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miércoles, 17 de abril de 2013

SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.


XXX

A la mañana siguiente, a eso de las nueve, Carlos abrió los ojos. Estaba cansado y le dolían las piernas. Había intentado dormir, pero a penas lo había conseguido. Habría sido mejor haberse quedado en el despacho; aquel sofá provocaba un efecto somnífero en él, mientras que su cama le incitaba a pensar más de la cuenta. Después de tomar una cena más bien ligera, a eso de las doce y media, se tumbó en la cama. Empezó a darle vueltas al tema de Rafael Fuentes y Enésimo de Gea, y aunque tenía ciertas sospechas infundadas, vanas presunciones, como le decía María, lo cierto es que su instinto le decía que había algo sucio en la relación de esos dos. Estuvo cerca de una hora barajando distintas posibilidades, incluidas las más descabelladas, para llegar a la única conclusión verdadera de que se había desvelado. Cogió un libro de Stephen Hawking que tenía sobre la mesilla de noche, que a pesar de resultarle sumamente interesante, e incomprensible a la vez, siempre le acercaba a los mulliditos brazos de Morfeo. Pero en esta ocasión ni siquiera las disertaciones del profesor Hawking sobre la curvatura del espacio-tiempo cerca de los agujeros negros supermasivos le devolvió por las sendas del sueño. A las tres de la mañana devolvió el libro a su sitio original, apagó la lamparita de la mesilla y se dio la vuelta en la cama. Empezó a pensar otra vez en Irene, y en Sara. Las comparó, las estudió por separado y en conjunto. Con Irene había sido muy feliz, aunque había sido una felicidad artificial, ese tipo de felicidad que idealizamos sin darnos cuenta de que es un producto manufacturado por nuestro cerebro, un amor prefabricado como resultado de la conjunción de distintas fuentes. Irene se había dado cuenta de ello mucho antes, y por eso había sido ella la que había roto. Pero con los años él se dio cuenta también. Es muy difícil que el primer amor sea el verdadero y definitivo, y en su caso no había sido distinto. Ahora veía todas esas cosas de ella que le molestaban, esa personalidad estricta y recta, esa forma de ser tan fría cuando paseaban, cuando hablaban, cuando practicaban sexo…Ella no era su tipo de mujer; simplemente había sido la primera de la que se había enamorado que, a su vez, le había correspondido.
En cambio Sara era tan distinta…Dejando a un lado lo puramente físico, Sara tenía un espíritu fresco, desenfadado, estaba como una regadera, y eso a Carlos le encantaba. Él siempre había sido algo soso, demasiado tímido, y Sara era la desvergüenza personalizada, aunque era muy tímida cuando se trataba de cosas tan tontas como llamar a la compañía telefónica para dar de baja su línea. Una vez Carlos tuvo que llamar haciéndose pasar por ella, poniendo voz de mujer, mientras ella se partía de risa a su lado. Sara era lo opuesto a Irene, y Carlos estaba seguro de que una mujer como ella, ella concretamente, le haría mil veces más feliz de lo que lo fue con Irene. Con estos pensamientos rondándole por la cabeza no fue capaz de conciliar el sueño hasta cerca de las seis de la madrugada.
Carlos se levantó de la cama, subió la persiana, y vio que fuera llovía. El cielo estaba cargado de plomizas nubes que descargaban agua en forma de pequeñas y tranquilas gotas. Se fue al baño, se metió en la ducha, y al contrario que el resto de los días, que se duchaba en cinco minutos para no malgastar agua, esa mañana se pasó quince minutos debajo del relajante chorro caliente. Después fue a la cocina, vertió un puñado de cereales con forma de bolitas de chocolate en un bol, se preparó un café con leche, se sirvió un vaso de zumo de naranja y mandarina, y se fue al salón, donde encendió el ordenador para leer los periódicos y consultar su correo. Esa mañana, a las once y media, había quedado con la esposa Rafael Fuentes y no iba a tener tiempo de leerlos en la oficina, como hacía todos los días. Esperaba que la conclusión del caso fuera bien. Rara vez los maridos o esposas pillados la tomaban con ellos, pero conociendo a Rafael esta vez podía ser distinto.
Carlos ojeó por encima los titulares de un par de periódicos. Por lo visto había tenido lugar un nuevo golpe de estado militar en África, en la República Centroafricana. -La gente de bien no tiene cabida en este mundo- pensó Carlos decepcionado. Ojeó también un par de diarios económicos. La subasta de deuda portuguesa comenzaba en unos minutos, y todos los analistas esperaban una demanda mucho mayor que la oferta realizada por el Tesoro luso, por lo que era probable una bajada muy considerable de los intereses.
Carlos terminó su desayuno, se lavó los dientes, hizo la cama, y tras coger el paraguas, salió a la calle, encaminándose a su oficina.
(CONTINUARÁ) 

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