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jueves, 4 de abril de 2013

SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.

IX

Carlos metió la llave en la cerradura del portal, la giró, empujó la puerta y se dirigió a los buzones. Abrió el suyo, y sacó tres o cuatro folletos de propaganda. Mejor eso que facturas, pensó. Vivía en un pequeño apartamento que le había alquilado por un módico precio un compañero de carrera al que le habían ido mejor las cosas que a él. Llamó al ascensor, y una vez dentro pulsó el cinco. La maquinaria se puso en marcha con parsimonia, dejándole en su planta en unos pocos segundos. Abrió la puerta de su piso y entró. Dejó los folletos sobre la mesa del salón, porque le gustaba leerlos y comparar precios. Fue a la cocina, abrió la nevera y, cogiendo una botella de refresco de té, le dio un trago largo. La dejó en su sitio de nuevo, cogió la lechuga, un tomate, un par de lonchas de pavo y lo metió todo entre dos rebanadas de pan de molde. Desde que había vuelto a vivir solo no es que hiciera grandes alardes culinarios; se conformaba con saciar su hambre. En otros tiempos realizaba platos de exquisita factura; le encantaba cocinar para Irene, y ponía todo su corazón en ello, porque a ella le encantaba comer. Claro que por mucho que comía no engordaba un gramo, aunque él si. De hecho, desde que lo habían dejado Carlos había adelgazado cinco o seis kilos.
Puso el bocadillo en un platillo, cogió un par de naranjas del frutero, un vaso y la jarra del agua, y se sentó a la mesa. Sacó los papeles que había recuperado de la bolsa de basura, y tras darle al sándwich un par de bocados, empezó a analizarlos. Dos de las bolas de papel resultaron ser sobres, con la típica ventanilla transparente y el membrete de una caja de ahorros en el lado izquierdo, la misma en la que él tenía sus ahorros, eufemísticamente hablando, porque él no tenía ahorros ni mucho menos, llegaba más que justo a fin de mes. Otra de las bolitas era una cuartilla con letras negras en las que un tipo se anunciaba como “El manitas, arreglos en general”. Y la última de las bolas de papel era otro sobre, de una compañía eléctrica. Después de apartar los sobres, y terminar su suculenta comida, comenzó a armar el puzle de papelitos que suponía eran extractos bancarios y una factura de la luz. Cuando se disponía a comenzar el collage sonó de nuevo el móvil del trabajo. Lo sacó del bolsillo del chaleco, y vio que Marisa había contestado a su mensaje: “Ola!!!si q voy mucho x el Atomic, xo no t e visto nunk, xq m acordaría d 1 xico tan wapo como tu. no salgo cn nadie, así q cd qieras tomams algo. si vas x ayi l sábado ayi estare. t doy mi teléfono, y m yamas o m escribes un wasap. spero tu respuesta. un besote wapo!!!!”. A Carlos le escocía la vista de traducir este mensaje desestructurado. En su juventud también escribía así, no por gusto, si no para ahorrar, porque los sms costaban mucho, y si en lugar de mandar dos podías decir lo que querías con uno, y tu interlocutor te entendía, pues mejor. Pero desde hacía años trataba de escribir como mandan los cánones. Y desde que descubrió el whatsApp más todavía, porque era gratuito y no necesitaba ahorrar letras.
Del mensaje se podían extrapolar dos cosas: que a Marisa le iba la marcha, y que no consideraba su relación con Rafael como una verdadera relación, lo cual Carlos ya suponía. Le escribió otro mensaje interesándose por su vida, donde vivía, en que trabajaba, cuantos años tenía…Hecho esto reanudó su rompecabezas: Separó los trozos de los extractos del banco de los de la factura, y después empezó a unirlos. Como en la mesa no tenía mucho sitio se levantó y comenzó en montaje en la encimera de la cocina. La factura de la luz estaba a nombre de Marisa, y pertenecía al piso de Lancia, cuarenta y dos con catorce, de los meses de diciembre y enero, pagada por domiciliación bancaria. Después continuó con los extractos; esto iba a ser más difícil, pero él tenía práctica. Tras más de veinte minutos de trabajo los tenía reconstruidos. Ambos venía a nombre de Marisa; uno de ellos reflejaba la factura de la luz, y el otro los movimientos de la cuenta, la factura de electricidad, la de la comunidad del edificio de Lancia, y un ingreso en ventanilla de doscientos euros; ahora la cuenta tenía cincuenta y dos con tres euros. Esto extrañó a Carlos; no podía ser la cuenta bancaria de Marisa, tenía muy pocos movimientos para alguien tan aficionado a la fiesta y a las compras, no había ingreso de nómina, que le constaba que Marisa tenía, y la factura de la luz era muy baja; él pagaba mucho más. Algo no cuadraba, estaba más que claro que el piso de Lancia no era la vivienda habitual de Marisa. Entonces ¿por qué estaba todo a su nombre? ¿y por qué las facturas llegaban a una cuenta diferente de la que debía de ser su cuenta corriente habitual? 
(CONTINUARÁ)

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