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viernes, 12 de abril de 2013

SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO.

XXV

Para pasar el rato Carlos sacó su teléfono móvil y accedió a las páginas de diversos diarios económicos, comprobando las distintas bolsas del continente europeo, así como la estadounidense, la japonesa y la rusa. También echó un vistazo a la prima de riesgo de Portugal, y a sus intereses de deuda. Según la mayoría de analistas económicos que Carlos pudo consultar, la subasta de deuda que celebraría al día siguiente el país luso tenía buenas perspectivas para su deuda pública, ya que se preveía una rebaja considerable de los intereses para los bonos a medio y largo plazo, propiciada por la buena evolución de su prima de riesgo, así como de la española y la italiana. El rescate del FMI y la Unión Europea a Chipre, que aun estaba en el aire, no se había contagiado a los mercados en exceso, lo que daba pie a los economistas a pensar que los peores momentos de la deuda pública de los países del viejo continente ya habían pasado. Portugal iba a subastar al día siguiente dos mil trescientos millones de euros en bonos a cinco y diez años, para cubrir el diez por ciento de sus necesidades de financiación para el 2013, y el ánimo entre los inversores era bueno. Según el diario Expansión, y en base a las informaciones solicitadas al Tesoro portugués por los inversores interesados, era probable que se superara en más de cinco puntos la oferta de bonos, lo que provocaría una bajada importante de los intereses que el Estado debería pagar, lo que supondría a su vez también una buena noticia para España, que celebraría una nueva subasta de deuda la semana siguiente.
Mientras Carlos estaba inmerso en el mundo económico de su teléfono móvil, a eso de las tres la puerta del edificio de “Consultora Siglo XXII” se abrió, y salieron cinco hombres, todos ellos con impecables abrigos negros y zapatos brillantes. Uno de ellos, el que iba en último lugar, era Rafael Fuentes. Carlos escuchó como se despedían, y como Rafael les decía a los otros que no sabía a que hora llegaría por la tarde, pero que continuasen con el asunto de Portugal.
Tras perder de vista a sus trabajadores Rafael cruzó la calle y se dirigió a la entrada del parking. Tras esperar al ascensor se subió y bajó. Carlos hizo lo propio, pero usó las escaleras, tanto porque eran sólo unos cuantos escalones como porque quería ganar tiempo. Se estaba dejando una pasta considerable en el parking aquellos días. No quería pensar lo que se gastaba Rafael dejando allí su coche todos los días mañana y tarde; aunque claro, él se lo podía permitir. 
De la que bajaba metió su ticket en la máquina y pagó los cinco euros con cuarenta con una mueca de dolor. Bajó corriendo al parking, dándose casi de bruces con Rafael, que subía a pagar su estancia, y se dirigió a toda prisa a por su coche, entró y salio sin perder tiempo, estacionando un poco más adelante de la salida del subterráneo por Alcázar de Toledo para esperar a que saliese Rafael. A los pocos segundos el Audi A8 color burdeos de aquel salió majestuoso del subterráneo acelerando atronadoramente, y siguió por la misma calle hasta la Glorieta de la Inmaculada; Carlos le seguía justo detrás. Dio la vuelta al pétreo monolito, y tras estar a punto de atropellar a una anciana que cruzaba el paso de peatones, teniendo incluso la poca vergüenza de pitarle, continuó por Gran Vía sin haber dado ni una sola intermitencia. A Carlos le indignaba ver como los dueños de cochazos llevaban a cabo toda clase de iniquidades automovilísticas, como si pensaran que simplemente por conducir un coche de cuarenta mil euros no tuviesen necesidad de parar a los peatones en sus pasos, ni de dar las intermitencias para cambiar de carril o de sentido, y pudiesen aparcar donde les saliera del tubo de escape.
Al llegar al final de Gran Vía giró a la derecha, dio la vuelta a la rotonda del Auditorio y entró en la vía de servicio de San Marcos. Carlos siguió adelante mientras Rafael esperaba a que se abriese el bolardo para pasar al hostal. Por suerte a esa hora ya no había mucha actividad en la explanada de la Junta, por lo que encontró aparcamiento relativamente rápido. Cogió su cámara y se fue corriendo a San Marcos.
(CONTINUARÁ)

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