XVII
Carlos salió a toda prisa por la puerta, y buscó con la mirada a David. Conocía su coche, un BMW M3 color azul brillante, que estaba aparcado en la acera de enfrente. Él estaba sentado al volante, y de un rápido acelerón se incorporó al tráfico, provocando que un taxi que venía por detrás le dedicase un sonoro pitido. Tras zigzaguear imprudentemente a toda velocidad entre varios automóviles, un semáforo en rojo le obligó a pararse unos metros más allá, lo que Carlos aprovechó para subirse a su coche, que tenía aparcado frente al bar. Miró por el retrovisor, dio la intermitencia izquierda y salió en persecución de David. Le costó no perderlo de vista, porque corría bastante, aunque por suerte un coche tan llamativo era fácil de localizar. Diez minutos después, tras dar varios rodeos y pasar varias veces por las mismas calles, David aparcó. Estaban cerca de su gimnasio. Carlos lo sabía porque lo había seguido hasta él para averiguar si engañaba a Sara, y era probable que se dirigiese allí, entre otras cosas, porque lucía un elegante y brillante chándal Adidas de color blanco, gris y rojo. Como no tenía aparcamiento cerca, Carlos tuvo que irse a la calle siguiente. Cogió su cámara más pequeña, se puso la gorra, y se dirigió al gimnasio.
Una noche, en un bar del Húmedo, cuando le había seguido hacía unos días, le había visto pasarles a varios tíos con su misma pinta unas cuantas tabletas de pastillas y unos viales transparentes con un líquido rosado, a cambio de un buen fajo de billetes. No le había sacado fotos porque en aquel momento aquello no le interesaba. Pero en cuanto David salió por la puerta del Bar Bronce hacía 15 minutos un chispazo de genialidad iluminó su mente: le pillaría trapicheando con drogas, cosa que estaba claro que hacía, y le amenazaría con denunciarlo a la policía si no dejaba a Sara en paz.
Carlos ya había pensado entonces que las sustancias que pasaba David debían de tener algo que ver con el dopaje, porque sus clientes eran los típicos chulitos de gimnasio, y no yonkis ni niñatos que compran unos gramos de chocolate para fumar unos porros con sus colegas. Así que era perfecto que hubiese ido directamente al gimnasio. Carlos abrió la puerta y entró en un recibidor, lleno de trofeos, medallas y láminas de personas haciendo ejercicio. Pero no pudo pasar de ahí; una chica bastante bronceada, demasiado para cualquier persona normal, le informó de que si no era socio no podía entrar. Carlos le dijo que un amigo le había llamado para que le llevase el teléfono móvil, porque lo había olvido la noche anterior en su casa, a lo que la chica dorada le respondió que le dijese su nombre y ella se lo llevaría. Carlos, pensándolo dos veces, le dijo que ya se lo daría más tarde, y salió del gimnasio. No iba a poder entrar, salvo que se hiciese socio, cosa que no le apetecía. Aunque era probable que dentro del gimnasio David realizara negocios con la aquiescencia de sus dueños. Su ímpetu actual se veía frenado por las circunstancias, y nada podía hacer salvo esperar, por lo menos una hora, hasta que saliera su presa. Decidió irse al coche, porque para salir de aquella manzana de calles David tenía que pasar necesariamente por delante de él, y así estaría preparado para seguirle.
Más de hora y media después Carlos vio pasar el coche de su némesis; arrancó a toda prisa y salió tras él. Lo más seguro es que fuese a su casa. David y Sara no vivían juntos, a pesar de que habían estado saliendo más de tres años. Sara vivía con sus abuelos, porque sus padres habían muerto en un accidente de tráfico cuando ella era pequeña, y David vivía en el Crucero, en un apartamento aboardillado. Sara le había dicho a Carlos que a pesar de que él se lo había pedido varias veces, no se había ido a vivir con David porque sus abuelos la necesitaban, y porque quería seguir siendo independiente unos años más. Y por cómo se sucedieron las cosas acertó de pleno con su decisión.
Tal como Carlos suponía David iba a su casa. Cuando aquel subió, nuestro investigador dio varias vueltas esperando a que se quedara vacía alguna plaza de aparcamiento desde la que divisara el portal de su perseguido. Cuando pudo estacionar el coche Carlos se bajó y fue a un supermercado cercano a comprar algo para comer mientras esperaba. Eran las dos y cuarto y tenía garantizada una sobremesa un tanto pesada.
(CONTINUARÁ)
No hay comentarios:
Publicar un comentario