XXXI
Era un día triste, gris, pasado por agua, y
Carlos notaba la tristeza en los huesos. Le apetecía pasar a saludar a Sara,
pero una voz en su interior le pedía que se alejase de ella, que no bajase la
guardia, que no le diese alas a un sentimiento arrollador que aun no estaba
bien maduro.
Haciendo caso a lo que la parte lógica de su
cerebro le dictaba, Carlos subió directamente a la oficina. María no llegaría
hasta pasadas las once, como de costumbre, así que decidió limpiar un poco y
adecentar la oficina para la visita que en escasos treinta minutos iban a
tener. Para hacer más amena la limpieza, y animar un poco su turbado espíritu,
encendió el ordenador e inició la reproducción de The rising, de
Bruce Springsteen, el disco más positivo del Boss, que empezó a sonar a través
de los cuatro altavoces que Carlos había instalado en cada esquina de la
oficina.
Mientras canturreaba “waiting on a sunny day” a pleno
pulmón llegó María.
-¿Estás loco? Baja esa música, retumban las
paredes- le dijo a Carlos mientras se quitaba el abrigo.
-Buenos días- le contestó él mientras bajaba
el sonido de un enrabietado solo de Springsteen.
-¿A qué hora dijo la señora esa que iba a
venir?
-A las once y media. Se llama Mercedes, por
cierto- Carlos metió la mopa que acaba de sacudir por la ventana en un armario
empotrado en la pared.
-Ella no sabe mi nombre, así que yo no me voy
a tomar la molestia de aprender el suyo- añadió María un tanto molesta.
-Vaya, como venimos hoy-le replicó Carlos.
-Pues si, vengo contenta, así que no me toques
las narices si no quieres que la pague contigo- María sonreía amargamente.
-Si te apetece me lo cuentas, y si no pues no,
como tu quieras- Carlos la miraba interrogante.
-No es nada malo, sólo que hoy me he levantado
cabreada con el mundo- María fue al baño y sacó de la caja fuerte los discos
duros.
-Trae, por favor, el informe. Está justo
debajo de los discos- Carlos se había sentado frente al ordenador.
-Toma- María le extendió la carpeta marrón que
contenía el informe junto con el disco duro-. Espero que la despaches pronto
para que pueda contarte el nuevo caso. Le veo posibilidades.
-No creo que nos lleve más de media hora. Ella
está segura de que su marido le engaña, sólo quiere pruebas con las que poder
chantajearle- Dijo Carlos distraídamente mientras pasaba una por una las
fotografías de Rafael y Marisa.
-Por cierto, he estado abajo y Sara me ha
dicho que hoy no has pasado a saludarla- María trataba de no darle importancia
a la conversación, aunque su lado de Maruja cotilla la delataba.
-Es que venía con el tiempo justo- Carlos
mentía- y tenía que adecentar la oficina. Ya me pasaré luego a tomar un café.
-Si no espabilas te la van a quitar. Ayer
estuvo un buen rato hablando con un chico muy apuesto.
-Que haga lo que guste, no somos más que
amigos-respondió Carlos con una mueca de indiferencia.
-Eres un cabezota, a ti te gusta esa chica,
como que me llamo María. No es como Irene, ¿sabes? Si la dejas escapar te vas a
arrepentir- María trataba de ser diplomática.
-Y aunque así fuera ¿qué más daría? No hay
ninguna seguridad de que yo le guste a ella. ¿Por qué tiene que ser siempre el
chico el que dé el primer paso? Estoy harto de eso; siempre os escudáis en que
tiene que ser el hombre el que os pida salir, de esa forma vosotras nunca
sufrís el rechazo ¿Pues sabes que? No vivimos en la edad media, si a una mujer
le gusta un hombre ella también puede decírselo. Tanto feminismo y en eso sois
tan retrógradas como los más machistas de entre los machistas- Carlos no estaba
enfadado, sino más bien decepcionado- Ya sabes lo mucho que me cuesta decirle a
una mujer que me gusta; he sufrido muchos rechazos en mi vida, y creo que no
sería capaz de reponerme de otro. Si le voy a decir a Sara que me gusta
necesito alguna garantía de que no me va a mandar a paseo.
-Carlitos, eso nunca lo puedes saber- María se
había levantado y le había puesto a su socio una mano en el hombro- Si no te
arriesgas no ganas.
-¡Bah! Que bobada, no me vengas con filosofía
barata. ¿Qué crees que no lo sé? No me gustaría pasar sólo el resto de mi vida,
pero me asusta casi más que me vuelvan a romper el corazón- Carlos había bajado
la cabeza y le hablaba al cuello de su camiseta.
De pronto sonó el timbre. María se acercó al
telefonillo, y preguntó quien era. Se trataba de Mercedes, la esposa de Rafael
Fuentes. María apretó el botón negro para que su clienta pudiera subir. Llegaba
diez minutos antes.
(CONTINUARÁ)
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