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miércoles, 17 de abril de 2013

SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.


XXIX

Carlos caminaba con paso lento, mirando al suelo y con las manos metidas en los bolsillos de su cazadora negra. Eran las diez y cuarto de un jueves, y no se veía a penas gente por la calle, ni siquiera por el centro. Vivía en el Polígono Diez, así que tuvo tiempo de sobra para airearse desde que salió de su oficina en Mariano Andrés hasta que llegó a su casa.
Cuando pasó por El Egido escuchó a lo lejos el retumbar desacompasado y arrítmico de los tambores de una banda de Semana Santa, que con su sonido sordo parecían estar conjurando a la lluvia; se escuchaba también la melodía quejumbrosa y metálica de las trompas, cornetas, trompetas y demás instrumentos de viento que pugnaban por emitir la nota más estridente. El conjunto instrumental semejaba ser un ejército de gatos que agonizaba lastimosamente en el campo de batalla tras una cruenta y fratricida guerra felina, emitiendo berridos chirriantes de dolor a modo de último estertor de vida.
A Carlos no le gustaba la Semana Santa, aunque era algo que había aprendido a guardarse para sí, porque en León aquel que cometía la imprudencia de decirlo era tenido por insensato y loco, y se ganaba las miradas de desprecio de sus conciudadanos. Él era ateo, lo que ya de por sí era suficiente razón para que estas “fiestas paganizadas” no le importasen mucho. Sin embargo, era una persona respetuosa, y en todo momento luchaba por respetar aquellas creencias que, aun siendo distintas de las suyas, no supusiesen un menoscabo para los derechos y libertades de otras personas, o de los seres vivos en general. Por eso respetaba a los creyentes, aunque en muchas ocasiones algunos creyentes no le hubiesen respetado a él. Él mismo lo había sido en otro tiempo, un creyente por costumbre, como lo son la mayoría de las personas, creyentes simplemente porque eso es lo que les enseñaron sus padres, creyentes por aluvión. Carlos había conseguido pensar por sí mismo, hasta el punto de pasar de ser un creyente practicante y convencido a un ateo recalcitrante, así como antes de eso fue agnóstico.
Es más, a Carlos le gustaban los pasos de Semana Santa, era capaz de ver la belleza de las imágenes, y le parecía perfectamente lícito, e incluso encomiable, que las personas ejerciesen su derecho a la libertad de credo de aquella manera. Lo que en realidad detestaba de la Semana Santa era la hipocresía que la rodeaba. Carlos estaba cansado de ver ejemplos de personas que en su vida cotidiana se comportaban de una manera disoluta, poco acorde con las normas que Dios les entregó a los hombres, para ser durante una semana y media al año ejemplos de rectitud cristiana. Personas que incluso se jactaban no ya de odiar a los curas y demás personas que formaban parte del ministerio de Dios en la tierra, pues no quita que una persona pueda creer en Dios pero no en la Iglesia Católica, sino que se llenaban la boca diciendo que a ellos Dios “se la pelaba”. Durante esos días personas que no aparecían por las iglesias en todo el año las visitaban asiduamente, con ropas elegantes e insignias de hermandades en los cuellos de sus almidonadas chaquetas. Carlos no era capaz de entender cómo esas personas podían formar parte de una cofradía, cuyo fin se entiende que es, en última instancia, dar culto a Dios y a su hijo Jesucristo. En fin, uno no se une a un club si no comulga con su ideología. Es algo así como ser socio del F.C. Barcelona, pero animar y ser fan del Real Madrid.
La única respuesta lógica que Carlos encontraba cuando reflexionaba sobre estas cosas era que esas personas, que no eran una mayoría, pero tampoco una excepción, solamente buscaban aparentar. En León formar parte de una cofradía abría muchas puertas, y los hermanos gozaban de un gran prestigio entre todos los ciudadanos. Formar parte de una hermandad les reportaba respeto, y les reportaba admiración, porqué no decirlo. Había oído a muchas personas alardear de lo caras que eran sus ropas de hermano, o sus instrumentos musicales. Pura apariencia, en suma. Podías ser un desgraciado, un don nadie durante todo el año, pero por una semana y media sólo tenías que calzarte la cara vestimenta sacramental de hermano y gozar de la admiración y respeto de los que te miraban. Para nada intervenía la ideología, era todo pura apariencia, pura hipocresía oculta tras un disfraz de papón.
A pesar de esto, Carlos sabía y entendía que, aunque estos falsos hermanos existían, no eran una mayoría. Al contrario, conocía a muchas personas que vivían su fe durante todo el año, y no sólo en Semana Santa. Conocía a muchas personas que vivían lo que conllevaba ser parte de una cofradía con humildad y devoción durante los 365 días del año, que desempeñaban su papel con sentida humildad, y que no se tenían por superiores simplemente por formar parte de ellas. Y a esas personas Carlos las respetaba, porque eran capaces de ser consecuentes con su forma de pensar durante todo el año.
Mientras reflexionaba por enésima vez sobre estas cosas llegó a su casa, recogió una carta del buzón, y subió por las escaleras. Introdujo en la mini cadena un CD del Concierto de Brandenburgo de Bach, se tumbó en el sofá y se puso a recordar a Irene, aunque pronto la abandonó en su mente para pasar a pensar en Sara. Muy a su pesar se empezaba a enamorar de ella.  
(CONTINUARÁ)

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