XXVI
Cuando llegó frente al majestuoso edificio
renacentista Rafael ya había entrado. Su coche seguía aparcado fuera, aunque un
joven con librea se estaba montando en él con la intención de llevarlo al
aparcamiento de clientes que el edificio tiene en la parte trasera. Carlos
pensó que la cita de Rafael debía de ser de suma importancia si le iba a
agasajar con una comida en San Marcos, en cuyo restaurante el cubierto más
barato es de más de treinta euros.
Dispuesto a esperar Carlos se sentó en uno de
los muchos bancos que descansan ordenadamente en la plaza de San Marcos, a la
sombra del pétreo monasterio que sirviera de prisión en otro tiempo a don
Francisco de Quevedo. Cada vez que pasaba por delante de San Marcos o de la
Catedral de León a Carlos le invadía el mismo sentimiento: una mezcla entre
orgullo y satisfacción por pertenecer a una raza capaz de construir con sus
propias manos edificios tan hermosos y perfectos, capaces de resistir en pie
durante muchos siglos de convulsa historia. No podía dejar de pensar en que, en
otra época, en esa misma plaza que él ocupaba ahora, habría otras personas como
él, con distintas costumbres, con distintas ropas, pero con sueños parecidos.
Mientras dejaba correr su imaginación llegó un
coche frente a la puerta acristala de la hospedería, un impresionante Mercedes
SL rojo de rugiente motor. Carlos fijó la vista en la escena y vio como del
potente y caro bólido bajaban dos hombres. Al volante estaba segundos antes
Enésimo de Gea, pero al hombre que ocupaba el asiento del copiloto no le
conocía. De Gea se acercó al maletero, que se estaba abriendo poco a poco con
elegante y pausado movimiento, y sacó un maletín negro. El otro hombre,
mientras tanto, había cogido del pequeño asiento trasero del deportivo un par
de abrigos negros. De Gea cerró con cuidado el maletero y le entregó las llaves
al mozo de la librea que minutos antes había retirado el coche de Rafael de la
entrada.
Tras dejar, se supone, el precioso Mercedes a
buen recaudo, el joven aparcacoches volvió a situarse junto a la puerta de
entrada del hostal, por la parte de dentro. Carlos decidió tantearle a ver si
lograba averiguar algo. Con paso lento y vacilante, y con su cámara colgada al
cuello, se acercó poco a poco a la puerta, parándose cada poco a observar la
fachada y disparar alguna foto. Desde fuera Carlos le dedicó al chico del otro
lado una mirada de duda y un gesto de turbación, y abrió lentamente la puerta,
situándose junto a él. El joven le miró y le dedicó una sonrisa forzada,
dándole las buenas tardes.
-Buenas tardes. Estoy de vacaciones en León, y
quería entrar al museo, pero veo que ahora está cerrado-dijo Carlos con fingida
ignorancia.
-El museo no abre hasta las cuatro, así que le
va a tocar esperar-respondió el joven.
-¿Y este edificio no se puede visitar?-Carlos
se mostraba suplicante.
-No, lo siento mucho. La única forma de verlo
es acordar por adelantado una visita, o alquilar una habitación-mientras
hablaba el joven de la librea blanca había abierto la puerta y Carlos y él
habían salido a la calle-A veces el director del Parador permite a determinadas
personas pasar, auque es él quien lo decide.
-Bueno, que se le va a hacer. Tendré que
conformarme con admirarlo por fuera-añadió Carlos con un mohín de decepción-Veo
que tienes un trabajo muy emocionante, vaya cochazo que condujiste antes. Si yo
pudiera conducir alguna vez un coche así sería la persona más feliz del mundo.
-No todos los coches que aparco son como ese,
pero de vez en cuando vienen coches por el estilo. He aparcado varios Ferraris,
Porches, e incluso un Bugatti Veyron-Carlos sabía que le había encontrado la
fibra al joven; su cara se había iluminado cuando empezó a hablar de
coches-Sólo puedo ir a quince por hora con ellos, pero es una pasada
conducirlos. En una ocasión el dueño de un Lamborghini Aventador me dejó
sacarlo a dar una vuelta por circunvalación; él venía conmigo, pero estuvo
genial. Lo puse a ciento ochenta como si nada-el joven resplandecía.
(CONTINUARÁ)
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