XXX
A la mañana siguiente, a eso de las nueve,
Carlos abrió los ojos. Estaba cansado y le dolían las piernas. Había intentado
dormir, pero a penas lo había conseguido. Habría sido mejor haberse quedado en
el despacho; aquel sofá provocaba un efecto somnífero en él, mientras que su
cama le incitaba a pensar más de la cuenta. Después de tomar una cena más bien
ligera, a eso de las doce y media, se tumbó en la cama. Empezó a darle vueltas
al tema de Rafael Fuentes y Enésimo de Gea, y aunque tenía ciertas sospechas
infundadas, vanas presunciones, como le decía María, lo cierto es que su
instinto le decía que había algo sucio en la relación de esos dos. Estuvo cerca
de una hora barajando distintas posibilidades, incluidas las más descabelladas,
para llegar a la única conclusión verdadera de que se había desvelado. Cogió un
libro de Stephen Hawking que tenía sobre la mesilla de noche, que a pesar de
resultarle sumamente interesante, e incomprensible a la vez, siempre le
acercaba a los mulliditos brazos de Morfeo. Pero en esta ocasión ni siquiera
las disertaciones del profesor Hawking sobre la curvatura del espacio-tiempo
cerca de los agujeros negros supermasivos le devolvió por las sendas del sueño.
A las tres de la mañana devolvió el libro a su sitio original, apagó la
lamparita de la mesilla y se dio la vuelta en la cama. Empezó a pensar otra vez
en Irene, y en Sara. Las comparó, las estudió por separado y en conjunto. Con
Irene había sido muy feliz, aunque había sido una felicidad artificial, ese
tipo de felicidad que idealizamos sin darnos cuenta de que es un producto
manufacturado por nuestro cerebro, un amor prefabricado como resultado de la
conjunción de distintas fuentes. Irene se había dado cuenta de ello mucho
antes, y por eso había sido ella la que había roto. Pero con los años él se dio
cuenta también. Es muy difícil que el primer amor sea el verdadero y
definitivo, y en su caso no había sido distinto. Ahora veía todas esas cosas de
ella que le molestaban, esa personalidad estricta y recta, esa forma de ser tan
fría cuando paseaban, cuando hablaban, cuando practicaban sexo…Ella no era su
tipo de mujer; simplemente había sido la primera de la que se había enamorado
que, a su vez, le había correspondido.
En cambio Sara era tan distinta…Dejando a un
lado lo puramente físico, Sara tenía un espíritu fresco, desenfadado, estaba
como una regadera, y eso a Carlos le encantaba. Él siempre había sido algo
soso, demasiado tímido, y Sara era la desvergüenza personalizada, aunque era muy
tímida cuando se trataba de cosas tan tontas como llamar a la compañía
telefónica para dar de baja su línea. Una vez Carlos tuvo que llamar haciéndose
pasar por ella, poniendo voz de mujer, mientras ella se partía de risa a su
lado. Sara era lo opuesto a Irene, y Carlos estaba seguro de que una mujer como
ella, ella concretamente, le haría mil veces más feliz de lo que lo fue con
Irene. Con estos pensamientos rondándole por la cabeza no fue capaz de
conciliar el sueño hasta cerca de las seis de la madrugada.
Carlos se levantó de la cama, subió la
persiana, y vio que fuera llovía. El cielo estaba cargado de plomizas nubes que
descargaban agua en forma de pequeñas y tranquilas gotas. Se fue al baño, se
metió en la ducha, y al contrario que el resto de los días, que se duchaba en
cinco minutos para no malgastar agua, esa mañana se pasó quince minutos debajo
del relajante chorro caliente. Después fue a la cocina, vertió un puñado de
cereales con forma de bolitas de chocolate en un bol, se preparó un café con leche,
se sirvió un vaso de zumo de naranja y mandarina, y se fue al salón, donde
encendió el ordenador para leer los periódicos y consultar su correo. Esa
mañana, a las once y media, había quedado con la esposa Rafael Fuentes y no iba
a tener tiempo de leerlos en la oficina, como hacía todos los días. Esperaba
que la conclusión del caso fuera bien. Rara vez los maridos o esposas pillados
la tomaban con ellos, pero conociendo a Rafael esta vez podía ser distinto.
Carlos ojeó por encima los titulares de un par
de periódicos. Por lo visto había tenido lugar un nuevo golpe de estado militar
en África, en la República Centroafricana. -La gente de bien no tiene cabida en
este mundo- pensó Carlos decepcionado. Ojeó también un par de diarios
económicos. La subasta de deuda portuguesa comenzaba en unos minutos, y todos
los analistas esperaban una demanda mucho mayor que la oferta realizada por el
Tesoro luso, por lo que era probable una bajada muy considerable de los
intereses.
Carlos terminó su desayuno, se lavó los dientes,
hizo la cama, y tras coger el paraguas, salió a la calle, encaminándose a su
oficina.
(CONTINUARÁ)
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