XXVIII
A los pocos minutos Sara apareció por la
puerta. Llevaba un pequeño delantal rojo que le cubría el vientre, y portaba un
plato azul con un par de sándwiches de pan de molde tostado, huevo cocido,
lechuga y tomate. Con la otra mano sujetaba una enorme naranja.
-Madre mía ¿vamos a jugar a los bolos?- bromeó
Carlos señalando el cítrico.
-Puede que te la tire a la cabeza- Sara aparcó
el plato frente a Carlos y sacó de la cámara una botella de agua-. Si te lo
comes todo te preparo un gofre de postre.
-¿Con sirope de chocolate y nata montada? Eres
la mejor mami del mundo. Voy a lavarme las manos. Antes estuve bañando a un
elefante- Carlos sonrió y se dirigió al baño. Sara le escrutó mientras se
alejaba con mirada penetrante.
Cuando Carlos volvió tres clientes se habían
sentado en la mesa más cercana a la puerta, y Sara se había levantado a
atenderlos. Mientras se acomodaba en su taburete la miró, y ella le devolvió la
mirada con una sonrisa. Se puso frente al plato y comenzó a engullir el primero
de los sándwiches.
-Dios, está buenísimo- le dijo a Sara, que
había vuelto tras la barra y estaba trasteando con la cafetera-. Sabes, algún
día tendré que empezar a pagarte lo que me como y me bebo.
-De eso nada. Gracias a ti descubrí que el
capullo de mi ex me ponía los cuernos, y descubrí la clase de hombre que era, y
no me quisiste cobrar el trabajo, y me defendiste cuando quiso pegarme. Por lo
que a ti respecta comerás y beberás gratis de por vida. Bueno, siempre que
quieras seguir viniendo a verme- Sara miró a Carlos con turbación y se sonrojó.
-Nena, por lo que a mi respecta, no creo que quiera
ir nunca más a otro bar-. Carlos había intentado poner una voz y una pose
seductoras, a lo James Bond, aunque por la carcajada que soltó Sara estaba
claro que no lo había conseguido.
-Que payaso…- le dijo Sara poniendo su mano
derecha sobre la mano izquierda de Carlos-. No deberías tratar de ser alguien
que no eres. Tú no eres un ligón, Carlos Solares, eres mucho mejor que eso. Voy
a servir estos cafés-. A Carlos se le había erizado hasta el último vello del
cuerpo cuando notó la mano caliente y suave de Sara sobre la suya.
Carlos siguió comiendo el manjar que Sara le
había preparado, y cuando esta regresó a su lado estuvieron hablando largo y
tendido hasta cerca de las seis. A esa hora se despidió de ella y subió a su
despacho.
María estaba sentada en el sofá, ojeando un
libro sobre técnicas policiales que Carlos había comprado la semana pasada.
-Hola chico ¿de dónde vienes?- María cerró el
libro y se levantó.
-Ahora mismo vengo del Bronce. Sara me ha
invitado a comer. Aunque antes venía de San Marcos. He seguido hasta allí a
Rafael Fuentes y a Enésimo de Gea.
-¿Y de lo otro? ¿Por lo que nos van a pagar?-
preguntó María con impaciencia.
-No te preocupes, está hecho. Ahora mismo me
voy a poner a escribir el informe y a revelar las fotos- contestó Carlos
sentándose frente al ordenador.
-¿Les pillaste? Bien hecho; bueno, lo siento
por ellos, pero es culpa suya. Nosotros tenemos que ganarnos la vida. Y por
cierto, tenemos otro caso-. Carlos la frenó.
-Me lo cuentas mañana, antes quiero acabar con
el de Rafael Fuentes- Carlos sonreía.
-Te noto más contento que de costumbre; estás
raro, bueno, más raro de lo que sueles ser ¿qué te traes entre manos?- María se
había puesto junto a Carlos.
-Nada, estoy contento porque hemos cerrado el
caso, y mañana vamos a cobrar. Sólo por eso- contestó Carlos evasivamente.
-No me lo creo. Te conozco demasiado bien como
para hacerlo. Pero bueno, como esta tarde no estoy muy inspirada voy a hacer
como te creo- María se había dado la vuelta-. ¿Me vas a necesitar más esta
tarde? Llevo aquí tres horas y me apetece marcharme a casa, ¿puede ser?
-Pues claro, puedes irte ¿desde cuándo me
pides permiso para marcharte?- Carlos miraba a María con una mueca entre
extrañado y divertido.
-Sólo te lo pregunto por deferencia, me iría
aunque me dijeras que no, chavalín- María le había dado unas palmadas a su
socio en el hombro mientras decía aquellas palabras. Acto seguido se puso el
abrigo y se fue.
Carlos empezó a imprimir las fotos que había
sacado por la mañana a Rafael y Marisa, y cuando terminó comenzó a escribir el
informe que le entregaría a la mañana siguiente a la esposa de Fuentes. A las
diez lo concluyó, y acto seguido lo guardó todo en la caja fuerte, junto con
los discos duros externos de los dos ordenadores, como hacía todas las noches.
María y él nunca guardaban material comprometedor en el disco duro del
ordenador; para ello usaban discos externos que guardaban todas las noches bajo
llave, en una caja acorazada escondida tras el armarito de encima del lavabo.
Por precaución.
Tras apagar las luces y cerrar la puerta
Carlos bajó a la calle; esa noche le apetecía irse a su casa. Cuando pasó por
delante del Bronce miró a ver si Sara estaba dentro, aunque no la vio. Tras la
barra estaba Alba, y recogiendo las mesas estaba Felipe, los dos camareros que
Sara había contratado para que la ayudasen. Decepcionado, sin saber exactamente
porqué, decidió irse andando a su piso en lugar de coger el coche. En media
hora llegaría, y el aire fresco de la capital leonesa le vendría bien.
(CONTINUARÁ)
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