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domingo, 7 de abril de 2013

SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.

XV

Carlos decidió que era hora de levantarse. Fue al pequeño aseo con el que contaba la oficina, se lavó la cara, y se cambió de ropa, sacando unos vaqueros y una camiseta que tenía en un armarito blanco. Después cogió la mopa, el cepillo y el recogedor y limpió el suelo; al terminar pasó el polvo a todas las superficies. Acto seguido se puso la cazadora, y bajó a la calle. Se dirigió al bar que estaba en el bajo de su edificio. Solía desayunar allí todas las mañanas que dormía en la oficina.
-Buenos días-Saludó desde detrás de la barra una hermosa y sonriente joven.
-Hola Sara ¿qué tal has empezado el día?-Carlos se sentó en la barra, al lado del expositor de los bollos.
-Pues bien ¿y tú? Ya veo que hoy también has estado trabajando toda la noche-Sara miraba fijamente a Carlos.
-Bueno, me dormí a las cinco y media, mas o menos. Hoy me vas a poner un cruasán. Veo que te has cortado el pelo-Carlos sonreía.
-Te has fijado…¿te gusta?-Sara se pasó la mano por detrás de la cabeza, agarrando su rubia cabellera, y cuando tenía la mano a la altura de la oreja, con ese ademán coqueto que tanto gusta a los hombres, la abrió y dejó caer su pelo con una mirada cómplice y una sonrisa dulce que provocó en Carlos una sincera y sonora carcajada.
-Por supuesto, me encanta, estás muy guapa-Carlos le dedicó una mirada a Sara que instaló en su cara una purpurea sombra.
Sara había comprado el bar hacía casi un año. Lo había remodelado y cambiado de nombre. Carlos ya era asiduo cuando lo regentaba su antiguo dueño, pero desde que se convirtió en el Café Bronce gustaba de pasar más tiempo en él. Era un lugar agradable, que siempre olía a café y bollos recién hechos, y no a fritanga y alcohol como antes. Las paredes estaban adornadas con cuadros de vivos colores, y aunque había televisión, nunca solía estar puesta. Sólo se escuchaba música, lo suficiente alta para que se oyese, pero no tanto como para impedir la conversación. En sus épocas de sequía profesional Carlos se sentaba en el fondo del bar con un café y un libro, y se pasaba horas leyendo, o hablando con Sara de mil cosas, de libros, de música, de arte…María siempre le decía que invitase a Sara a salir, y el siempre le contestaba lo mismo: “una chica así nunca saldría con un chico como yo”. Y Carlos tenía sus motivos para pensar así: cuando Sara compró el bar salía con un chico llamado David, alto, guapo, musculoso…Los dos habían comprado a medias el bar. A los tres meses Sara le preguntó una mañana a Carlos con gran azoramiento si podía contratarlo, y él le dijo que sí. Sara quería que averiguase si su novio la engañaba. Carlos respondió un tanto incómodo que aceptaba el trabajo, porque necesitaba el dinero, aunque esto último no se lo dijo. Tras un par de días de indagaciones averiguó que el tal David estaba saliendo con otra chica desde hacía seis meses. Se lo dijo a Sara, y dejó a David, aunque este no se lo tomó muy bien. Al día siguiente, a eso de las 12 de la mañana, David se presentó en el café, y montó en cólera. Empezó a gritarle a Sara, insultándola y amenazándola con quitarle el bar. Carlos estaba sentado en una mesa leyendo el periódico, y en cuanto entró David como un energúmeno se levantó y se preparó para lo peor. Estaba dispuesto a cualquier cosa. David se acercó a Sara con el brazo en alto, y Carlos saltó interponiéndose entre ambos, lo que enfureció aun más al hercúleo personaje; con la cara congestionada le propinó a Carlos un puñetazo en la cabeza que le hizo perder el equilibrio, aunque no se amilanó. Se levantó y, azuzado por la adrenalina que corría febrilmente por sus venas, se lanzó sobre su atacante, tirándolo al suelo, y, poniéndole el brazo sobre el cuello, le dijo que se fuera de allí y que dejara a Sara tranquila, o le mataría. David debió pensar que Carlos hablaba en serio, porque se relajó y le dijo que se iría. Carlos le soltó y el otro se levantó. Pero no contento, y cuando se dirigía ya hacía la salida, le tiró una silla a Sara, que pudo esquivarla, le dio un tremendo puñetazo a la televisión, que ocupaba una consola de madera junto a la puerta, rompiendo la pantalla, y lanzó una última amenaza: aquello no quedaría así.
(CONTINUARÁ)

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