Tienes que cuidarte, Carlos
Solares- Sara había fruncido el ceño con gesto regañón, provocando una
carcajada en aquel.
-Así me llamaba mi madre cuando era pequeño y
hacía alguna trastada.
-Ya, pues lo digo en serio- Sara no pudo
aguantarse más y explotó en una sonora risotada-. ¿Y qué quieres que te
prepare, a ver?
-Lo que te dé menos trabajo, cualquier cosa.
Me conformo con unas magdalenas y un café-. Carlos se sentó frente a Sara.
-De eso nada, te voy preparar un sándwich
vegetal. María me ha dicho que últimamente no comes muy bien-. Sara se había
vuelto a poner seria.
-Esa vieja bruja debería meterse en sus
asuntos…como bien, lo que pasa que no siempre a las horas usuales. El trabajo
manda- Carlos parecía cansado.
-Espera un ratín y te lo traigo. Y ni se te
ocurra coger un bollo mientras yo estoy dentro-. Sara se encaminó a la cocina.
-Vale mamá- sentenció Carlos divertido, mientras
miraba como Sara se alejaba, y como antes de entrar, se giró y le sacó la
lengua.
Era una chica fantástica, y le encantaría
atreverse a pedirle salir. Pero, y aunque habían pasado más de cuatro años
desde que Irene le había dejado, el miedo a un nuevo fracaso le paralizaba.
Estaba claro que si ella no daba el primer paso él nunca tendría los
suficientes redaños como para hacerlo.
(CONTINUARÁ)
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