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miércoles, 3 de abril de 2013

SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.

VII

A la media hora Carlos notó esa sensación que le acometía tan a menudo, esa necesidad de hacer algo, ese prurito de acción. La silla le quemaba las posaderas, así que se levantó, se acercó a la barra y pagó la cuenta, dejando una pequeña propina por el uso abusivo de las instalaciones. Salió a la calle  y respiró con ansia el gélido aire leonés, un aire que no cambiaría por ninguno otro del mundo. Siempre había preferido el invierno al verano, pero este año tenía ganas de sol, de calor. El indómito y cruel invierno ahora le deprimía, le sumía en un estado de continua postración. Ansiaba calor, calor de clima y calor humano. En los últimos meses notaba un vacío en su vida que el trabajo no podía llenar. Ya habían pasado cuatro años desde que terminó su relación con Irene, y desde entonces no había salido con nadie. Había estado cuatro largos años tratando de olvidarla, con dudoso resultado, y no se había sentido preparado para empezar una nueva relación. Pero ahora sentía ese ardor en el pecho del que ansía ser querido. Sabía muy bien, porque no era de esos que se engañan a si mismos para ser felices, que Irene era el amor de su vida, la persona con la que debía haber pasado el resto de sus días. Pero el destino es cruel y gusta de jugar a los dados con nosotros, tristes humanos que, en nuestros delirios de grandeza, pensamos que podemos controlarlo. Ahora tenía un miedo patológico al dolor, un terror casi inhumano; ansiaba volver a amar, pero le asustaba, le paralizaba la idea de volver a sufrir.
Mientras así pensaba Carlos llevó sus pasos a uno de los bancos que descansan en medio de Lancia, en el exiguo paseo que separa ambas direcciones del tráfico. Se resignó a esperar, pero cuando llevaba allí apenas quince minutos la puerta del edificio que vigilaba se abrió, y salió Marisa. Llevaba sendas bolsas en cada mano, bolsas pequeñas de cartón con asas de tela roja, grabadas con el logotipo de una conocida firma de ropa de lujo. El pelo, que antes llevaba suelto, ahora lucía recogido en una descuidada coleta, y el pañuelo que rodeaba su cuello cuando entró al piso una hora antes ahora había desaparecido. Carlos no podía saber si ella y Rafael se habían acostado, pero los indicios eran bastante claros: el pelo, el pañuelo, el maquillaje un tanto difuminado, las bolsas… A pesar de que no lo conocía muy bien, Carlos sabía perfectamente la clase de hombre que era Rafael, ese tipo de hombre para el que las mujeres no son más que un objeto, un premio, un entretenimiento, y las bolsas de ropa así lo demostraban, eran su forma de pago por un servicio. Y ella debía saberlo, porque nada más traspasar la puerta abrió una de las bolsas, y con aire victorioso sacó un gorro de lana y se lo ciñó en la cabeza, de la misma forma que un vencedor olímpico se ciñe su medalla. Parecía sentirse cómoda en su papel de mujer objeto. Por fortuna, pensó Carlos, esa clase de mujer no abunda hoy en día.
Sea como fuere de nada le servía si no los podía fotografiar a los dos juntos entrando o saliendo del piso. Observó como la mujer se alejaba calle arriba, y a los diez minutos salió Rafael por la puerta. Llevaba una bolsa de basura en la mano, no muy grande. Cruzó la calle y la tiró al contenedor, para emprender de nuevo la marcha por la misma calle por la que había llegado. Carlos pensó en seguirle, pero en lugar de ello se levantó, se acercó al contenedor, lo abrió, y con cuidado de no dañar la cámara, que no había tenido oportunidad de usar, se irguió sobre el borde, e introduciendo la mitad de su cuerpo en el maloliente cajón de plástico verde, agarró la bolsa que acababa de tirar Rafael. La abrió allí mismo.
(CONTINUARÁ)

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