Cuando era pequeñito, allá en el pueblo,
me inculcaron lo que es creer en Dios,
como el que aprende por fin a comer sólo
a tener fe en un ser supremo aprendí yo.
Le rezaba con el alma suplicante,
le rogaba con mi pueril devoción,
le pedía por los pobres de la tierra,
le imploraba por quien sufría dolor.
Mas en mis preces nunca puso su atención.
Crecí, y con mi cuerpo mi mente,
mi entendimiento inquieto se volvió,
no comprendía como un ser tan poderoso
podía permitir esta mundana sinrazón.
Desastres naturales, el libre albedrío,
millones pasan hambre, unos pocos no,
como puede un padre todopoderoso
dejar sufrir a sus hijos, y decir que es amor.
Y la fe que antes sentía se enfrió.
Llegó el día en que devino imposible,
impensable seguir creyendo resultó,
la duda que existió tornó en olvido,
la angustia dejó paso a la razón.
Empecé a poner mi fe en el hombre,
en el conocimiento puse yo mi admiración,
y aunque aun no sé todas las respuestas
soy más feliz que cuando creí en dios.
Nuestro destino es sólo nuestro, nada lo creó.
(Jose Vicente Ramos Alonso)
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