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martes, 2 de abril de 2013

SOLARES, INVESTIGADOR PRIVADO

V

Esperó cinco minutos mirando el edificio desde la acera de enfrente. No sabía si la mujer estaba ya dentro o aun no había llegado. Pero sus dudas se despejaron enseguida, pues por su misma acera venía ella, con paso descuidado, moviendo el bolso que colgaba de su mano como si fuera un juguete. Sin perder un segundo Carlos cruzó la calle y se puso al lado del portal, junto a la plateada hilera de timbres, y sacó su teléfono móvil para fingir que hablaba por él. La mujer cruzó la calle, se acercó sonriente y tocó un botón tres veces; gracias a su treta Carlos pudo ver que había llamado al 5º D. Ninguna voz contestó a la llamada, la puerta simplemente se abrió y la señorita entró en el portal, haciendo resonar su rítmico taconeo en las paredes de mármol del hall. Carlos esperó unos minutos, y tocó al azar tres o cuatro timbres. Cuando dos voces preguntaron a través del intercomunicador a ver quien llamaba, respondió simplemente “correo comercial ¿me puede abrir?”, y un chasquido metálico liberó la puerta permitiéndole pasar. Carlos se dirigió a los buzones con el fin de comprobar a quien pertenecía el 5º D. En la placa solo figuraba un nombre, Marisa Tomé Fernández. Carlos no tenía ni idea de quien podía ser. ¿Sería la mujer que acaba de subir? No era probable, ya que si el piso hubiese sido suyo habría abierto la puerta con la llave, en lugar de llamar al timbre. Sacó su móvil de nuevo e introdujo el nombre en el buscador de internet. A los pocos segundos aparecieron varias direcciones en cascada. La primera era una cuenta de Facebook. Carlos pinchó en ella; quizá con un poco de suerte apareciese una fotografía de perfil y pudiese ponerle nombre a aquella cara. Y así era. La amante de Rafael Fuentes era Marisa Tomé, de León. Como no podía acceder a su información personal Carlos le envió una petición de amistad desde una de sus múltiples cuentas falsas. Escogió para ello el perfil de Mario Dante, un tipo guapo al que le encantaba salir de fiesta, un ligón. Algo le decía a Carlos que a la tal Marisa le gustaba mucho la fiesta, así que era probable que aceptase su solicitud de amistad, y así podría averiguar más de ella. Esto tardaría un rato, así que decidió salir de nuevo a la calle y sentarse a comer algo en el bar de la acera de enfrente. Ya era más de la una y media y el hambre empezaba a atenazar su estómago.
Se sentó en una mesa junto a la ventana, de tal forma que pudiera ver con todo detalle la puerta que necesitaba vigilar, y pidió un bocadillo de calamares y una botella de agua. Mientras masticaba el suculento manjar Carlos pensaba en lo raro que era lo del nombre del buzón ¿sería el piso de Marisa, o de Rafael?. Si era de él, ¿por qué poner el nombre de su amante en el buzón?. Era muy arriesgado, su mujer podía averiguarlo. Y si era de ella ¿qué necesidad tenía de llamar al timbre para entrar en su propia casa?
(CONTINUARÁ)

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