XXXIII
María movió su silla con ruedas hasta ponerse
a la altura de Carlos, que miraba distraídamente al techo.
-Pues ayer, mientras tú estabas con tus amigos
ricachones de paseo por ahí, vino a verme un cura-María paró de hablar,
esperando teatralmente a que Carlos asimilase la información. Y consiguió
verdaderamente atraer su atención.
-¿Un cura dices? Vaya, esta si que es buena.
¿Y qué quiere un sacerdote de nosotros?-preguntó Carlos verdaderamente
interesado.
-El caso es que alguien ha robado no sé que
reliquia de la casa rectoral, y quiere que la encontremos sin hacer mucho
ruido. Él sospecha de algunos vecinos de su pueblo, pero no está seguro.
-¿Y qué pueblo es ese?
-Se llama Imaginio de la Falsaria. Yo no lo
conozco, pero me dijo que está a media hora de aquí, en dirección a Valladolid.
-He oído hablar de él-dijo Carlos tratando de
recordar-¿Y por qué ese buen hombre no denuncia el robo a la policía?
-Por lo visto el Obispado le ha querido
obligar muchas veces a que traiga a León la reliquia, porque es muy valiosa e
importante, pero él no lo ha hecho, pues dice que es del pueblo y que allí debe
estar. Entonces tiene miedo de que si lo denuncia a la policía la Iglesia le
castigue, y se lleve la reliquia, si es que aparece. Me dijo que nos conoce por
una amiga de su pueblo que en invierno vive aquí de León, Isabel Álvarez, no sé
si te acuerdas de ella, aquella señora a la que ayudamos a encontrar a su
hermana perdida.
-Si, claro que me acuerdo. Ha sido uno de los
casos más interesantes que hemos tenido. Estuvimos sembrados aquella vez-Carlos
se había puesto a revivir aquel caso.
-Anda ya, basta de auto-adulación. El caso es
que quiere que vayas a su pueblo y que encuentres lo antes posible la dichosa
reliquia. Como él no tiene coche le dije que irías tú a verlo, aunque en ese
caso le tendríamos que cobrar desplazamiento.
-¿Y le pareció bien?-preguntó Carlos.
-Si claro, se mostró encantado. Es uno de esos
curas mayores de pueblo, que se azoran en la gran ciudad. Dijo que había venido
con un vecino, y que sería fantástico si no tenía que venir más a León. Por lo
visto tiene unos ahorrillos y estará encantado de gastarlos en esto-María había
esbozado una sonrisa un tanto pícara.
-Por la cara que has puesto es como si
pensaras desplumar a ese pobre hombre-dijo Carlos sonriendo.
-No seas tonto. Me hace gracia lo de que los
curas tengan ahorros; a este señor, que es muy majo y educado, le cobraremos lo
que justamente tengamos que cobrarle. Le dije que le llamarías, así que ya
sabes lo que tienes que hacer. Mientras yo voy al banco a ingresar lo que te
acaba de dar esa bruja despechada, tú le puedes llamar-María le pasó a Carlos
un post-it con un nombre, padre Ramón, y un par de números de teléfono-.Llámale
y ya quedáis vosotros como queráis.
María se levantó, se puso el abrigo, y tras
recoger de la mesa el sobre que la esposa de Rafael Fuentes les había dado,
salió por la puerta. Carlos se quedó un rato en el sofá, pensando en su nuevo
caso, en Rafael Fuentes, en Enésimo de Gea, y en Sara.
Al poco se levantó y se sentó delante del
ordenador, dispuesto a llamar al padre Ramón; aunque antes decidió consultar en
internet el desenlace de la subasta de deuda que se había celebrado esa mañana
en Portugal. Quería ver porqué Rafael Fuentes y de Gea se habían tomado tantas
molestias en ella.
(CONTINUARÁ)
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