XXIX
Carlos caminaba con paso lento, mirando al
suelo y con las manos metidas en los bolsillos de su cazadora negra. Eran las
diez y cuarto de un jueves, y no se veía a penas gente por la calle, ni
siquiera por el centro. Vivía en el Polígono Diez, así que tuvo tiempo de sobra
para airearse desde que salió de su oficina en Mariano Andrés hasta que llegó a
su casa.
Cuando pasó por El Egido escuchó a lo lejos el
retumbar desacompasado y arrítmico de los tambores de una banda de Semana
Santa, que con su sonido sordo parecían estar conjurando a la lluvia; se
escuchaba también la melodía quejumbrosa y metálica de las trompas, cornetas,
trompetas y demás instrumentos de viento que pugnaban por emitir la nota más
estridente. El conjunto instrumental semejaba ser un ejército de gatos que
agonizaba lastimosamente en el campo de batalla tras una cruenta y fratricida
guerra felina, emitiendo berridos chirriantes de dolor a modo de último estertor
de vida.
A Carlos no le gustaba la Semana Santa, aunque
era algo que había aprendido a guardarse para sí, porque en León aquel que
cometía la imprudencia de decirlo era tenido por insensato y loco, y se ganaba
las miradas de desprecio de sus conciudadanos. Él era ateo, lo que ya de por sí
era suficiente razón para que estas “fiestas paganizadas” no le importasen
mucho. Sin embargo, era una persona respetuosa, y en todo momento luchaba por
respetar aquellas creencias que, aun siendo distintas de las suyas, no
supusiesen un menoscabo para los derechos y libertades de otras personas, o de
los seres vivos en general. Por eso respetaba a los creyentes, aunque en muchas
ocasiones algunos creyentes no le hubiesen respetado a él. Él mismo lo había
sido en otro tiempo, un creyente por costumbre, como lo son la mayoría de las
personas, creyentes simplemente porque eso es lo que les enseñaron sus padres,
creyentes por aluvión. Carlos había conseguido pensar por sí mismo, hasta el
punto de pasar de ser un creyente practicante y convencido a un ateo
recalcitrante, así como antes de eso fue agnóstico.
Es más, a Carlos le gustaban los pasos de
Semana Santa, era capaz de ver la belleza de las imágenes, y le parecía
perfectamente lícito, e incluso encomiable, que las personas ejerciesen su
derecho a la libertad de credo de aquella manera. Lo que en realidad detestaba
de la Semana Santa era la hipocresía que la rodeaba. Carlos estaba cansado de
ver ejemplos de personas que en su vida cotidiana se comportaban de una manera
disoluta, poco acorde con las normas que Dios les entregó a los hombres, para
ser durante una semana y media al año ejemplos de rectitud cristiana. Personas
que incluso se jactaban no ya de odiar a los curas y demás personas que
formaban parte del ministerio de Dios en la tierra, pues no quita que una
persona pueda creer en Dios pero no en la Iglesia Católica, sino que se
llenaban la boca diciendo que a ellos Dios “se la pelaba”. Durante esos días
personas que no aparecían por las iglesias en todo el año las visitaban
asiduamente, con ropas elegantes e insignias de hermandades en los cuellos de
sus almidonadas chaquetas. Carlos no era capaz de entender cómo esas personas
podían formar parte de una cofradía, cuyo fin se entiende que es, en última
instancia, dar culto a Dios y a su hijo Jesucristo. En fin, uno no se une a un
club si no comulga con su ideología. Es algo así como ser socio del F.C.
Barcelona, pero animar y ser fan del Real Madrid.
La única respuesta lógica que Carlos
encontraba cuando reflexionaba sobre estas cosas era que esas personas, que no
eran una mayoría, pero tampoco una excepción, solamente buscaban aparentar. En
León formar parte de una cofradía abría muchas puertas, y los hermanos gozaban
de un gran prestigio entre todos los ciudadanos. Formar parte de una hermandad
les reportaba respeto, y les reportaba admiración, porqué no decirlo. Había
oído a muchas personas alardear de lo caras que eran sus ropas de hermano, o
sus instrumentos musicales. Pura apariencia, en suma. Podías ser un desgraciado,
un don nadie durante todo el año, pero por una semana y media sólo tenías que
calzarte la cara vestimenta sacramental de hermano y gozar de la admiración y
respeto de los que te miraban. Para nada intervenía la ideología, era todo pura
apariencia, pura hipocresía oculta tras un disfraz de papón.
A pesar de esto, Carlos sabía y entendía que,
aunque estos falsos hermanos existían, no eran una mayoría. Al contrario,
conocía a muchas personas que vivían su fe durante todo el año, y no sólo en
Semana Santa. Conocía a muchas personas que vivían lo que conllevaba ser parte
de una cofradía con humildad y devoción durante los 365 días del año, que
desempeñaban su papel con sentida humildad, y que no se tenían por superiores
simplemente por formar parte de ellas. Y a esas personas Carlos las respetaba,
porque eran capaces de ser consecuentes con su forma de pensar durante todo el
año.
Mientras reflexionaba por enésima vez sobre
estas cosas llegó a su casa, recogió una carta del buzón, y subió por las
escaleras. Introdujo en la mini cadena un CD del Concierto de Brandenburgo de
Bach, se tumbó en el sofá y se puso a recordar a Irene, aunque pronto la
abandonó en su mente para pasar a pensar en Sara. Muy a su pesar se empezaba a
enamorar de ella.
(CONTINUARÁ)
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